EL EXTRAÑO CASO DEL SECUESTRO DEL ESPIRIDIÓN

 heliotropo

El Espiridión Rijo salía todas las mañanas en busca de la aromática flor del heliotropo de olor a canela, que en España (siempre tan románticos) llamamos rabo de alacrán o planta verruguera. El Espiridión, que era muy de sufrir vahídos y otros dengues apreciaba una cualidad entre inocente y melancólica que fascinaba a los tontos de pueblos en la época victoriana: el heliotropo era una planta frágil y cálida, algo entre intensa y delicada. Fina y con una suavidad acaramelada, la fragancia, ligeramente almendrada y frutal, con notas de cereza y regaliz todo envuelto con una profunda nota balsámica y una faceta floral aérea que recordaba a la mimosa y a la violeta.

Al Espiridión Rijo, tonto de pueblo y medio botánico, la flor que más le gustaba, por encima de todas, era el primaveral y amarillo jaramago, la explosiva buganvilla y la sutil jacaranda. Al tonto de pueblo Espiridión Rijo le importaba una higa si era primavera y si salían o no los jaramagos o las buganvillas. Él iba, cada madrugada, a la fuente de la Huída en busca del jaramago, del heliotropo y la jacaranda. Al Espiridión Rijo le gustaba, cuando regresaba a su casa, dejar un ramito de manzanillas (que no margaritas) en la puerta de la Quiteria la Tostá, reparadora de hímenes en sobreuso y otras ciencias difusas, de la que estaba perdidamente enamorado.

En su pueblo, Rodrigatos de la Obispalía, a mitad de recorrido entre la Astorga de los maragatos y el berciano Bembibre, lo que verdaderamente se da es la lenteja pardina, la alubia de riñón y la de color canela de La Bañeza y el maíz forrajero. También se pesca la rana de ternes y blancas ancas, pero eso al Espiridión Rijo no le hacía gracia. Tampoco nadie le supo ni le quiso enseñar; ni tan siquiera la Quiteria la Tostá, por quien tanto amor siempre guardó.

Aquella mañana, en la víspera de san Fructuoso y el mismo día en que a la Harriet Quimby, intrépida aviadora norteamericana, se le quedó estrecho el Canal de la Mancha, el Espiridión Rijo se frenó en seco y quedó más alelado de lo que estuvo nunca. A sus pies, en la anteiglesia de santa Bernardita, un cadáver delgadito y casi sin carnes se le quedó mirando con cara de pena y sorpresa. El Espiridión Rijo, haciendo gala de un valor que no conocía, movió el cuerpecito del finado con la punta de la bota. El muerto no se quejó -¡faltaría más!- pero de su cuerpo salió un ruido como de una tronzadura. Un crac que encogía le ombligo al más pintado. El Espiridión Rijo salió por piernas y, sin parar ni en la puerta de la Quiteria para dejar su manojito de albas y amarillas flores de la manzanilla, llegó hasta su casa y se metió en la cama con calzado y todo.

A media mañana las campanas tocaban arrebato y todo el pueblo se reunió, como era preceptivo tras el toque, en la plaza del ayuntamiento. El Espiridión se escondía tras las piernas de su padre. En el suelo de la anteiglesia seguía el cuerpecillo sin vida de aquel extraño. La gente se arremolinaba y algunos, los más insensatos, gastaban bromas con las menguadas carnes del difunto.

Este no soplaba la cuchara desde la Vicalvarada, decía el Efrén

¡Nada de eso!, decía el Nemesio, a este le tenía traspasadito la novia. ¡No hay más que verlo!

El señor alcalde había dispuesto un cordón de seguridad para que los vecinos no pisaran el escenario del crimen. El señor alcalde no se perdía un solo capítulo de Ley y Orden y estaba al tanto de lo que había que hacer en un caso similar.

Que nadie toque nada. Hasta que no venga el señor juez no se puede uno acercar para evitar que se contaminen las pruebas.

¿Y cómo sabes tú que ha sido un crimen? Igual se ha dejado morir de hambre. No hay más que ver las pocas carnes que tiene.

Cuando llegó el señor juez tuvieron que hacer la autopsia con la carne de unas albóndigas que acercó la Ramona, por la poca carne que tenía el cadáver.

¿Y qué resultados presentó la autopsia, don Dimas?

Pues un 60% de carne de vacuno, un 30% de carne de porcino y un 10% de materia indefinida y hidróxido de amoniaco para lavar la carne. Por materia indefinida hubo que entender carne humana de un varón, de raza blanca, 60 años de edad, moreno y tartamudo.

¿Tartamudo?

Eso dijo el veterinario, que fue quien hizo la autopsia.

¿Pero en su pueblo no hace la autopsia el forense?

Es que no hay forense. El más cercano está en Galicia y como es otra comunidad autónoma no tiene jurisdicción en El Bierzo.

