LIBORIA PANIEZO MOCHALES. ESPIRITISTA

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Una tarde de aquel mayo del año cincuenta y tres del siglo pasado, un soldado, posiblemente enviado por algún general de la capitanía, salió al cuerpo de guardia y, tras un toque de corneta leyó la orden del día en la que se anunciaba que, de orden de la autoridad competente –militar, por supuesto- se había acabado, oficialmente, el hambre en España.

No sería muy distinto de esto pero, la realidad, la cruda realidad, fue que el hambre siguió haciendo estragos durante más tiempo del que sería deseable. La cartilla de racionamiento desaparició y con ella los artículos a los que daba derecho: 125 gramos de carne, 1/4 litro de aceite, 250 gramos de pan negro, 100 gramos de arroz, 100 gramos de lentejas rancias con gorgojos, un trozo de jabón hecho de sebo y otros artículos de primera necesidad entre los que, curiosamente, se incluía el tabaco. Si se había pertenecido al ejército franquista había que añadir 250 gramos de pan blanco. En paralelo apareció una figura imprescindible: el estraperlista. La milicia, pues, dio paso a la Comisaría de Abastos y a los especuladores.

En ese caldo de hambre y miseria; de delación y miedo creció la Liboria Paniezo Mochales, sin profesión conocida pero con una chispa y una viveza que suplía todo lo que el Derecho le negaba. La Liboria, conocedora de tanto y tanto muerto, de tanto y tanto desaparecido, de tanto y tanto exiliado se buscó las habichuelas con unas supuestas dotes de medium espiritista. Su punto fuerte, aunque no descartaba ningún otro, era la comunicación con los espíritus de los muertos, desaparecidos o exiliados. No hacía ascos a nada.

La gente, que es muy suya, decía que la Liboria había montado un locutorio con el más allá en un sotabanco; un chiscón de zapatero húmedo y apestoso, bajo la escalera en el número 3 de la calle de Castilla donde también vivía. La Liboria hablaba y no paraba del espiritismo y de sus maestros Madame Blavatsky, y don Djwhal Khul, autor de Tratado sobre fuego cósmico.

Una tarde, la Liboria había conseguido juntar una buena cantidad de gentes de distinto pelaje: el sargento Faría, canario de Arguineguín, en Mogán, Canary Island, Spain; Leoncio Tragabuches, alias El tragabuches, de Carrión de los Condes, en la comarca de Tierra de Campos, Palencia, picador de novillos y reses bravas. Filomena Perdiguero, natural de Tudela, viuda (se supone) del Sandalio Losa, manomanista navarro que perteneció a la 1ª Brigada Mixta de Líster y que desapareció en la defensa del Clínico. Laureano Trijueque Santos, zamorano de la comarca de Aliste, pasante en el despacho de don Melchor Brigadier de Campos, abogado del ilustre colegio de Madrid. El señorito Carlos de Mangarrangla-Blasco de Garay, toledano y presunto descendiente del navegante, estudiante de farmacia de 53 años, que no piensa acabar la carrera hasta que su padre se canse de pagarle los gastos y, finalmente, la joven Amelita Torres García, madrileña del barrio de los Cuatro Caminos. Estudió en el colegio nacional Tomás de Zumalacárregui, antes Jaime Vera y aficionada a las poesías. La  señorita  Amelita  coge  puntos  a  las  medias  en  la  mercería  La Progresiva –antes la Progresista, pero que debió de cambiar su nombre por motivos obvios-. El corro era tan amplio que no cabían en el chiscón con lo que tuvieron que cogerse de las manos puestos en pie.

La Liboria carraspeó y pidió silencio. Cerró los ojos y pidió que los presentes hicieran lo mismo. Cuando, al abrir el rabillo del ojo, comprobó que todos habían cumplido sus órdenes, comenzó su letanía. Al terminarla sintió, como una descarga eléctrica. Al principio quedó petrificada por el miedo pero, ya más calmada sintió que no era una descarga eléctrica, sino alguien tocándole las tetas.

