UN HUERTO EN LA CARRETERA DE SOTO

cebollas

En la carretera de Soto, bajo la imponente figura de dos chopos altos como guardiaciviles, un huertecillo ventilado y muy soleado, salvo en uno de sus lados, el que da más al oeste, y que está sombreado por la copa alta de un nogal añoso, entretiene al ferroviario. La tierra está arada en lomos perfectamente trazados. En ellos, clavados como banderillas vegetales, los tiernos ajos y las dulces cebolletas aparecen enhiestas y primorosas. El tibio sol de la primavera cae sobre el huertecillo. Se diría que es el reflejo áureo de la piedra rubia de cantería que inunda todo el pueblo. En el cielo, de un azul purísima, planea la cigüeña que acudió, como cada año, a su cita con la torre del ayuntamiento. Su suave y pausado planear asemeja a una nube rendida en la contemplación de la belleza del huerto frailuno.

Este no es un huerto machadiano en el que madura claro el limonero; no. Tampoco es un huerto con almacería como aquel otro donde don Antonio guardaba las vides de rubios moscateles. El huerto de la carretera de Soto es recoleto y ascético, parco y misantrópico como el hortelano que lo cuida. A la vera del huerto corre un Duero calmo y sereno.

Un Duero que no sabe de barrancas, ni de quebradas, ni de torrenteras. A la vera del huerto corre un Duero gris y sobrio bajo el puente viejo de grisáceos matacanes sobre la líquida extremadura. Las límpidas aguas del río tiemblan al latir de un viento que, de puro frío, corta el aire y que, de puro sano, trae el aroma de las cien hierbas silvestres: el cantueso y el tomillo; las mentas y el romero; el secarral y la pradera; la jara y el enebro…

Sentado junto a la sombra fresca de un membrillo silvestre, el ferroviario saca de su fardelillo una bota de clarete fresco y una tarterilla envuelta en un pañuelo de cuadros atado con cuatro nudos, con una generosa ración de hornazo salmantino. El hornazo es un pan relleno que levanta a los muertos y entierra a los vivos. El hornazo que va a comer el paseante lo trajo Jorge Hernández, de Salamanca, y está hecho, como es de fundamento hacerlo: con jamón, chorizo, salchichón y lomo de cerdo en filetes.

El ferroviario, cuando ha comido su ración de hornazo, sueña con rubias musas en enaguas. Musas saltarinas perseguidas, acosadas por un macho cabrío, cachondo y cauteloso tañedor de lira, que abre la tapa de la cajita de porcelana o madreperla donde guardan el tesoro de las mustias y fúnebres flores y los poemas que leyeron antes de enloquecer. Cuando éstas enmudecen, las abarca y las derrumba y el ferroviario se despierta sin tiempo para ver cómo el sátiro desflora dulcemente y sin violencia a las alocadas musas. Esto del hornazo resulta duro de digerir incluso para un soriano. Se llama paradoja soriana a la ingesta de tocinos, de chorizos, de matanzas diversas, con toda su riqueza de grasas saturadas. La paradoja está en que, pese a esta alimentación, los sorianos llegan todos a centenarios. ¡Cosas veredes, amigo Sancho…!

Desde el huertecillo soleado de la carretera de Soto se ve la torre roqueda de lo que quedó del castillo cidiano. El ferroviario recuerda que, bajo sus pies, retumban los pasos en las tripas de frescos vinos de cien bodegas. El monte entero está horadado y guarda, aquel vinillo que no se sube a la cabeza, al decir de Gaya Nuño.

También se ve, explotar en blancos, en rosados, en rojos colores las flores del almendro, del melocotón, del albérchigo, del pruno, de cien tipos de ciruelos. Aparecen las primeras protuberancias verdeclaras de las cerezas y un aroma fresco y picante que salen de los blancos y morados lilos aromatizan toda la ribera del río.

Bajo el otero rubio del castillo el cementerio espera, sin prisas, la triste nueva de tener que abrir, una vez más, sus tierras para recibir a otro vecino. El paseante, cuando ve un cementerio recuerda siempre aquel otro en el que, con sus acunados versos, Rosalía, la mejor poeta de España cantó aquel verso que siempre que puedo traigo aquí:

O simiterio d’Adina,

n’hay duda quie encantador,

c’os seus olivos escuros

de vella recordaçon…

Antes de retirarse de nuevo a la tranquilidad de la vieja estación, el ferroviario vuelve a mirar el huertecillo, ya en penunbras, y recuerda que, no ha tanto, estaba poblado de blancas coliflores, de verdioscuras berzas, de moradas lombardas, de cardos envueltos en plásticos y atados con un vencejo de plástico negro. Estaba sembrado de aparatosas matas de alcachofa. Hoy, estas brássicas, han dado paso a la esparraguera, al tomate de invernadero y está guardando la vez para sembrar por san Isidro -ese gandúl que rezando, rezando inventó el tractor- tomates, pimientos, guindillas y vainas.

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