EN ÉPOCA DE CRISIS NO HAGAS MUDANZAS

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Al Escolástico Ferreol le sonaban los huevos al caminar. Esto no suele ocurrirle a mucha gente, pero al Escolástico, se conoce que por una orquitis mal curada, se le quedaron los huevos gordos y sueltos como dos castañuelas. Se podía decir, que el Escolástico, por el pasillo de su casa y marchando del baño al cuarto donde dormía, parecía Lucero Tena sobre el escenario.
Lucero Tena, por si usted no lo sabía, don Dimas, comenzó a bailar a raíz de unas fiebres contraídas en su niñez.
Pues igual, al Escolástico, con esto de la orquitis, también le dio por el baile. ¡Vaya usted a saber!, don Matías. El caso es que, cuando el Escolástico tuvo que entrar en quintas estuvo mirando de cambiar de sexo.
Lo mejor será que me capen, pensó. Retirados los crótalos se acabó el ruido. Para su desgracia, y por aquellas calendas, ni estaba avanzado ni consentido eso del cambio de sexo. El Escolástico, por aprovechar el ritmo, se cambió el nombre y, como Melchora la Jaenera, varietés y copla española, se dio al teatro ambulante como si fuera la mujer barbuda.
Una tarde, pasados unos años y ya con un pequeño ahorro en la Montepío la Melchora cantó como los ángeles en el Teatro “La Oca te tira cuando te toca”, de Almedina, junto a Torre de Juan Abad, en la comarca de Campo de Montiel, partido judicial de Villanueva de los Infantes y en la mancomunidad de Manserja, Ciudad Real, Spain donde, se dice, estuvo preso don Francisco, el de El Buscón don Pablos. Una tarde, decía, entre la primera y la segunda función –los domingos sólo se daban la sesión vermú y la de la tarde- la Melchora recibió, en su camerino, entre gaseosas La Pitusa y sifones del Laurel de Baco, la visita del comerciante don Radamés Oliva, gerente y propietario de la Sociedad Almedinense de Fideos y Macarrones Radoliva, sociedad limitada. El don Radamés, tras regalar a la Melchora un impresionante ramo de flores y una variedad de productos (rigatoni, tortiglioni, fusilli, rotini, farfalle, coditos y lazos) con cierto sabor a engrudo, eso sí, se decidió a invitar a la artista a pasear del bracete por el pueblo.
Aquello fue un escándalo tal, que si no llega a intervenir el gobernador civil, a petición expresa del delegado local del Movimiento podría haber supuesto una alteración del orden público de vaya usted a saber qué consecuencias.
Don Melquiades, el párroco, tuvo que ser atendido de un desmayo y el boticario don Lesmes, tuvo que darle a oler unas sales que, ¡vaya por Dios!, apenas si tenían olor de tantas veces como habían sido utilizadas.
Don Radamés, quien en el pueblo era conocido como el Tío Fideos, con evidente gracia y originalidad, se encampanó con la autoridad y, puesto en jarras, se enfrentó al cabo Abundio, quien a punto estuvo de darle un lapo con la turuta de echar los bandos. El don Radamés, decía, se encampanó y le gritó al delegado local:
A ver quien tiene cojones a sentarme a mí las costuras…
Al cabo Abundio, al delegado y hasta al boticario don Lesmes se les arrugó el ombligo y dieron un paso atrás.
En este pueblo lo que hay es mucho muerto de hambre. ¡Eso!. Y mucho meapilas. En este pueblo lo que sobran son santurrones y lo que faltan son hombres de los que se echan al costillar un buey y lo suben al campanario.
¿Usted que dice, tío boticario?
¿Yo, don Radamés…? ¡Dios me libre a mí de decir nada! A mí qué se me da si usted se pasea con esa señorita… o lo que sea.
¿Cómo que lo que sea? Dijo el don Radamés sacando un estoque de dentro del paraguas. ¿A ver quien tiene lo que hay que tener para faltarle el respeto a esta dama?
¡Déjelo usted, don Radamés!, dijo la Melchora temerosa de que acabaran todos en el cuartelillo.
