SAN JORGE Y EL DRAGÓN

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Mañana, 23 de abril, se celebra el Día de San Jorge. El día de san Jorge y el dragón. San Jorge es patrón de Aragón, y de su ciudad más poblada, Barcelona. San Jorge, como todo el mundo sabe, trabajaba embolsando melocotones en su pueblo, Calanda, cuando una plaga de bichos llamados drakon y a los que en Aragón pusieron por mal nombre, dragones infestó toda la zona. San Jorge, cuyo nombre de paisano era Tolentino Espallargas Escriche se colgó una mochila a la espalda y fumigó todos los melocotoneros menos uno, el más próximo a un manadero donde almorzaba. En ese melocotonero que no se fumigó se quedó a vivir Damián, el dragón de Calanda que luego ya le acompañaría de por vida.
El Tolentino, o sea, el san Jorge era hijo de Geroncio, chusquero de clases pasivas del ejército de Roma y cabo furriel en la compañía de Sila Lucio Cornelio, y de su madre a la que llamaban Policromía porque tenía coloretes, como Heidi, y algo de barba, como los melocotones. La Policromía era algo beata y le enseñó al san Jorge los fundamentos de la religión y su amor por el dragón y otros animales menos aéreos y volátiles. Hizo la mili en Capadocia, donde llego a tribuno y comes, que era algo así como recaudador y cabo de cocina. Sirvió, como José María Aldea y otros lerdos como yo mismo, al emperador Galerio, que era de Sodupe y vestía túnica magenta.
Al pobre Jorge le acachinaron el Diocleciano y otras bestias que intentaron convencerle de que dejara el cristianismo y se hiciera del Barça. Como buen maño era terco y se negó, porque era muy del Ligallo. Por cabezón, dicen que dijo el Diocleciano, te vamos a cortar el pescuezo. Dicho y hecho. Toda esta historia la relató un tal Adomnanus, abad irlandés de la abadía de la isla de Iona y por el obispo galo Arkulf. Este, claro, la escribió en francés y lo tradujo Isabel Sanz.
Los moros, que son como catalanes pero en moreno, también querían apropiarse del santo y, a través del sincretismo religioso y cultural con el profeta Elías, el predicador judío samaritano Phineas y el santo moro al-Hadr, alias el verde, que en moruno se dice hadir formaron una figura religiosa que aún se sigue venerando y que se corresponde con un santo que se parece al Tolentino cuando aún cogía melocotones y el dragón se parece a una culebra con alas.
En la azora 18, Surat al-kahf, cuentan la leyenda de que el Tolentino, o sea, san Jorge a caballo vence a un dragón. No es cierto. Lo que parece un caballo era, en realidad, un mulo capado que se movía más que la mano de un novio, y lo que parece una coraza era, en realidad, la mochila del herbicida.
La leyenda ocitana medieval comienza con un dragón que hace un nido en la fuente que provee de agua a una ciudad –el manadero antedicho-. Como consecuencia, los ciudadanos debían apartar diariamente el dragón de la fuente para conseguir agua. Así que ofrecían diariamente un sacrificio. El paganini se decidía al azar entre los habitantes. Un día resultó seleccionada la princesa local. De aquí surgió la historia, no probada, de la boda de san Jorge y la princesa Sabra que pintó Rossetti. En realidad el rey de Aragón, un día que fue a Calanda a comprar melocotones para conservarlos en vino con canela, pidió ayuda por la vida de su hija que tenía algo de colesterol del malo y que, como aún no había sacado Danone lo del Danacol, pues ya se sabe. Cuando estaba a punto de desmayarse la princesa, el padre pensó que la iba a devorar el dragón. Entonces aparece Jorge, o sea el Tolentino, que venía de refrescar una botella de Cariñena en el manadero y se mosqueó con el dragón, pero no lo mata. Simula que salva a la princesa, que le pide que le regale el dragón para que cuide de un chalé que se estaba haciendo en La Muela y que, como hace mucho viento, se llevaba los perros y la dejaban sin defensa del chalet. San Jorge, o sea, el Tolentino le dice que los perros y las estilográficas no se ceden. El padre, agradecido, fue y le ofreció la mano de la princesa.
¡Hala vete pa’Alpedrete!, dijo el Tolentino, que iba para santo, martir y virgen.
La historia, antiguamente considerada verdadera, ha sido negada recientemente. ¡Vaya usted a saber!. Por otra parte, pocos dudan de que contenga un rico simbolismo religioso, para el que se han propuesto diversas interpretaciones.
En 1096, las huestes del rey Sancho Ramírez de Aragón asediaban la ciudad de Alcoraz, cerca de Huesca. Se dice asediaban y era porque los mataban de sed. Tras recibir ayuda desde Zaragoza, los asediados consiguen matar al rey, pero ganan la batalla de Alcoraz -según la tradición- gracias a la aparición de San Jorge tirando melocotones a la cabeza de los malos. Posteriormente el rey Pedro One conquista Huesca tras invocar la ayuda del santo. Cuenta la leyenda que el mismo día estuvo ayudando a los cruzados mágicos, que eran unos soldados que llevaban sostén, en Antioquía, y que en un momento de la batalla, subió a la grupa de su caballo a un caballero teutón (de ahí lo del sostén) descabalgado; más tarde, ese mismo caballero se vio envuelto en la batalla de Alcoraz.
Sobre todo a partir del siglo XIII surgen numerosas leyendas y apariciones en el reino. Que si Jaime el Conquistador, que era muy ligón y algo putañero, cuenta que en la conquista de Valencia se le apareció el santo; que si luego en Mallorca. Hasta en Capadocia, dice que se dedicaba a castrar moros. ¡Ya ven!. Cosas del Sálvame de aquellos tiempos. El caso es que, como el Tolentino no paraba de ganar batallas hasta en Navarra van y lo nombran patrón del Reino y de la Diputación por intercesión de Marian Yerro. El caso es que todos los reinos y hasta condados se lo querían apropiar.
La cruz de san Jorge, aquella que le bordó su madre, la Policromía, para tapar un roto que tenía en la saya, y las barras de la Corona Aragonesa forman la bandera del pueblo de Barcelona, ese del que tan orgullosos están en el Reino de Aragón. El caso es que, ahora, el insigne historiador –de histérico- Arturo “Rostroduro” Mas quiere situar al dragón en la Isla Dragonera y que, como parte de los Països Catalans, se adjudica. Nada más alejado. Dragón es palabra que proviene del aragonés del Javalambre y significa D’Aragón, o sea, de Aragón.
El Tolentino, ya san Jorge, fue canonizado por el papa Gelasio, que fabricaba helados en una gelatería del Vaticano que se llamó Arnoldo y que luego llevo, ya en plan franquicia, a San Sebastián, o Donostia que tanto monta.
En su último viaje, antes de perder la cabeza, el Tolentino marchó a Asturias, a salvar a la princesa Parga de un gaiteru falso que quería convertirla en andarica. San Jorge, a través de una batalla épica logró vencer al gaitero cuélebre. La gente, al ver al bicho ensartado llamaron al Toletinto: “Xurde matagaiterus”.
Finalmente, el Tolentino, fue nombrado patrono de la ciudad salteña de Pichanal, lo que no acabó de gustarle por aquello del nombre y su posterior gentilicio y también del arma de caballería argentino. No se mostró muy conforme pues decía que los argentinos eran algo marisabidillos y muy pesados.
¡Ya ve usted, don Dimas!
Eso digo yo, ¡cómo se le ocurriría al Tolentino pensar eso de un argentino!

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