La Liboria soltó las manos de sus clientes y, en ese momento, quedó rota la cadena de comunicación con los espíritus convocados. La señorita Amelita rompió a llorar creyendo que el fantasma de su amiga Pilarín podría haber quedado en alguna suerte de purgatorio para espíritus. El sargento Faría, echó mano a la fusca y, de no ser por la Filomena que le dio un grito que le puso firme, se habría liado a tiros con todo lo que se meneaba. El Tragabuches miraba a un lado y a otro y el pasante Laureno y el señorito Carlos se miraban divertidos. La Liboria puso sus manos en jarras –señal inequívoca de que se avecinaba tormenta- y proclamó: Miren ustedes, señores, una es muy señora y muy seria y no está para que le magree las tetas un baboso de mierda ¿entendido? Así que ya puede ir dando un paso al frente el majo que haya abusado de mi confianza.

El Tragabuches se acunó en tablas, como si fuera a citar de largo. El sargento Faría cargo nuevamente la pistola y, dirigiéndose al pasante y al pisaverde les advirtió: Aquí no se juega con la decencia de una mujer española. Ya saben que las españolas cuando besan, besan de una vez y no se andan con frivolidad.

De una vez no, besan de verdad, dijo el señorito Carlos

Besan como se les pone por los cojones ¿entendido, tío mandria? Dijo el sargento sacando su vena cuartelera. Si ustedes fueran unos hombres, como Dios manda, ya se habrían disculpado y habrían ofrecido a su victima una satisfacción. Una boda por la Santa Madre Iglesia y por el Juzgado de paz, como hacen los hombres. Pero claro, ustedes, el uno pasante que no tiene ni oficio ni beneficio y el otro un sansirolé con ínfulas de caballerito de Azcoitia.

¡Oiga!, le dijo el señorito Carlos. No le consiento a usted…

Pero sí que se lo consiente a la señorita Astra ¿verdad? Dijo enseñándole la pistola

Vamos, vamos… caballero.Yo le doy mi palabra de que yo nunca me hubiera atrevido…

A ver si ahora va a resultar que soy yo el culpable, dijo el Laureano, blanco como un folio blanco.

Pues si no ha sido usted habrá sido el fantasma del Jarabo ¡No te digo!

Calma señores, calma. Pidió El Tragabuches. Vamos a ver, Liboria, ¿usted está segura que ha sido algo físico? Quiero decir, si no habrá sido una metedura de mano de un espíritu. Porque quien estaba contactando conmigo era don Gómez, el hijo del Conde de Carrión, que ya sabe usted cómo se las gastaron con las hijas del Cid.

El señorito Carlos pensó que lo mejor sería convocar al espíritu de don Gómez y preguntarle si había sido él o si sabía quien era el que lo había hecho. La Liboria pidió que se cogieran de las manos y, tras realizar el consabido conjuro, llamó a don Gómez quien se presentó hablando en sílabas.

Go-bo-rra-fe-bu-trin…

¡Anda!, dijo la Filomena, si está hablando en asturiano

Calle usted; riñó la Liboria a la Filomena. No vé que se puede romper la cadena de comunicación.

Usted perdone. Es que una es de un burro…

Ya, ya, dijo El Tragabuches. La Filomena dejó espacar una lagrimita y pensó para sí: anda que como te haya oído mi Sandalio, con la mano tan dura y grande que tenía de pegar a la bola, te saca las muelas de un sopapo.

¡Merced, ya rey e señor, por amor de caridad! La rencura mayor non se me puede olvidar oídme toda la cort e pésevos de mio mal, los ifantes de Carrión, que m’ desondraron tan mal.