Ni déjelo, ni déjela… ¿Quién tiene que decir algo de esta señora. De esta dama bella y artista como la copa de un pino?
Se conoce que, por aquello del nerviosismo a la Melchora le rilaron las piernas y, de resultas de ello, las castañuelas, comenzaron a sonarle por debajo del canesú y del vestido camisero plisado que se había puesto para el paseo.
¿Pero qué es esto, Melchora? Preguntó el don Radamés. ¿Qué son esos ruidos como de castañetas que suenas bajo el vestido…
La Melchora huyo de Almedina sin parar ni en Torre de Juan Abad, ni en Montiel, ni el Villanueva de los Infantes. La Melchora no paró hasta llegar a Alcorcón donde, tras refugiarse en casa de la Efigenia, una bailaora enana que hacía un cuadro con ella en las giras por Extremadura, se metió en la cama y no salió de ella en una semana.
La Efigenia, subida en un taburete, se acodaba sobre la cama y trataba de darle consuelo a su amiga.
Tranquila, Melchora. Me han dicho de un médico que te puede dejar como esas del bikini que aparecen en las fotografías de las playas de Río de Janeiro. Al parecer ya no es doloroso y, hasta dicen que si es porque te crea algún problema de personalidad, te dejan operarte y darte de alta. Una amiga de aquí al lado, que era soldado gastador en el cuartel de Wad Ras, se ha operado y ahora trabaja de peluquera en Móstoles. Hasta le han dejado cambiarse el nombre y el sexo.
La Melchora, casi repuesta de la carrera manchega y del disgusto de perder el momio de la fábrica de fideos marchó aquella misma tarde para entrevistarse con el ex gastador.
Ya puedes cambiar de sexo. Mira cómo me han dejado a mí, dijo abriéndose la bata.
¡Hija, por Dios!, le dijo la encargada. Tápate, que da hasta dentera ver cómo enseñas la cicatriz.
¡Pues hija!, te diré yo a ti algo cuando se te ve lo del apéndice
No es lo mismo…
¡No ha de ser….!
La Melchora, convencida, se acercó al Registro. Sacó su número de una máquina como las de las charcuterías y esperó hasta que el funcionario dijo
¡El 31!
¡Servidora!
Usted dirá…
Yo venía por el cambio de sexo y para registrarme como mujer
¿Pero ya se operó?
Sí señor, mintió la Melchora.
Pues ponga aquí sus datos. Nuevo nombre, apellidos. Tienen que ser los mismos aunque puede variarse el orden. Firme usted aquí abajo y, en un plis-plás anulamos su antigua inscripción y ponemos la nueva.
El Escolástico firmó y, ya como Melchora López Ferreol, pues había cambiado el orden de los apellidos, salió a la calle y se inscribió en el IMSERSO, para pedir su pensión de jubilación.
La funcionaria, al introducir los datos en el ordenador, recibió una respuesta negativa.
Mire usted, aquí no figura ninguna Melchora López Ferreol, ni existe una vida laboral de nadie con ese nombre.
Pero si yo llevo más de treinta años cotizados. Mire usted como Escolástico Ferreol López. Es que, ¿sabe usted?, me he cambiado de sexo.
Pues qué quiere usted que le diga, contestó el funcionario. Aunque la mona se vista de seda… dijo el muy grosero.
Tampoco existe el tal Escolástico.
Es que me han dado de baja en el Registro, ¿sabe usted? Como me he cambiado el sexo…
Pues eso no es cuenta del Registro, señora… Si usted no tiene una vida laboral que respalde las cotizaciones de los últimos treinta años, no tiene derecho a su pensión de jubilación.
¡El 32!, gritó el funcionario ignorando las amargas lágrimas de la Melchora.
El Escolástico, ahora ya la Melchora, salió del Registro sin poder contener sus lágrimas y su pena inconsolable. Al menos, pensó, si me opero con lo del Montepío, no me sonarán los huevos cuando camino.
Moraleja: En época de crisis, no hagas mudanzas.

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