MUCIO BARRIUSO VILLULLAS, FAQUIR PALENTINO.

FAQUIR

El Mucio Barriuso Villullas, vecino algo tarambana y natural de la localidad palentina de Villaviudas, en la comarca del Cerrato, partido judicial de Baltanás en Castilla y León, Spain, rezaba al santo Cristo de los Milagros y a Nuestra Señora de la Asunción y bailaba a san Juan, por junio.

El Mucio Barriuso Villullas era desnudista y hacía gimnasia sueca, según el folleto del inventor de la misma, el medico y profesor de esgrima, Pier Henrich Ling, junto a la fuente del Ecce Homo, los días de labor y los festivos en las de El Tojanco y La Cavanilla.

Villaviudas es pueblo de muchas aguas. De no haberse llamado Villaviudas bien podría haberse llamado Hontanares de Cerrato, que sería mucho más enciclopédico y húmedo. ¿verdad, don Dimas? Ya lo creo, don Matías. Pues el Mucio Barriuso Villullas, además de ser desnudista y gimnasta sueco también era, algo faquir. En las fiestas de La Tragantona del año en que comenzó el bloqueo de Berlín -el primero, no el del año 58 del siglo pasado-. Ese día, decía, el Mucio Barriuso Villullas se presentó en la feria de Baltanás, que se celebra el día de Difuntos y, como quien no quiere la cosa, se mandó enterrar desnudo, dentro de una zanja, con más de doscientas botellas de vino hechas añicos en su interior. Se mandó enterrar, decía y, sin dejarle ni una mala caña para respirar, se subieron encima más de doscientos mozos y un par de mulas que, para hacer fuerza, saltaban sobre la zanja.

¿Y sobrevivió?

Pues sí; gracias a la Guardia Civil quien, girando los mosquetones, los emplearon como bate de baseball para espantar a los mozos. ¡Dios, cómo zurraban la badana los picoletos!

¿Y el Mucio?

El Mucio fue desenterrado y recuperado tras darle a oler una sardina arenque algo pasada, ya que no había sales, y darle a beber media arroba de vino del terruño. El Mucio, muy en su papel, se sacudió la arena pegajosa que le cubría piernas y brazos y, cubierto con el tabardo del cabo Legarda, fue trasladado al calabozo donde durmió más de tres días y sus noches como quien no quiere la cosa.

El caso es que se hizo muy famoso en la zona y anunciaba sus actuaciones como Mucio, El faquir palentino. En el circo París&Velocity Trouppe conoció a la Tomasa Chinarro Adobes, natural de Mases y Tamboril, provincia de Teruel. La Tomasa trabajaba en el circo como chica bala y, era despedida, por un cañón al que llamaban El gran Bertha y que, se parecía al alemán, como un huevo a una castaña. Y no me diga más, don Dimas… la mujer es fuego, el hombre estopa…

Calle, calle. No me fastidie usted el relato

Usted perdone. Siga, por favor.

Gracias.

El caso es que El Mucio se tumbaba sobre un somier lleno de pinchos y a la Tomasa la lanzaba el cañoncito sobre el cuerpo del faquir. Se desconoce aquí, si por el roce o por la aparición del arquero alado al que dicen Cupido, el caso es que el Mucio se arrancó y la Tomasa no pudo decir más que aquello tan manido de “sí, quiero”. Fijaron la boda para el día de san Pedro Advíncula, patrón de Villamedianilla que, para quien lo desconozca, se celebra el día primero de agosto. Como el pueblo no tenía juez de paz se casaron en Fromista. Allí se desplazaron los novios quienes se presentaron ante el señor juez de paz, el concejal de festejos –dado que eran gentes de circo- y la pareja de la guardia civil. El alcalde se disculpó pues estaba en Langa de Duero para la toma de posesión del alcalde Constantino, el Grande, o sea el hijo, que ya, por aquellos entonces llevaba ocho legislaturas y otras dos en Atapuerca.

El salón de actos estaba lleno, no siempre, en estos pueblos, se casan dos cómicos. Los muchachos correteaban por el salón de actos dándose collejas; algunas niñas saltaban a la comba y otras, las menos, se enredaban las canillas en una goma que sujetaban otras dos crías. El secretario había dispuesto que el Isacio, el de las tainas, tocara el bombardino y el Silvino tocara el acordeón. A una señal del alguacil tocaron Las bodas de Luis Alonso, que era lo más parecido que se sabían a la marcha nupcial de Mendelssohn. Los presentes rompieron a aplaudir y, del despacho del señor alcalde, salieron los dos novios tal y como los trajo Dios al mundo: en pelota picada. Ni un mal taparrabos, ni tan siquiera una hoja de parra para vestir de Eva, no; el pelota ambos.

¡Aquello sería Troya! ¿verdad don Dimas?

Y tanto.

El caso es que el concejal de cultura, que llevaba en la mano la vara municipal en ausencia del señor alcalde, se lió a varetazos con los mozos que habían cogido al Mucio y lo llevaban a echar al Pisuerga, río que como quien no quiere la cosa, pasa por Valladolid. Pues intentaron echarlo al río mientras la viuda interruptus se deshacía en un mar de lágrimas.

¡Ay, mi Mucio! Que me lo desgracian… No lo echéis al río, que no sabe nadar… Enterradlo… que de allí se escapa; gritaba la pobre.

Los guardias, finalmente, consiguieron dominar la situación y dieron con ambos contrayentes en el calabozo.

Cada uno en un calabozo, naturalmente, que en Frómista somos muy de san Martín y aquí no queremos espectáculos promos.

Porno, mi cabo. No promo.

Usted se calla, libertino, le dijo el cabo al número. Que se sabe todas las marranadas.

El faquir palentino, Mucio Barriuso Villullas murió, fatalmente, cuando intentó escapar del calabozo metiendo la cabeza entre dos barrotes. La Tomasa, allí mismo, descubrió que el Mucio no tenía, como siempre decía, el cuerpo sin huesos, como los limacos. Cuando a la mañana siguiente el guardia civil fue a darles el almuerzo se encontró al Mucio desnucado y a la Tomasa echa un mar de lágrimas.

Ni viuda soy, que no pude consumir el matrimonio. ¡Ay de mi! Gritaba. Ni viuda soy, lloraba desconsolada.

Será consumar, señora, le decía el número que era un tiquismiquis con eso de la lengua.

Y eso además… Sin consumir y sin consumar. ¡Ay de mi!

Monsieur Vaudevil, el propietario del circo y los hermanos Les Colporteurs, funanbulistas de Arcachon se llevaron, a hombros, el feretro del faquir y enterraron sus despojos junto al lagar de Carrodueñas, donde se producía el mejor clarete de la zona. La Tomasa, al ver el dispendio y el detalle de Monsieur Vaudevil, con su casi marido se sintió feliz pero muy sola. En un descuido se tiró al Canal de Castilla, con tan mala suerte que, en lugar de caer al agua lo hizo en el camino de sirga y se metió una costalada de órdago. La escayolaron la cadera y un muslo, el derecho, que era el que más lucía en el espectáculo, por lo que tuvo que tomar la baja.

Una tarde, mientras caía el sol tras el cerro del Piélago, allí donde el majuelo de Valdemadera pinta de tintas las uvas, el circo se marchó dejando a la Tomasa abrazada a la tumba del Mucio. La pobre enloqueció esperando, que una vez más, el Mucio, El famoso faquir palentino, resucitara y se casara, por fin, aunque tuvieran que hacerlo vestidos de etiqueta.

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