PANCRACIO PARRO MANSO. GAFE

PUENTE

El Pancracio Parro Manso había tenido, de siempre, muy mala suerte. El Pancracio Parro Manso, sobre tener mala suerte era, al decir de Mariano, un gafe. El gafe Pancracio Parro Manso, además de ser un gafe había sido, de suyo, muy obediente y bien mandado. Es lo que tiene llamarse Manso, aunque sea de segundo apellido.
El Pancracio Parro Manso se presentó a oposiciones al Organismo Autonomo de Parques Naturales, dependiente del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Este Ministerior, al irse Arias Cañete, perdió la Alimentación y el Medio Ambiente sufrió, en consecuencia, recortes importantes. Así, pues, el Pancracio Parro Manso vio cómo su oposición se anulaba y quedaba en la calle.
Eso te pasa por calzonazos. ¡Eso!. Por calzonazos y por flojo; que eres un flojo. Un flojo y un cagón ¿te enteras?
Si, Restituta. Sí que me entero. Pero mujer…
Mujer. Mujer… No se te ocurre otra cosa. Si la culpa la tengo yo; por haber sanado en el último instante.
La Restituta Bravo Armada, que ya son apellidos para una dama, se casó con el Pancracio Parro Manso en artículo mortis. Pero fue dar el sí, oiga, y sanó la tía de forma milagrosa. ¡Qué bárbaro! No se había visto nada igual en la medicina moderna. ¡Si levantara Galeno la cabeza!, solía decir don Pascual, el practicante.
Las vecinas –ya sabe usted doña Puri, lo que son las vecinas- siempre lo decían. El Pancracio es un hombre de una vez. Vamos que tiene un cuerpo que levanta a un muerto.
Lo que tenías que haber hecho es liarte la manta a la cabeza y presentarte en un mitin del Cañete ese y sentarle las costuras. ¡Vaya saque! Mira que comerse la Alimentación y, al paso, el Medio Ambiente. Con razón ya no sacan a los caballos de Domecq. Se los habrá merendado… ¡Qué tío!
Mujer, igual es que tiene la solitaria.
Sí, sí… la solitaria dice. Tú si que tienes solitaria; pero a tu mujer. Cagón. Y además flojo ¿lo sabes? Y además calzonazos.
Resti, mujer, que te están escuchando las vecinas.
Pues mejor, para que sepan cómo eres.
El Pancracio Parro Manso, natural de Papatrigo, en la comarca abulense de La Moraña, solamente tenía una pena. No tener a mano el río Merdero, en el que él se bañaba de chico. El Pancracio, cuando sufría por el maltrato de la Restituta siempre pensaba en el remolino de la hoya del ahorcado, bajo el puente del río. Allí, según es norma, si se tira alguien de forma decicida, no hay quien lo saque. Si algún día me muero, decía, tenéis que tirar allí mis cenizas.
¿Y para qué tenemos que ir hasta allí?, le decía la Restituta.
Porque así, cuando lleven al santo hasta la ermita, lo podré ver pasar.
Sí; hombre. Cuando estés hecho cenizas como la colilla de una faria vas a ver tú al santo…
Bueno, mujer. Son mis últimas voluntades. Si no cumplís con ellas, pues ya veremos, decía el Pancracio mientras metía la cabeza bajo la axila por si volaba el porrón, o la placha, o la badila del brasero.
Si no lo hacemos ¿qué?, decía la Resti, mientras se ponía en jarras
Nada, mujer. Es una forma de hablar.
¡Ah!, bueno…
Una noche en que el Pancracio se había atiborrado de pimientos rojos asados sufrió un torozón imprevisto y fue a palmar de forma callada y muy educada.
La Restituta Bravo Armada, ahora viuda de Parro, aunque aún no lo supiera, se dispuso a despertar a su marido. Le llevaba, como siempre, el pañuelo moquero, con las iniciales en la cara y el doblez en el enves, y la camiseta de tirantes. ¡Ecce Ancilla Domine!; he aquí la esclava del Señor, decía, y luego traducía del latín, para hacerse la sufrida.
El Pancracio, pese a que nunca antes había muerto, finó como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Oiga usted; ¡qué muerto hizo el Pancracio! Con sus manos, la una sobre la otra, y ambas sobre el pecho, su corbata con el nudo de doble Windsor, su pañuelo perfectamente planchado y metido en el bolsillo de la americana (eso sí, doña Puri, la americana debía de ser antigua, pues estaba dada la vuelta y con el bolsillo a la derecha). El Pancracio, se quiera o no, hacía un muerto de lo más aparente.
¿Y lo va usted a mandar quemar?, como si fuera un chicharrón, le decía el Julito, un gamberro medio yeyé que vivía en el ático.
Era su voluntad.
¡Ah!, pues conmigo que no cuenten. Me han dicho que si es verdad lo de la resurrección, resucitas en cuerpo y alma. Tal y como mueres. Yo no quiero ser poso de cenicero. A mi que me entierren como palme, pero sin llamas.
Eso va en gustos, decía la señora Puri.
¿Y lo van ustedes a llevar al río?, tal y como él quería.
Pues sí señora. Que una es muy señora y las voluntades, aunque tonterías, son para cumplirlas. En eso tiene usted razón, doña Restituta.
¡No he de tenerla!
Al día siguiente, la señora Restituta, el Pancracin y la Restitucita, se marcharon al pueblo con un frasco de Nescafé, sin cafeína, bajo el brazo. Evitaron la cafeína, por si el Julito tenía razón y a la hora de la resurrección no pudiera dormir más y, en La Sepulvedana, se llegaron hasta el pueblo. Era viernes por la mañana y víspera de san Roque y su perro, patrón del pueblo. Sin que nadie los viera, y para evitar engorros, la Restituta y sus hijos se acercaron hasta el puente y, desde lo alto, arrojaron las ceniza y, después, el frasco de Nescafé. Rezaron un responso leve y volvieron hacia el pueblo. Para esperar la llegada del autobús decidieron tomarse un blanco y unos boquerones en vinagre en el casino. Allí, don Tancredo el alcalde y don Cristobalón, juez de paz, hablaban sobre el pleno municipal del día anterior.
Entonces, don Tancredo, si ya está aprobado el santo se llevará esta tarde hasta la ermita por el puente nuevo ¿verdad?
Efectivamente, don Cristobalón. La gente siempre se quejaba de que, con las andas, y los pendones reteníamos el tráfico. Ahora daremos más vuelta pero ya no pasaremos por el puente viejo.
Los niños se quedaron mirando para la Restituta quien, una lagrimita de trámite en cada ojo, decía por lo bajinis
¡Ay Pancracio! Fuiste gafe hasta después de muerto. ¡Qué cruz, Señor! Con lo bien que hubieras hecho de no sanarme en las vísperas de mi boda. ¡Qué cruz, Señor! ¡Qué cruz…!

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