Alto ahí, dijo la Liboria, ¿Quién es usted? que tan bien sabe recitar el Cantar. Soy Anónimo, el autor. ¡Ah! Usted perdone. ¿Podría avisar a don Rodrigo? Es para ver si nos saca de dudas. No se preocupe, que ahora le llamo. El Cid se presentó y la Liboria le preguntó Mio Cid, vos sabéis –nadie sabía porqué hablaba en voseo- quien fue el que me deshonró sobándome las mamellas.

¡Qué palabra bella!, esa de las mamellas

Dijo el Cid en verso ya que, como todo el mundo puede imaginarse, si es que ha leído el Cantar del Mío Cid, este no está escrito en prosa, sino en verso.

Un olivo silvestres es un acebuche Y el sobón de vuesas domingas, mi señora doña Liboria, ha sido El Tragabuches

¡Quieto todo el mundo!¡Todo el mundo al suelo!, gritó el sargento Faría, sacando la pistola y amenazando al personal.

Anda, se dijo Anónimo, el escritor. Esas palabras las escuché yo en algún sitio del futuro. ¿Dónde sería?

Quien iba a ser, si no, dijo el sargento. Los espíritus no suelen ser sobones, sino respetuosos y puntales, como los sorianos. Las reverberaciones del más allá no precisan Viagras, sino calor del brasero bajo la camilla, que el más allá es humiento y nubloso como el último acto del Tenorio.

Ante la expectación levantada en el chiscón por los del más allá y los del más acá, el picador de novillos y reses bravas Leoncio Tragabuches, de Tierra de Campos, en Palencia se levantó. Estaba pálido y demudado pero con la suficiente valentía torera como para hablar con voz clara y alta.

Me declaro culpable, señoras y señores presentes y espíritus y pido perdón a todos por el desliz. Me confieso un rijoso y un sobón y, aunque las piezas bien merecían el riesgo de la pillada no existe perdón para tal acción. Tengan piedad de un pobre barilarguero arrepentido y avergonzado. Ofrezco a la señora Liboria la reparación de las nupcias. Y a todos ustedes señoras y señores presentes y convocados les brindo mis energías, tanto corpóreas como anímicas y al ágape posterior a los desposorios que se celebrará en los salones Angulo, calle de Almansa, 70.

¡Viva la gente de rumbo! Gritó el señorito Carlos. Yo me pido el primer baile con la señorita Amelita, quien se puso roja como un tomate.

Por Dios, don Carlos, que una es muy decente…

Su antropónimo, amigo Leoncio, no le hace justicia. Usted más que Leoncio debería llamarse Tocón, como los pies talados de los chopos, le dijo el Laureano Trijueque. Pero su rectificación y su reparación le honra. Cuente conmigo como padrino y, si me lo permite, con doña Filomena como madrina.

Como de una nube imaginaria y como si se tratara de un rayo un bofetón se estrelló contra el rostro del pasante. Sobre su inflamado carrillo derecho cuatro dedos que parecían cuatro espárragos cojonudos de Tudela quedaron grabados a fuego. Al abrir la boca seis dientes y dos muelas cayeron al suelo. ¡Ese es mi Sandalio!, dijo para sí, sonriente, la Filomena.

La boda, como ocurre siempre, estuvo muy animada. El ágape fue de rumbo, efectivamente: entremeses fríos y calientes (jamón dulce y serrano, galantina de pollo, chorizo de Pamplona y salchichón imperial. Calamares fritos, croquetas y gambas a la gabardina). Consomé de ave y carne asada a la jardinera. De postre tarta nupcial y helado de dos gustos. Café, que resultó un recuelo bastante malo y una copa de Licor 43. El padrino repartió unos cigarros hechos con picadura de farias y tagarninas recogidas en el metro y lavadas tan bien que hasta parecían compradas en el estanco.

Y así fue como se celebró esta boda que, como todas, aunque sin campanas, empezó con toques y acabó resultando que fueron felices y, cuando de verdad acabó el hambre, comieron perdices.

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