¿GORDOS… QUÉ GORDOS?

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La medicina, con su pasito de tortuga reumática, va encontrando, felizmente solución, o al menos remedio y consuelo, a las enfermedades. A algunas otras maladies las va desnaturalizando, como esa leche sin nata del desayuno y, desgraciadamente, a algunas no hay manera de hincarlas el diente de la curación.
Un ejemplo de las primeras, esas que si bien no se curan sí tienen su puntito de consuelo, es la piorrea. La piorrea es una enfermedad mala; de las peores, ya que afecta al estómago –vía ayuno- y las potencias, todas, del cuerpo y aún del alma. La piorrea tiene nombre de región francesa, como La Camarga; y tiene, también, nombre de zona protegida y aún con denominación de origen de queso de cabra pero, sobre todo, tiene nombre de bailaora de flamenco: ¡Hoy con ustedes, La Piorrea! Y allá que sale, bata de cola de lunares y clavelón rojo en el moño cantando:

Que tiene la piorrea
que a todas horas me pudre y pudre
dientes y muelas….

Pues bien, a los enfermos de piorrea lo coge el dentista y, tras arrancarle los dientes todos, los colmillos y las muelas y los fabrica una dentadura como la de Dick Van Dyke en Mary Poppins, por ejemplo. Una dentadura hermosa, hasta un poco, si cabe, excesiva para la boca del enfermo. ¡Que se vea donde hay poderío y rumbo! También, si es del gusto del enfermo, puede hacerle una dentadura con algún pequeño defecto; no sé… un diente montado sobre el otro, para hacer la ilusión óptica de que es una dentadura propia, no trasplantada o montada al paralelo, como las ruedas de los automóviles. Una dentadura, en cualquiera de los casos, blanca y radiante, como aquella novia que cantaba Antonio Prieto allá por los cincuenta del siglo pasado. Una dentadura que da gusto… ¡Si hasta uno, en su modestia y bonomía, sueña con una buena piorrea para pedirle al dentista, como si fuera Melchor o Gaspar –Baltasar no, que te la trae de segunda mano- una buena dentadura para comer el turrón de Alicante y masticar la pata gorda de una buena centolla, de las que sirve el restorán Ca Maruxa, en Cariño, La Coruña.
La piorrea ha pasado, de ser una lepra vergonzante a ser una especie de cirugía estética dental por arte y gracia de los más conspicuos y cualificados dentistas españoles y argentinos. Quizás, incluso, más argentinos que españoles, ya que estos últimos han tenido que salir a recebar el marcado laboral europeo.
Pues bien, con otras enfermedades ha pasado otro tanto. ¿Quién de ustedes no recuerda, no hace tanto, la gran cantidad de jorobados, de personas que cargaban con una chepa imposible? Hoy la medicina, como las Ciencias, han avanzado una barbaridad y, con prevención, tratamiento y un corsé la gente con escoliosis, con espinas bífidas y otras enfermedades idiopáticas o neuromusculares, caminan derechitos y más tiesos que un valsero o polkero tirolés.
Las mancaduras, las cojeras, los miembros más o menos cortos y las poliomielitis, que son enfermedades incurables, tienen en la ortopedia su solución más o menos similar a la del dentista. En estos casos, además, los enfermos tienen la suerte –si es que con una enfermedad se puede utilizar ese término- de que los estados reconocen su incapacidad para moverse como el resto de ciudadanos y les facilitan, aunque no suficientemente, una protección, una especie de reconocimiento de una discriminación positiva tanto en el empleo como en su movilidad. Aparcamientos preferentes, autobuses aptos para ellos, empleos ad-hoc, etc.
