GUY DE MAUPASSANT EST MORT

maupassant

Don Minervino Cárcamo Argeñal, alias Guy de Maupassant, nació en Las Huertas del Saucedal, provincia de Ciudad Real, Spain. Don Minervino Cárcamo Argeñal, escritor de cuentos y alguna que otra novela, pasó la frontera de la France por el paso de la Isla de los Faisanes, nadando el río Bidasoa de sur a norte y un poco al desgaire. Allí, entre juncales y cagarrutas de pato azulón, recibió el alto del gabacho.
Bon jour, monsieur. Comme les appels
Oui, je suis… hummm (pensó rápidamente) Oui (de ahí lo de Guy) de Maupassant
¿Qui est votre profession?, le preguntó el aduanero
Je suis un écrivain
¿Et ce que vous écrivez?, preguntó, nuevamente curioso el guindilla
Sur le terroir, dijo confundiendo el localismo con el terror.
Vous pouvez entrer en France
Así, y no de otra manera fue como el gran autor de cuentos de terror de la France tomó contacto con el país. Luego ya, los franceses, que son como son, inventaron que si nació en Dieppe, que si en Fécamp; nada. Todo es como yo se lo relato.
El don Minervino, ya Guy de Mauppassant, fue prohijado por Gustave Flaubert, un músico que tocaba la flauta, como su propio nombre indica, por las routes, les chamins y las rues de la France y por un industrial que se dedicaba a hacer cuartos de baño, orinales y bidets portátiles, que en España aún no habían sido importados por Roca, el amigo de El Bigotes. Este industrial se llamaba Emilio Loza, y algunos autores nacionales han traducido como Émile Zola. Un error lo tiene cualquiera. También fue amigo de los hermanos Goncourt, que tenían una tómbola en Burdeos donde se hicieron famosas sus rifas por los premios que concedían. Finalmente fue muy amigo de un ruso nacido en el seno de una rica familia terrateniente, los Oriol, de Rusia, que luego pusieron Iberdrolas y chorradas de esas por Vizcaya.
El don Minervino…
Diga usted don Guy de Maupassant, don Dimas, que luego induce a error.
Usted perdone. El Guy de Maupasant… ¿Le parece bien así?
Sí señor. Siga usted.
Gracias.
Pues el don Guy de Maupassant se marchó a vivir a París cuando se lió el pollo de la guerra franco-prusiana. En esta guerra, el Caudillo se encabritó con Prusia, que era una coalición peruano-rusa, y liaron una guerra que se llamó La guerra de los botones y que Yves Robert llevó al cine. Al acabar la guerra el don Guy de Maupassant escribió su primera gran obra a la que llamó Bola de sebo, porque iba de un gordo al que le gustaba el sado y las motos Harley Davidson y vestirse de cuero, como la diablesa Vinuales. Al don Guy de Maupassant le gustaban, ya se dijo, los relatos de terror y de acojone, pero como dijo que le gustaban los del terroir, por aquello del mal francés, ponía sus novelas y cuentos en lugares idílicos y en paisajes muy llamativos de la Picardie y aún del Perigord noire.
Una noche empezó a sentirse mal. Van a ser gases, se dijo, pero ¡quiá!. No eran gases, era otro tipo de putrefacción: la del alma. El don Guy comenzó a ver que su razón se desintegraba y sentía angustia y un temor centrípeto producto de manifestaciones sobrenaturales reveladas tras la ingesta de grandes cantidades de licor. Su visión del alma se convertía, decía él, en la putrefacción del cosmos. Vaya… que estaba como una puta chota.
Sus colegas, le quisieron quitar del Licor 43 y del Benedictine, pero que si quieres arroz… Entonces, le dijeron, haz lo que te dé la gana, pero igual, cuando menos lo esperes, gana las elecciones Sarkozy y, antes de que lo encarcelen por tráfico de influencias, te enchiquera y te mete en el Camilo Alonso Vega. Dicho y hecho. El don Guy, que ahora que estaba malo firmaba como Guy de Menopausiant, en lugar de Maupassant fue atacado por graves problemas nerviosos, síntomas de demencia y pánico heredados de su nacimiento en La Mancha, donde se creyó don Quijote, pero en el cuerpo de Sara Montiel y aún del cubano Tony Hernández.
La putañería le salió cara. Una tarde, en que pensaba que tenía chinches en el semisótano fue al médico. Será una gonorrea, se dijo. Pero nada. Lo que tenía era un sifilazo del carajo de la vela. El bicho lo pilló en el puticlub “Le chirla enragé”, de Montparnasse.
Una tarde, en plena demencia, intentó suicidarse degollándose con un abrecartas, que ya es faena hasta para un loco, y es internado en la clínica del doctor Blanche donde muere un año más tarde. Es enterrado, junto al puticlub objeto de sus picores en Montparnasse de París para ejemplo de futuras y venideras pléyades de escritores malditos.

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