CHESTERTON. ALGO MÁS QUE CITAS.

CHESTERTON

Gilbert Keith Chesterton existió en realidad. ¡Vaya si existió!. Ya sé, que algunos piensan que era un tío, como Paulo Coelho que lo único que hacía era escribir citas para que la gente llene Internet con sus mensajes. Nada de eso. Chesterton, además de un autor como la copa de un pino fue un gran industrial. Casi como Arturo Fernández, el de la CEIM, pero en honrado.
Gilbert Keith Chesterton, y su hermano, Calvin Klein Chesterton fundaron un imperio industrial. El primero, antes de triunfar como escritor y, posteriormente, tras su boda con Jayne Mansfield y el segundo vendiendo calzoncillos a Beckam y a todos los canis y lolailos en los mercadillos al sur de Parla.
En efecto, Gilbert Keith Chesterton nació en Londres, cuando aún se llamaba London, el mismo año en que se levantaba el sitio carlista de Bilbao. Su padre tenía una agencia inmobiliaria en Kensington. Cuando nació su segundo hijo, primer varón de su matrimonio, papá Chesterton quería ponerle Eduardo, como él, pero la María Luisa, la madre, erre que erre, que quería ponerle Gilbert porque había una canción, por aquellas calendas, que se llamaba Alone Again (Naturally) que la cantaba un tal Gilbert O’Sullivan. Como pueden más dos eso, que dos carretas, pues ¡hala!, Gilberto para toda la vida.
Chesterton era un hombre muy alto para aquella época. Medía 1,93 centímetros y, claro, siendo final de siglo y, por tanto final de la época victoriana, el pobre Gilbert se sentía muy incómodo cuando era convidado a tomar el tea porque no cabía en el sillón. Con unas libras que le sobraron de las propinas por hacer recados fundó una empresa de sofás a los que dio su nombre: modelo Chester, en el que, por fin, cabía perfectamente. Con la pasta que sacó se dio un homenaje. Voy a hacerme escritor, y se compró medio litro de tinta negra Pelikan y un par de plumas estilo África
No, no. Estilográfica; no estilo África
Usted perdone.
Está perdonado. Siga, siga…
Pues eso, que se lió a escribir, a dibujar y hasta a dar clases sobre espiritismo, ocultismo y teosofía de Borbón, que como todos ustedes saben es un movimiento filosófico-religoso-esotérico sobre la vida de las reinas de España.
Una noche, harto ya de tomar gintonics y comer fish and chips tomó un billete para el Queen Anacleta, un patache inglés con dirección a los USA. Allí, una vez que llegó y se pudo quitar de encima todas las cagadas de gaviota, se dio un baño y se perfumó (que para eso estaba en las colonias) y salió de bureo. En un dancing conoció a la señorita Jayne Mansfield, natural de Pensylvania y que echaba más humo por la boca que la chimenea del Titanic. El Chesterton se dijo, ¡coño con la rubia esta, si fuma y habla de tu! ¿No seá algo ligera de Álvarez Cascos?. Va a ser mejor poner una fábrica de tabaco para evitar que me arruine. Dicho y hecho. Con unos dólares que tenía la Jayne, y las libras que aún le quedaban a él, fundó una empresa tabaquera. Para que Hacienda no le persiguiera como si fuera la Pantoja, la del pollo a la Pantoja, le dieron el nombre del encargado, Felipe Morris, pero en inglés, claro, para no mosquear: Philip Morris. Y sacaron unos paquetes de cigarrillos, con su boquilla y todo, con la mitad del nombre de cada uno; Chester, por el Gilbert y Field por la Mansfield.
¿Esa figura no se llama metonimia o transnominación?
¡Y a mi que me cuenta! Si yo soy ferroviario
¡Ah! Usted perdone. No era por ofender
No, si usted no ofende. Siga, siga, por favor…
El Chesterton se aburría como una marmota y no sabía ya en qué emplear todo el tiempo que le quedaba libre. La pobre Jayne, viéndolo tan dubitativo le dijo, dice:
Oye, Chester, -que es como le llamaba para abreviar-
¿Abrevar de tomar agua?
No abreviar de hacerlo más liviano y corto.
¡Ah!, claro. Siga; siga..
Por qué no escribes, le dijo, las historias del padre Brown, el cura ese coñazo del pueblo de al lado que siempre está con los asesinatos y esas miserias.
¡Anda esta! ¿Y tú crees que es fácil escribir de curas siendo agnóstico?
Pues hazte católico
Y el Chesterton, que era algo calzonazos. Pues fue y se hizo católico como otros se hacen del Atlético de Madrid, por pura ignorancia futbolística y un toque de masoquismo, por qué no decirlo.
El caso es que fue un éxito, como todo lo que tocaba el Chester. La Jayne, viendo la pasta que entraba, le compró media arroba más de tinta, que la clareaba con un poco de agua para que durase más, y le puso, ocho horas al día (por la noche ¿eh?, que de día tienes que recoger a los niños en la school) como horario de wrinting. El Chesterton escribió lo menos cincuenta historias distintas del padre Brown. Luego hizo un libro que se tituló El Napoleón de Nottingh Hill, que era la historia de amor de un tío que tenía una librería y se enamora de Julia Roberts que era actriz de Hollywood. Hubo un tal Michael Collins, irlandes medio broncas, que se lo tomó en serio e, inspirado en la peli, se puso burro en su pueblo.
Mire usted que hay gente para todo ¿verdad?
¡Ya le digo, joven! Es lo que hace la democracia y el gasoil.
Posteriormente compuso La balada del caballo blanco, una de indios que llevó a tiempos de Alfredo el Grande y su defensa de Danes. Con El hombre eterno hizo una crítica al tiempo que dedican los políticos a vivir del cuento. Dicen las malas lenguas que se inspiró en Jesús Posadas, el presidente del Parlamento, quien ya nació en cochecito Jane, de hijo de gobernador civil, con banderitas de España y todo.
Entre sus fans estaban Kalfka, Borges, el T.S. Elliot, y Jemingüey, un escritor, algo pamplonés, que tiene nombre de refresco tropical. También otros posteriores como Sam Water, que en España llamamos Savater, García Márquez, Cortazar y Juan Manuel de Prada… ¡Vaya tela!, dirán ustedes. Pues sí; qué le vamos a hacer.

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