Sin embargo hay una enfermedad a la que la sociedad no reconoce como tal, sino como un vicio propio de gula, ese pecado capital que tanto nos cuesta: la obesidad. La Sociedad, la buena sociedad del gimnasio y el tallaje se escandaliza con la obesidad. Si bien un minusválido tiene –como no podría ser menos- un espacio adecuado para viajar en un medio público, sea del tamaño que sea, los gordos no; los gordos tienen que pagar billete doble en algunas compañías aéreas. Los asientos de algunos espectáculos públicos están adaptados para espectadores sobre sillas de rueda o, en el caso de algunos centros comerciales, con plazas próximas al ascensor para las señoras embarazadas. A mí me parece muy bien pero ¿por qué las personas con obesidad no “disfrutan” de esa misma protección? Si utilizamos el humor diríamos que, como en aquel chiste del borracho, a las señoras embarazadas, al menos, se les pasa a los nueve meses, pero a los obesos, no. ¿Han acudido a un cine, a un teatro, a los toros o al fútbol con unas toneladas de más…? No hay cristiano –tampoco musulmán- que pueda acomodar la popa en semejante espacio. ¿Es por evitar que puedan asistir gordos? No; sencillamente es avaricia del organizador. Otro pecado, y este sí que es de Capital, que decía Marx. A menos sitio para el culo, más ingresos. Así de fácil. ¿Y quién es el más perjudicado?: el obeso. Es evidente que ninguno de estos cabrones se ha visto obligado a desistir, en vivo y en directo que dicen en la tele, a poder ocupar su localidad por falta de espacio. Lo menos que se siente es frustración y general cachondeo y escarnio cuando el gordo tiene que marcharse sin ver la película o sin poder sentarse. La mitad de las veces da lo mismo… total; el malo es el gordo. Y si fuma y es heterosexual… ¡Buenoooo!
Hay gimnasios para hombres y para mujeres por separado. Las señoras, y hacen muy bien, se quejaban de que algunos gimnastas heterosexuales -¿queda alguno?- miraban con ojos golositos, como el gato de la pastora, cuando hacen esas flexiones y genuflexiones y se les quedaba el rulé al pairo. Pues bien, ¿alguien de ustedes es capaz de imaginarse un gimnasio con la presencia de todo estos musculitos que se pasan la hora mirándose frente a un espejo cómo se les pone la bola del brazo como el chichón de un suicida o cómo tienen de marcada la tableta del pecho mientras un gordo suda, el pobre, subido a una cinta o montando una bici reforzada y anclada al techo y a las vigas? Claro que no…
Algunos dirán -¡ancha es Castilla!- que los gordos no son enfermos, sino que son viciosos. Mira en esto estamos como con los gays, que pasaron de señalarlos como enfermos a negarlo y tildarlos de viciosos. Hoy, en vísperas de su fin de semana del Orgullo; los gays celebran, gracias a sus reivindicaciones –también, y es cierto, a su loby- su fiesta en absoluta libertad y normalidad. ¿Para cuándo un Día del Orgullo Obeso?
Los gordos, algunos gordos, confían en que la medicina encontrará una fórmula magistral, algún específico que un boticario; un macebo adelantado invente, al grito de ¡eureka!, un remedio para sus lorzas sin dolor y sin ningún tipo de esfuerzo. Una pastillita que, sin quitar el poco de apetito que aún les queda, los normalice al gusto de la moda. Los gordos, en su arcadia de fabadas y muslos de pollo con salsa y huevo hilado, pensaban que, tras el anuncio de que se iban a sustituir las prótesis de silicona por grasa humana, en la cirugía plástica, iban a convertirse en donantes de grasa y verse así, libres del tocino, de la capa adiposa, de la posibilidad de verse enfermo de problemas cardiovasculares, de diabetes mellitus, de apneas de sueño, de ictus y osteoartritis y cambiar este escenario por otro en el que, rubias y espigadas top models de protuberantes prótesis mamarias agradecerían su donación con fotos y arrumacos otrora soñados. No; las señoras de bocas Michelín, las damas de pechos sandía, las madames de push up de Levis, no precisan ya grasa; seguirán como las ventanas oscilobatientes rodeadas de silicona.
Mientras, el obeso, en su sofá y pensando para sí se conformará mascullando que, bien visto, los brazos y las piernas las tiene como el resto de los humanos; la cabeza, también está sujeta a norma. Lo único es que, el torso, en lugar de corresponderse con su altura es el de un hombre de dos metros. A fin de cuentas, se dirá, mi problema no es de peso; sino de altura. Es todo un consuelo…

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