GUILLERMO SÁNCHEZ PELAEZ, ESCRITOR EN INGLÉS

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Guillermo Sánchez Pelaez, natural de Torija, en la provincia de Guadalajara nunca se mostró partidario de su patria chica.
Es que a mi, ¿sabe usted?, estas alcarrias se me quedan chicas.
Usted lo que es es un culo inquieto
Pues tiene usted razón, don Dimas
El Guillermo Sánchez Pelaez, abandonó Torija un 18 de julio y, un paso tras otro, se llegó hasta la mismísima Galia donde, con mucho apuro, se comunicó con los galos y algunos francos en su propia lengua. Al Guillermo, parece que no, pero se le daban bien los idiomas. ¡Qué jodío!
En la Gascuña, el Guillermo vivió en el condado de Condom, poniéndose hasta los pechos de pato y cassoulet e hizo migas, y algo más que migas, con la Constance Bonacieux, quien, en un descuido, -aún no había nacido el célebre inventor del preservativo- quedó embarazadísima. El Guillermo salió por piernas perseguido por la mitad del pueblo. Con el tiempo supo que la Constance se casó con el militar Charles de Batz-Castelmore d’Artagnan, que era algo espadachín. No hay mal que cien años dure…
El destino de su huida fue Calais donde, en tan solo una noche, podría tomar una barcaza que le llevaría hasta la brumosa Britania. Tras atravesar tierra de francos a pie llegó hasta las playas de Bologne sur Mer donde, alimentándose de moluscos llegó, finalmente a su destino. El viaje lo pasó descansando al raso y estudiando el idioma de los británicos. Cuando arribó a Dover podría decirse que el Guillermo ya era un inglés casi, casi de Oxford.
Good morning, sir. The road to London, please
All stiff, que en guiri, de Dover, quiere decir todo tieso.
What is your grace, mister?
My name is Guillermo. Guillermo Sánchez Pelaez.
¡Ah!, dijo el british… Your name is William Shakes Peare
No, no… Sánchez Pelaez. No Shakespeare
El Guillermo, al ver que era imposible que estos celtas medio modorros fueran capaces de pronunciar una palabra en español cambió su nombre ya para siempre.
Después de dos meses de caminar llegó a Londres. Estuvo en un tris de morir varias veces atropellado por carros de bueyes y hasta por la propia diligencia de Dover.
Estos ingleses son medio gilipollas, se decía para sí. Pues no van y circulan por su izquierda. No sé… igual un día en un descuido me atropellan.
El Guillermo, ya William, intentó colocarse de carpintero, pero los metros se medían en pulgadas y, los pesos en libras y como no tenía maña en esas medidas, siempre cortaba de más o de menos. Por fin encontró una ocupación que es con la que llegaría a ser recordado para siempre: cuenta cuentos. El Guillermo se sabía, de memoria, todos los cuentos y sucedidos de la Alcarria. Que si el sacauntos, que si a razón de catorce, siete la media… en fin, hasta lo de Puerto Urraco. Entonces lo tradujo al inglés y, librito a librito, se fue haciendo un capital. Para llegar a fin de mes más desahogado empezó a vender, por las casas, unos pontingues para que las inglesas perdieran esa color de zanahoria que tenían habitualmente.
Clon, clon… Tocaba la campanilla, o el esquilón de la puerta
¿Quién es?, decía la inglesa
Avon llama, contestaba el Guillermo. Ni que decir tiene que, cuando le pusieron de mote el Bardo de Avon era por su facilidad en el relato y en la venta de cosméticos y no, como dicen algunos, por ser natural de Statford-upon-Avon, como dicen las enciclopedias.
¿No me diga, don Dímas?
Sí señor, don Matías ¿cree usted acaso que yo le miento?
No, por Dios… Siga. Siga usted
Pues el caso es que, como tenía habilidad con la prosa y el verso, le dio por escribir y contar sus cuentos por mercados y plazas. El teatro, lo llamaban. Se hizo muy famosa una tragedia que escribió que se llamó La verdadera crónica de la vida y muerte del rey Lear y de sus tres hijas y que, en realidad era el cuento de aquel rey que metió a sus hijas en tres botijas y tal, pero pasado al inglés y con más argumento. Fue un auténtico pelotazo. Luego ya, metido en faena, copió el cuento de los Amantes de Teruel, ya sabe usted, tonta ella y gilipollas él, pero en plan fino, con sus toques italianizantes que si Verona, que si el diseño italiano, que si Anceloti y lo tituló Romeo y Julieta.
Oiga don Dimas ¿y de qué va eso de El rey Lear?
Nada, el tal Lear, que era el rey de Bretaña, tiene malas pulgas y es un cascarrabias. Tiene tres hijas: la Goneril, casada con el duque de Albania, un calzonazos; la Reagan, casada con el duque de Cornuailles, dos cabronazos y la Cordelia que era algo pánfila y medio lerele, aunque le ponía ojitos al rey de Francia. El Lear, como aún no había Benidorm, reparte su hacienda entre las tres, a partes iguales, siempre que le digan cuánto le quieren. Las dos primeras le hacen el capítulo y, la Cordelia, en lugar de venderse en plan marketing, va y dice mire usted, padre. Yo le cocino y le baño pero tinto no traigo que luego se me avinagra. No ve usted que aquí no bebe nadie. El muy cabrón del viejo le desheredó y repartió entre sus hermanas la guirigaya.
Malo ¿eh?, don Matías.
Ya lo creo. Siga, siga
Entonces va y les dice a las dos mayores que les da el reino pero que él, con cien colegas del Imserso será mantenido y jartao de vino con la condición de turnarse, por meses.
Las dos brujas le dicen que sí; que ya… pero nada más ir al notario y registrar el país a su nombre echaron a los viejos que le acompañaban y a él le pusieron de patitas en la calle cuando más llovía. El centro de la historia es la tristeza del yayo que, con sus errores y pasiones se encuentra solo, fané y descangallao, como un cantante de tangos.
Pero oiga usted, don Dimas, si esta es la historia más vieja del mundo. La ambición, la falta de lealtad y amor a los mayores. La falsedad, el abandono y la pérdida de valores.
Pues así es, mi amigo. Pero los ingleses, que son muy dados a chorradas de estas lo petaron.
El caso es que el pobre Guillermo se sentía solo. Era joven, tan solo tenía dieciocho años y, mira por donde, una fresca, la Anne Hathaway –en realidad la decían Ana Jaca Guay, por lo bien que trotaba- y que era de Cifuentes, también en la provincia de Guadalajara, se casaron. Los testigos fueron dos vecinos de la Ana y es que, ¡vaya por Dios!, estaba de tres meses.
Wedding of penalty, que se dicen en inglés
Pasó poco tiempo antes de que el Guillermo se diera el dos y dejara a la Ana con la patulea mirando a Cuenca. El Guillermo desapareció y fue a aparecer en Londres donde actuó como cómico en el Bishopgate, un sitio de monólogos.
Al final de sus días, al Guillermo Sánchez Pelaez, alias William Shakespeare, le dio por el tinto y se ajumaba a base de bien. Resultado de una de sus melopeas fue el doblar la servilleta de unas fiebres que le hicieron estirar la pata un final del mes de abril, cuando desde el Tamesis subía la bruma que abrigaba las farolas donde, apoyadas y aburridas, una barahunda de meretrices intentaban ganarse el thea y las Mary cookies, o galletas María, que se dice en España.
The End

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