UN HOMBRE DE SUERTE

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La suerte de la fea, la guapa la desea. La mala suerte es pelota, que pega pero rebota… Bien mirado, dicen algunos, en el fondo todo es cuestión de suerte. Hay gentes a las que pone el jefe en la puñetera calle, por vago, y después, vendiendo piedras de mechero en el Rastro, se sacan una primitiva premiada o se casan con la prendera de la Plaza de Cascorro y los retira para siempre de la calle. Esta semana, en Parla, un vecino se ha visto agraciado con un premio de más de 137 millones de euros en el Euromillón y, dice el periódico está desaparecido. ¡Qué suerte!, hemos dicho todos con no cierta dosis de envidia.
Ya es sabido que la especie humana, esa que ficha al entrar en la oficina; esa que después toma café, fuma diez o doce veces, después toma el bocadillo y más tarde almuerza y vuelve a fumar hasta que ficha al salir, se divide en dos subespecies: las que tienen buena suerte y las gentes de mala suerte. A estos, les llamamos despectivamente, desdichados; de los otros decimos que son unos tíos suertudos, dando por sobreentendido lo afortunados que son. Pero ¿esto es así, realmente?
Ya me dirá usted, don Dimas, si no va a ser suerte que te caigan 137 millones del ala
No digo yo que no, don Matías, pero veremos cómo termina la historia antes de determinar la suerte o la falta de ella.
Pues ya me dirá.
Eso; ya le diré.
¿Recuerda usted a don Práxedes, el del brazo gitano?
Claro que le recuerdo
Pues hizo un fortunón cuando se le ocurrió, sin querer, enrollar el pastel. La casa Bimbo le compró la idea para sus pastelitos y el don Práxedes se retiró a Benalmádena a jugar al golf con James Bond y allí sigue
¿James Bond?
No hombre, no. James Bond está en Escocia, en eso de Artur Mas. Don Práxedes es el que allí sigue jugando al golf.
¡Ah!
Pues lo mismo que le ha pasado al don Práxedes, pero a la inversa, le pasó a don Lesmes, el del estanco. Resulta que pagó un traspaso a precio de oro y van y prohíben fumar en las tabernas. El pobre, como no consiga pagar el crédito va a acabar machacando piedra en Perejil, con los moros y las cabras.
Hay hombres, don Matías, que han hecho verdadera fortuna por casualidad y, otros, que han acabado en Soto del Real. La falta de norma para estas cuestiones y el desentendimiento de la providencia por estos pequeños y bajos menesteres, es algo sobrecogedor y capaz de perturbar al ánimo más templado.
Pues yo creo, don Dimas, que la suerte existe
No digo yo que no, pero ¿qué es la suerte?
Eso digo yo
Pues nada, yo se lo explico con un ejemplo bien entendible.
Don Longinos Candamil Enciso, natural de Valmaseda y danzante en las fiestas de san Severino, fundó una sociedad que llamó, como no podía ser de otra forma, Sociedad Valmasedana de Importación, sociedad limitada. La empresa de don Longinos cobró enseguida importancia en Las Encartaciones y tuvo que abrir sucursal en la anteiglesia de Arcentales. Don Longinos fue abriendo y cerrando sucursales hasta que, una vez mayor, se la cedió a sus cuatro hijos, el Ugenio, el Ulogio, la Eusebia y la Eustaquia. A la descendencia de don Longinos, en Valmaseda, la decían los Estados Unidos, porque eran EE.UU, dos con nombre E y otros dos con U. Una vez que el don Longinos se retiró dobló la servilleta y fue a entregar su alma en el caserío del barrio de Zornotza donde se retiró.
Los hijos, o sea, los EE.UU. decidieron repartirse la empresa. Al no haber acuerdo llegaron a la conclusión de que todos y cada uno de ellos tendría la misma participación en la empresa y los mismos cargos y las mismas horas a trabajar. Así, se decían, ninguno se podría aprovechar del otro. Cada talón, cada cargo, cada gasto, debía de llevar la firma de los cuatro hijos. Las anotaciones en los libros se repartían también pero -ojos que no ven, corazón que no siente- iban dejándose para el siguiente sin recogerlas en los libros.
Un día, sin que nadie se encomendara ni a Dios ni al diablo, apareció por la empresa un hombre serio, circunspecto y hasta algo apolillado. Era un funcionario gris, sin ningún tipo de rasgo que pudiera ser destacado de otros. El funcionario era, nada más y nada menos, que el inspector de Hacienda quien solicitó así, a pelo, los libros y las anotaciones de los últimos cinco años. Como quiera que los resultados de los ejercicios solicitados no solo no estaban claros, sino que estaban bastante opacos, el señor inspector, previo vaciado de consulta con su Dirección Provincial, decidió que el gerente de la Sociedad Valmasedana de Importación, sociedad limitada, ahora con nueva denominación, debería ingresar en la prisión para pasar unos años nutrido a costa de los presupuestos de la Dirección General de Prisiones.
Como es lógico, cuando se recibió en las oficinas de la empresa la comunicación con la resolución del señor juez, a petición de la fiscalía de Tasas y la Hacienda Pública, reclamando se señalase el nombre de cuál de los cuatro hermanos de la nueva denominación Hijos de don Longinos Candamil Enciso, sociedad limitada, heredera de aquella Sociedad Valmasedana de Importanción, sociedad limitada, actuaba de gerente, estos se miraron uno a otro y no supieron qué contestar. Aquellas discusiones durante el funeral de su padre sobre quién debería ocupar la gerencia y que hubo que dividirse a partes iguales por falta de acuerdo comenzó a resultar un engorro.
¿Cuál de los cuatro debería ir a la cárcel? ¿El mayor de los varones, el Ugenio: o la mayor de las mujeres, la Eusebia? ¿El menor de los varones, el Ulogio; o la menor de las mujeres, la Eustaquia? ¿Deberían ir todos? ¿No debería ir ninguno?… Decidieron, como buenos españoles, que debían resolver la duda, ya que la Fiscalía apremiaba, sorteando entre los cuatro quién de ellos era el gerente.
Tras las correspondientes reuniones, cabildeos, consultas, juntas generales y demás zarandajas y, visto que el problema tenía mala resolución decidieron hacer un sorteo. Eligieron un sombrero Panamá y, en él metieron cuatro papelitos con los nombres de cada uno de los hijos de don Longinos.
Se hizo un silencio de muerte, se escribieron los cuatro papelitos, se hicieron unas bolitas con ellos, se metieron en el sombrero y llamaron a la secretaria, la señorita Adolfina, que era muy inocente y cabal para que, con su inocente mano, extrajera la bolita que determinaría quién de los cuatro hermanos iría a presidio.
La señorita Adolfina lloró como una Magdalena (con perdón). Después de pedir perdón a cada uno de los cuatro herederos de don Longinos y de jurar y perjurar que ella no tenía especial tirria o rabia contra ninguno de ellos, deslió la bolita y dijo, entre sollozos y con voz entrecortada, que quien debía ir al a cárcel era el don Ulogio, el menor de los varones.
¿Habrá alguien en toda Valmaseda o en las Encartaciones todas, capaz de asegurar que don Ulogio, el menor de don Longinos es un hombre de suerte?
Pues no, don Matías. Verdaderamente eso no es suerte.
Pues a eso iba…

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2 Respuestas a “UN HOMBRE DE SUERTE

  1. ¿Cuando te traes a la Mutriku a Valmaseda?.

  2. ¡Puff…! a ver en verano