LA CUEVA DE PEDRO BOTERO

latero

Remigio el Costras silbó una polka para avisar a su compañero Tiburcio, alias Pedro Botero. El Tiburcio abrió el portillón del cuarto de calderas y el Remigio bajó los cuatro escalones que le llevaban al confortable paraíso del Tiburcio. Encongido, entró en el cuarto mientras frotaba sus manos.
Aquí venden ropa, dijo.
En la calle un viento gélido se colaba por las costuras de los harapos. Un aguanieve pertinaz azotaba el rostro de los caballos de los simones que, al punto, permanecían junto a la esquina de la inclusa.
¿Qué traes hoy? Preguntó el Tiburcio consciente de la importancia de la cena de Navidad.
Poca cosa. La crisis, ya sabes… Un billete de cinco duros que está morado del frío mismo que hace afuera.
¿Nada más?
Ya lo ves; está la gente aún más pelada de lo que parece. Veremos qué traen la sección femenina y los estañadores
La Sección Femenina no era, contra lo que pudiera parecer, aquella rama femenina de los falangistas; no. La sección femenina, así, en minúsculas, eran las dos compañeras de los dos amigos. La Reme, compañera del Pedro Botero, asturiana e hija de sereno que, por influencias de el del chuzo, se buscó el abrigo para su osamenta con las Hermanitas de los Pobres en la casa de expósitos. Chelo, la Posturas, coadjutora del Remigio quien había sido, en su tiempo, canzonetista con La Chelito. La edad, y un mal golpe en la sien con una botella de ojén, habían dado con su cuerpo en el meublé de la Comancha, una suripanta de la calle de Jardines, junto a la Gran Vía.
¿Cómo ha ido el día?
Pues como a todos, me imagino, dijo la Posturas. Un par de cabritos y para casa. Parece que estuviéramos en Cuaresma.
¿Y tú?, Reme. ¿Cómo te fue a ti?
Algo mejor, qué duda cabe. He estado limpiando el refectorio de arriba y he podido distraer un pucherete de sopa del cocido. Está algo avinagrada, es cierto, porque si en algún sitio no sobra, desde luego, es entre las monjas.
Unos pasos y un cascabeleo de aperos les advirtió de la llegada de los estañadores. Los estañadores era una familia gitana que estaba de paso por la capital desde su Salamanca natal. Los estañadores eran la tía Robusta, cuyo verdadero nombre era Robustiana pero a la que, por su aspecto cuadraba más el apodo que el nombre. La tía Robusta era sillera y se dedicaba a la componenda y reparación de la enea, la rejilla y las cuerdas o gomas de las sillas y sofás. Tenía los dedos nudosos de tanto enlazar juncos y, una faltriquera que era como el sombrero de un mago; aparecía de todo. El hijo, verdadero capataz de la cuadrilla, quien mantenía el fueguecillo y se entretenía en soplarlo, de vez en cuando, por ver de mantenerlo presto. Un hijo, el Andresín que, al ser el menor, es el que se dedicaba a recoger leña para mantener siempre viva la llama, como una antorcha memorial por el soldado caído. También les acompaña la Rita, una gitanilla vivaracha y joven que, a la menor, baila la zambra o la taranta como una diosa egipcia. Morena y guapa, la coleta hasta la cintura, es la alegría del grupo. Con ellos también viaja la Tomasa, matriarca y voz (¡y qué voz!) del grupo.
¡Cantarillas, alcuzas, orinales….! Desportillos, roturas, soldaduras, estañadoooooooooor! Grita a voz en cuello por las esquinas.
El marido, mientras la tía Robusta va pregonando.
¡Silliiiiiiiire! ¡Se arreglan sillas, mecedoras, paragüas. La silliiiiiiiiiire!
El marido, decía, ya ha reunido un pequeño ejército de mirones a su alrededor. El uno, le pregunta por el precio de un puntada de estaño, el otro le consulta sobre el chisquero…
¿Cómo va a tener arreglo eso, hombre? ¡Compre otro!
Mira el rumboso, se asombra el vecino.
Es que se puede que ser pobre, compadre, pero no paupérrimo.
¿El cuálo?
¡Déjelo, hombre! ¡Déjelo!
Una jarra de porcelana, una jofaina con un golpe como un duro de plata, una palangana con más agujeros que un colador. Un acetre pequeño, como un aguabenditera de plomo, descansa junto a un pocillo abollado. Un balde sin asa, una cazuela llena de ojos y una sartén por estañar es todo el material para reparar en el día.
El marido se atusa los bigotes antes de meterle mano a los archiperres. El niño ya ha arrimado unas yermas ramas de acacia aún verdecidas. El humo da paso a un fuego pobre. El grupo, apoyado sobre las tapias de cementerio ofrecen un cuadro costumbrista digno del mejor grabador francés.
¿Cómo ha ido el día, le pregunta el Costras al pater familia?
Psche. Algo se ha hecho. Una panceta y un poco de pan de anteayer. Media cántara de vino y un tasajo acecinado de mula.
El grupo se arremolina en el remedo de mesa sobre el que descansan los menguados alimentos. Tras ellos, la panza roja de la caldera quita el frío de la calle.
Al menos, piensa el estañador, no tenemos que pasar la noche al sereno.
La tía Robusta se ha quedado, de golpe, muda.
¿Qué te pasa, madre?, le pregunta su hijo preocupado
¿Te acuerdas aquella Navidad en la Plaza Mayor? Los hombres con sus panderos y las mujeres con las panderetas cantando aquello de

Esta noche es Nochebuena
Y mañana Navidad…

¡Ya lo creo!
¡Qué tiempos aquellos…!
No te irás a poner ahora sentimental, ¿verdad, madre?
No, hijo. Nuestra raza es asina.
Anda, y bebe un trago, verás como se te pasa…
El Remigio, el Tiburcio, la sección femenina y los estañadores pasaron la noche bebiendo y riendo; recordando tiempos pasados. Ni mejores, ni peores. Siempre como estos. La niña Rita bailó retorciéndose como un áspid y el Andresín cogía gruesos troncos de encina con la esperanza de que, un día no muy lejano, en lugar de las míseras ramas de encina, pudiera llevar a su padre unos troncos como aquellos.
En la calle un viento gélido se colaba por las costuras de los harapos. Un aguanieve pertinaz azotaba el rostro de los caballos de los simones que, al punto, permanecían junto a la esquina de la inclusa.
En el reloj de la inclusa dieron las once y, por el respiradero del sótano llegó el sonido lejano, sordo, de un pandero y el canto de un solitario borracho:

Ande, ande, ande, la marimorena
ande, ande, ande, que es la Nochebuena…

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