UN JOVEN LEE UN LIBRO

joven

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo…
¿Perdón?, contesta el joven que está, el libro sobre la mano derecha y las piernas cruzadas -la una sobre la otra- en un banco de piedra del Retiro.
Así es como comienza Pascual Duarte la narración de sus crímenes.
El joven, tras voltear el libro para leer la portada, vuelve a la primer página y lee, con detenimiento la frase que el paseante le ha recitado.
¡Vaya memoria!
Pues sí. Lo aprendí de chiquillo. Se me quedó esa costumbre de lector infantil empedernido en mi más tierna infancia.
¿Le gusta a usted Cela? Pregunta el viejo paseante
Pues no mucho, la verdad. Mi madre dice que era un majadero
Perdón, es que no me he explicado bien. Quería decir que si le gusta a usted como autor, no como persona.
¡Ah!, sí señor. Usted perdone. Me gusta mucho. Creo que es el autor que mejor escribe en castellano.
No tiene por qué disculparse. A mi me pasa lo mismo con los autores hispanoamericanos. No he leído nunca un libro suyo.
¿Y eso?
Pues ya ve usted. Me parecen muy melancólicos y depresivos.
Una vez tuve una profesora de literatura que decía que los libros deberían venderse sólo con el título. Sin poner el autor. Así, decía, se leería más y se curarían todas los traumas y los complejos.
Yo también lo creo. ¿Leyó usted alguno de los libros de viajes de Cela?
Alguno; sí señor.
¿Leyó judíos, moros y cristianos?
No señor. Aún no.
Pues hágalo, se lo recomiendo si es que le gusta a usted el español de Castilla.
¿El español de Castilla?
Sí señor. Hay distintos castellanos. Incluso hay un idioma español, que algunas veces es más auténtico que el propio, en los países iberoamericanos.
¿Y recuerda usted algún pasaje de ese libro que me dice?
Pues sí. Ahora que lo dice usted hay un pasaje en el que Cela utiliza un recurso a través de realizar enumeraciones con la conjunción “y”, previa a cada elemento. Dice así:
Todavía huele, con un olor tenue y nutricio, al alfandoque de queso y anís, y a los sequillos de azúcar, y a la charamusca del caramelo rizado, y al tierno bizcochuelo mamón, y al muérdago que se adorna con miel, y al tímido y dulce besico de monja, y al aleluya con el nombre de la novia pintado con merengue y cabello de ángel…
¡Qué bárbaro! Eso es dominar el idioma y no lo que hacen otros.
Ya lo creo.
Si hasta daban ganas de aletear la naríz para entresacar del viento un matiz de perfume.
Pues sí que dan ganas; si. Pero no crea que es un recurso aromático o descriptivo de una feria o de una actividad cualquiera. Cela era capaz de hacerlo de cualquier situación. En un mercado cualquiera era capaz de describir, con su conjunción favorita, toda la mercadería en un solo párrafo.
Es lunes, y en el mercado de los soportales de la plaza, en medio de un hirviente guirigay, honesto y artesano, se vende y se regatea, y se tasa y se compra el chorizo de Candelario, y el quesillo de la sierra, y la nívea harina del Tremedal, y el fino paño de Béjar, y la abarca pastoril, y el confite, y la vainica por varas, y el borceguí del ganadero pudiente, y la aromática yerba del país –el laurel, la menta, la camomila- al lado de la especie de Ultramar, y el pimentón de la Vera y el vino de Toro, y el corderuelo, y la trucha, y las gallinas en cuartos, y el infalible remedio para la calvicie, y el elixir de la eterna juventud que trajeron los españoles de las difíciles y escondidas fuentes de el Dorado…
Bueno, joven. Que me alegro mucho de ver que, con la que está cayendo, algún español sienta todavía el regustillo por la lengua y la literatura.
Muchas gracias, caballero.
Adiós.
Adiós, buenas tardes.

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