EL CUENTO DEL SOLDADO Y EL GENERAL ESPIGADO

bis (41)

El soldado nunca había tenido más uniforme que el de botones en una siniestra oficina del sector eléctrico. El soldado nunca había pensado en ser soldado pero, la edad le obligó a ello. Cuando el soldado llegó al cuartel le encuadraron en una compañía con otros 150 especímenes iguales a él. El soldado pensó que, igual, era el batallón de los niños de Mengele.
¡Vaya usted a saber!, se dijo.
Al soldado no le daba tiempo ni a tener miedo. Cuando llegó la noche al soldado y a su amigo La Agüela, también soldado, los encuadraron en distintas compañías y cubrieron sus cueros con ropas de color caqui de varias tallas más grandes que las suyas.
Al amanecer del día siguiente las compañías de los dos soldados amigos ya estaban desfilando. El resto de los 1500 soldados no tenía ni uniforme. Los soldados, cuando acabaron de desfilar, volvieron a desfilar y pasaron así los tres meses de campamento, con sus días y sus noches.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Media vuelta, ¡ar! Y así, vuelta la burra al trigo, un día tras otro.
Los soldados comprobaron el motivo de la similitud entre unos y otros. Habían sido encuadrados en la denominada compañía de honores. A partir de ahí, desfiles y más desfiles; honores, guardias y vuelta a desfilar.
Una tarde primaveral al soldado le despertaron a las 4 de la mañana. Le llevaron al comedor, junto a sus ciento cincuenta clones y le dieron de desayunar: dos latas de sardinas en aceite, media tortilla de patata y un bocadillo con dos filetes de lomo de cerdo. Dos tazas de café y cuatro donut’s.
No quiero ver una miga en el plato. ¿Conforme?. El que no esté acostumbrado a desayunar fuerte, ¡que se joda!.
En diez minutos la compañía estaba atiborrada y formada junto a unos camiones militares de cuando la gran guerra. Al soldado y al resto de soldados los soltaron en la calle de José Abascal y, tras más de cuatro horas de espera, fueron puestos a desfilar. Era el último Desfile de la Victoria. Al pasar por la tribuna un anciano general decrépito y un joven general rubio y espigado saludaron con distinta marcialidad al paso del guión.
Unos meses después, el anciano general dobló la servilleta y dejó el mando al general espigado. ¡Que en paz descansemos!, nos dijimos. El soldado, y otros diez soldados más, fueron enviados a su casa para que sus madres (¡arsa!) cosieran en sus mangas un brazalete de luto y una cinta negra a la gorra. A media noche fueron llevados al Palacio Real y allí, dos medias horas con otras dos horas de descanso entre medias, tuvieron que velar los despojos del viejo general.
Amanecía en Madrid cuando al soldado y a sus compañeros los dejaron ir a su cuartel. Allí, se cambiaron de camisa y de correaje –el anterior era de gala- y salieron a cubrir carrera -al paso alegre de la paz- del féretro del difunto. Al día siguiente, misas y responsos, al siguiente, funeral en el Valle de los Caídos y, finalmente, la proclamación (a pesar de lo que escuchéis estos días, en España no se corona a los reyes; se los proclama) del espigado general como rey de todos los españoles. Mola, pensamos. Y tanto que molaba, al día siguiente a cubrir carrera para despedir a los jefes de estado que vinieron a las honras y, por fin, al cuartel tras cuatro días de honroso servicio, al decir de nuestro coronel.
El soldado había perdido a su abuela el mismo día que murió el anciano general, y solicitó permiso para ausentarse. El brigada, un anciano compañero del general preguntó al soldado:
¿Cuantas abuelas tienes?
Dos, mi brigada.
Pues Franco sólo hay uno. Así que ya enterrarás a la otra.
El soldado, que nunca había sentido el ardor guerrero, lo sintió por primera vez… era una situación similar a cuando te acuerdas de los muertos de otra persona. No lo crean, fue todo un descubrimiento. Quizás, el único que hice en el ejército.
A lo largo del año que aún me quedaba de servicio militar el espigado y joven general, ahora además rey de España y el soldado coincidieron varias veces. Es un decir, claro. La última de ellas en el Desfile del Día de las Fuerza Armadas, que es como se llamó al Desfile de la Victoria.
Como todo en la vida llega al soldado le llegó la ocasión de abandonar el ejercito. El soldado, ahora de nuevo como persona civil –curioso antónimo de militar- abandonó el cuartel el mismo día que el hijo del general espigado –un niño tan solo- juró bandera por primera vez. El soldado, sin girar la cabeza tan siquiera, apretó el paso y cogió un autobús de la línea 44 en Moncloa, con destino a su casa. El soldado, se duchó durante un día entero y una vez recuperada su dignidad y la tranquilidad volvió a trabajar a la oficina siniestra. En los casi dos años que duró su servicio militar se habían producido dos ascensos en el escalafón y el soldado, como su compañero y amigo La Agüela, no lo volvieron a recuperar.
Hoy, ya próximos a jubilarse, los dos soldados ven cómo, en su vida laboral, faltan casi dos años. Los del servicio militar. Eso, y una medalla que el soldado ganó como donante de sangre y que, según la orden que se leyó en el cuartel, podría lucir en el uniforme previa compra a cargo del soldado, por supuesto. Eso es lo que sacó de aquella aventura del Coronel Tapioca.
Hoy, el general espigado anuncia que cederá el bastón de mando que el anciano general le regaló, por la Gracia de Dios, y este, ¡ancha es Castilla!, hace ahora otro tanto con aquel niño que el soldado vio jurar bandera mientras abandonaba el ejército, en buena hora…
Ahora, algunos preguntan al soldado ¿qué le parece este cambio? El soldado piensa en sus dos años perdidos, en los dos ascensos que volaron y en el entierro de su abuela y sonríe imperceptiblemente. El soldado, ya viejo y cansado, encuentra en el ABC una información en la que cuentan que un montón de señoras, jovenes señoritas y algún que otro talludo caballero han vuelto –o han probado por primera vez- a jurar bandera.
Es muy emocionante, dice una señora en el televisor a la noche.
¡Qué potitooooo!

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