TIERRAS Y CAMPOS DE AYLLÓN. UN CANTO AL PAISAJE

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El paisaje no existiría si el hombre permaneciera en él. Es, solamente cuando el hombre se retira del medio, cuando el paisaje empieza a ser él mismo. Hasta entonces, la presencia humana privilegia al hombre sobre el medio; alterándolo, transformándolo, pervirtiéndolo. Por el contrario es la mirada humana, su capacidad de aprehensión y análisis lo que convierte en paisaje el espacio; poniendo en valor una porción de tierra, el restaño de un río, el bamboleo que el viento imprime a una chopera, una nube negra, como un alma en pena, descargando lluvia sobre un barbecho rojizo, el planeo cadencioso, rítmico, casi melódico de un azor… El paisaje, capturado por nuestros ojos, disfrutado por nuestro espíritu se convierte, así, en conquista humana, en fugaz tesoro disfrutado privadamente.
Los vocablos franceses paysage, pays y paysan, como muy bien nos diría nuestra querida amiga, Isabel Sanz, proceden de pagensis y de pagus. Aún hoy, decimos en gabachuá de la patrie, c’est mon pays, por “es mi paisano” y llamamos a la murria, a la morriña, le mal du pays. Payés y pago –dos nombres propios que nos hablan de campo y de campesinos- derivan, asimismo de pays. Los franceses, tan ordenancistas y funcionariales para lo suyo, han conseguido dar nombre genérico a lo que, otros idiomas mucho más hablados y utilizados, no saben conseguir. ¡Bien por los franceses!, qué coño.
La Real Academia Española, tan circunspecta en algunos aspectos y tan arcaica en otros determina el paisaje como “pintura o dibujo que representa cierta extensión de terreno” y, luego, “porción de terreno considerado en su aspecto artístico”. Entonces, para la Academia, paisaje y arte es un todo. Y esto, que es muy literario, lo vemos en nuestros grandes poetas, en nuestros grandes literatos. Juan Ramón, en Platero y yo, escribía: ¡qué mágico embeleso ver, tras el cuadro de hierros de la verja, el paisaje y el cielo mismos que fuera de ellos se veían”. Así pues, el paisaje, que veían Juan Ramón y su Zenobia, el que veían el poeta y el burro Platero es explicado al idílico modo cervantino.
El paisaje, para este pobre dominguero que anda a salto de mata, en coche casi siempre, por no abusar de las piernas y las escasas y menguadas fuerzas -que ya fue uno, en su juventud y durante dieciocho meses, infantelero por la gracia de Dios-, el paisaje se antoja, decía, una copa de buen vino. Una copa de ese vino rojo y galante que se nos ofrece -cuando más lo necesitamos- en su punto exacto de temperatura, en su justo punto de crianza. En la introducción –con perdón del término- a los Milagros de Nuestra Señora del escritor madrileño Gonzalo de Berceo se puede leer:

La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árboles de temprados sabores
refrescaron me todo, e perdí los sudores;
podrie vevir el omne con aquellos olores.
Nunca trové en sieglo logar tan deleitoso,
nin sombra tan temprada, ni olor tan sabroso…

¿Madrileño el Berceo, don Dimas?
Así parece, don Matías. En el Libro de Aleixandre se dice: Si queredes saber quién fizo esti dictado, / Gonçalvo de Berceo es por nombre clamado, / natural de Madrid, en San Millán criado, / del abad Juan Sánchez notario por nombrado.
¿Quién lo diría, verdad?
Pues así es. Pero siga, siga…
El paisaje, efectivamente, refresca, ofrece sombra o calor según las necesidades del contemplador, aromatiza el alma y, como la copa de vino, necesita ser mirado a través del cristal límpido y transparente de la razón; agitarlo para ver en él cuánto de verdad, cuánto de pureza, cuánto de sabor y color se esconde entre sus fronteras. Luego, tras la contemplación silenciosa, la degustación, disfrutando de cada uno de los matices, de cada uno de los espacios, de cada uno de los rincones, de cada uno de sus aromas, de la misma forma que se puede degustar un vino, puede degustarse un paisaje… El paisaje, definitivamente, tiene mucho que ver con el disfrute, con el calor y con el regalo de una buena copa de vino.
Uno del los paisajes que, cada día, me sobrecoge más es el de los campos de Ayllón. La extensa e inacabable meseta que se divisa desde el alto del cerro que, en el desvío a Torraño, en el camino a San Esteban de Gormaz muestra, en todo su esplendor, los miles de colores de su campo, como una manta de patchwork, extendida hasta donde la vista llega. Los tonos ocres, rojizos de su tierra, los amarillos pajizos del cereal, del verdiamarillo del girasol. El cielo azul purísima, como un cuadro de Velázquez, tachonado de algunas nubes blancas, altas e infinitas. En ocasiones, y hasta el mes de junio, con un festón de nieve sobre las altas sierras del Guadarrama. La iglesia románica de Santa María de Riaza, con su entrada porticada orientada al sur, como es de ley. El río Aguisejo con sus cisnes blancos impostados, las hoces del Duratón al fondo, los buitres planeadores que anidan en Maderuelo. Los chopos, como una cremallera, bordeando al río… El país, el paisaje y el afortunadamente escaso paisanaje que cantaba don Miguel.

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