APARECE EN EL MONT BLANC UN CADÁVER CONGELADO

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En lo que queda de España, cuando Lorenzo aprieta y se funden los raíles de la RENFE, los periódicos, además de servirnos para hacer gorritos de papel con el que evitar la solana y algunos otros usos más pedestres y realizados en cuclillas, también sirve para buscar, día a día, la noticia chusca, la información extraña, el rumor a siete columnas. Así, unos días aparece Elvis en Borgoña, tomándose unos chupitos de calimocho. Unas veces lo hace sólo y otras con Sid Vicious o con Janis Joplin. Otras veces, se cuenta la verdadera historia del romance entre los Kennedy –todo ellos, of course, empezando por el padre y acabando por Ted, ese memo que tenía cara de ensaimada- y la certeza de que la banda de Dillinger se la cargó, en un garaje, la noche de San Valentín y, finalmente, informan del último avistamiento del lagarto ese de Escocia que, como la sangre del Casto José, de la Corte del faraón, se le sube y se le baja, la colita en el lago Ness.
Hoy, la Agencia Europa Press, nos trae una noticia que hubiera sido extraordinaria para una mente que, desgraciadamente, no es la mía. Entre el valle de Aosta y la Alta Saboya ha aparecido el cuerpo congelado del montañero Patrice Hyvert. Al cuerpo, según cuenta la agencia, lo encontraron dos escaladores de los que no dice su gracia el artículo. Ni su gracia ni su origen. Igual, en lugar de montañeros, eran dos pilotos de un OVNI, que también es noticia recurrente y estival.
También, ¡quién sabe dónde!, que diría Lobatón, podría tratarse de Walt Disney que, hartos ya sus herederos de pagar por mantener el cuerpo en la nevera de un tanatorio, lo hayan depositado, como quien tira las cenizas, bajo el Mont Blanc. Habría que repasar todas las películas para ver qué dibujo podría haber sido el autor del abandono. Igual ha sido Pluto quien, para mí, tiene pinta de culpable.
Me imagino el trauma que podría haber supuesto a los dos montañeros encontrar al congelado cadáver tirado en medio de un nevero. Si el deshielo hubiera llegado más tarde, en lugar de encontrárselo estos dos pobres remedos de Pérez de Tudela, se los habría encontrado la vaca de Suchard. Esa que, bastante tiene, es cierto, con lo que come. Porque mira que es raro que una vaca frisona, con sus dos cuernos, su rabo espantamoscas y sus tetas ubérrimas y nutricias se vuelva de color lila, como si fuera una vaca fan del Cristo de Medinaceli.
Los dos montañeros habrán puesto en manos de la policía, tras la correspondiente denuncia, la investigación.
¿Han tocado algo?
Pues no, agente. Este, al ver el fiambre, se ha tirado pista abajo y ha perdido hasta un esquí.
¿Y usted?
¿Quién yooooo?
Si, usted. Usted tiene pinta de listillo. A ver, esas huellas.
¡Oiga usted! Que yo lo único que he hecho es avisar. A ver si ahora voy a pagar los platos rotos.
O sea, que encima han roto ustedes los platos…
Que es una forma de hablar
Aquí se viene a declarar lo que yo pregunto. ¿Entendido?
Si
¡Sí, señor agente!
Eso.
Finalmente, la gendarmería, que estaba deteniendo a un guiri que hacía balconing en un piso bajo y a su pareja que hacía felationing a una reproducción macarrónica de un Manneken pis que vendían en un chino, acudió al escenario de la aparición. El cabo Swigel, don Nemesio, quien como no sabía esquiar fue acompañado hasta la cumbre, dentro de un carrito del Auchamp, y que tenía cuchillas, como los patines de hielo, en lugar de ruedas. A punto estuvo de quedarse porque no tenían el euro para meter pero, finalmente, un gorrilla negro, que andaba aparcando coches en el parking de la estación invernal les prestó los cincuenta céntimos precisos.
Ustedes pensarán que esto es un sainete o un vodevil, pero no… Esto es, realmente una tragedia. Bueno, en tragedia se convirtió cuando le avisaron al padre del difunto. Efectivamente, don Gerard Hyvert, que ya peló 82 calendarios, hoja a hoja, no se mostró, especialmente, contento con el hallazgo.
Mire usted, dicen que dijo. Yo, que soy muy montañero y algo ecologista, creo que estaba mejor en la montaña, congelado como un pulpo del Pacífico, que metido en un ataúd, como una pastilla de turrón del duro, o como una botella de Rioja de las que cata don Juan Cuatrecasas.
El cabo Swigel, don Nemesio, ha tomado aire de una forma relajada. Ha echado el pié derecho para atrás y, con bastante paciencia, le ha dicho al padre.
Mire usted, don Gerard, servidor y aquí mis porteadores, llevamos desde anteanoche, como rumanos buscando chatarra con el puto carrito del supermercado. Me han sacado fotografiado en el boletín de la Gendarmería Tirolesa para escarnio, mofa y befa de la profesión, y no puedo volver a casa porque mi parienta, la Brunhilde, me ha puesto la maleta en la escalera por gilí y, por si era poco, se me han helado los dos ojos de gallo que tenía junto al juanete del pie para que ahora, me venga usted con que prefiere que dejemos el cadáver de su hijo en la montaña.
O se lleva usted al difunto o le voy a dar una mano de leches que, ríase usted de las mejillas del San Bernardo ese que lleva el barrilete al cuello. A ver, Dietlinde, Eberhard, les dijo a los gendarmes, me van a empapelar a este por alterar el medio ambiente del Parque Nacional del Mont Blanc. Le va a caer una multa que va usted a estar comiendo codillos con chucrut hasta que la Merkel se vuelva romántica. ¡Pero coño…!
El Gerard Hyvert, como no podía ser de otra forma, se la envainó y tuvo que llamar a la funeraria San Saturio, de Soria, Spain, quien desplazó, para el traslado y posterior entierro, a un coche fúnebre con orugas, muy del estilo Rommel, que trasladó el cadáver al Palacio de Hielo de Saint-Gervais-les Bains, que es donde la Danone hace los quesos Gervais y los pasa por el baño de María.
Oiga, don Dimas, esto es cachondeo, ¿verdad?
Pues verá usted, don Matías, servidor, con esto de la calor, ya no podría decir si lo que pone la prensa es así o se lo inventó el Soria; que desde que está con lo de la jubilación, no sé, no sé…

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