Claro, claro…

El Espiridión Rijo salió a la mañana siguiente en busca de la aromática flor del heliotropo y las flores de manzanilla de la Quiteria. Al llegar al río se sentó sobre un tocón de chopo blanco. El chopo blanco es mucho más suave que el fresno o el desmayo; ¡dónde va a parar! y es menos agresivo con las almorranas. El Espiridión miró para el grisáceo discurrir de las aguas. El río, espejo de chopos y alcotanes, se amansaba al besar la verde pradera de la orilla. La hierba verdiamarilla, con su aroma de húmedo anís, se aromaba con el cantueso, con la mejorana, la salvia y el tomillo limón. Se adornaba con el lirio de agua, con la malvarreal enhiesta y algo presumida y el juncal junco de agua. El Espiridión no podía quitarse de la cabeza la visión del cadáver del hombre delgado. El triste soniquete de un cencerro le despertó. En la orilla una vaca aún joven, quizás una ternera, bebía ávida mientras, con el ojo derecho, vigilaba la presencia del Espiridión. A este le vino a las mientes aquella canción del soldado de la zarzuela La Bejarana, que cantaba su abuelo:

Bejarana, no me llores

porque me voy a la guerra.

Ya vendrán tiempos mejores

en que cuides la becerra

mientras yo riego la tierra

para que tú tengas flores.

¡Anda!, pensó, mira que si me cantara eso a mi la Quiteria…

Unas voces despertaron al Espiridión de sus ensoñaciones. Un grupo de vecinos venían, desde el pueblo, con rumbo hacia el río. El Espiridión se ocultó tras unos lirios que había tras uno alisio. Eran mozos que cantaban y reían mientras apretaban la bota de vino por encima de sus cabezas. También un par de mozas, entre las que descubrió a la Quiteria, acompañaban al cortejo. El Renco, un cojo medio ciclán, daba risotadas y palmoteaba la palma de su mano sobre su pantorrilla. En un momento dado sacaron del bolsillo una cajita de fósforos y arrojaron sobre las aguas del río una pequeña porción de polvo, de las cenizas del muerto, ¡vamos!. El hijo de don Ramón, el maestro, que era el más ilustrado, recitó un pasaje de El huesped, de Gabriela Mistral:

Parta mañana sin nombre de oficio,

de patria, y puerto,

tarareando el mismo aire,

y dueño de su secreto

desdeñador de las bocas

que para ofrecer la leche

el pan sobrado,

el café denso,

le cobran el Dios, la sangre…

Y arrojaron sobre las frías aguas del río las cenizas del difunto.

¡Qué horror!, pensó el Espiridión, primero te mueres en la calle, como un perro, y luego te echan al río, para que te coman los barbos y las bogas.

¡Qué cantos son esos para un funeral!, gritó una voz desde la chopera. Los hombres callaron en sus cantos y sus gritos. ¡Qué hereje canción es esa para arrojar las cenizas de un difunto! Volvió a gritar la voz desde el interior de la chopera.

Ven aquí, le contestó el Renco, y te lo diremos a la cara, valiente, le retó

De la fila central de la chopera salió un hombre viejo. Enjuto, casi traspasado su cuerpo por la falta de carnes.

Espérame ahí, galán, y veamos si eres tan valiente cuando te alcance…

El Renco, la Quiteria y el resto de vecinos quedaron de una pieza al ver, saliendo de entre los chopos, al mismísimo difunto que acababan de arrojar hecho ya cenizas, pero redivivo.

¡Ha resucitado!, gritaron los unos

Esperadme y veréis, dijo la aparición

No hizo falta orden; todos a una, salvo el Espiridión, salieron por piernas.

Corred, corred… este es el fantasma del muerto que se ha molestado por nuestros cantos.

Cuando el presunto fantasma llegó a la altura del Espiridión este estaba como en trance. El aparecido se dirigió a él y le dijo:

No temas. No voy a hacerte daño. Ya sé que piensas, como aquellos gamberros, que soy el fantasma del cadáver que encontraste ayer, pero no es así. Yo soy, tan solo, su hermano gemelo. Por eso os confundís al verme.

El Espiridión le rogó que no se presentara en el pueblo.

No sabe de qué son capaces. Estos le tiran a usted al río y luego, ya sabe, ¡Fuenteovejuna, señor!. No es la primera vez que ha ocurrido.

Pero eso es un sinsentido…

Y tanto, señor. Y tanto. Mireme a mí que, como me gusta la botánica me tratan de tonto y se burlan de mi.

Yo voy camino de Cariño, en La Coruña, donde me espera una buena botella de Abadía de San Campio y una fuente de negros y ricos percebes del Cabo Ortegal. Si tu quieres, mis amigos, que son seguidores de San Xiao do Trebo, nos darán alojamiento en su molino.

El Espiridión, dejó sobre el tocón del chopo su manojo de manzanillas y se marchó con su nuevo amigo en dirección a La Coruña. Al llegar la noche, los padres del Espiridión, acompañado de los mozos del pueblo, armados de bieldas, palos y azadas y junto a la pareja de la guardia civil peinaron la chopera durante toda la noche. A la mañana siguiente los buzos de la Benemerita y algunos vecinos buscaron en el río sin encontrar el cuerpo del desdichado. La Quiteria, al encontrar el manojito de manzanillas, comprendió quién era aquel que, como la cantó Cecilia, le mandaba un ramito de manzanillas. Echó un par de lagrimitas que se secó con la punta del mandil mientras se marchaba.

Sobre Rodrigatos de la Obispalía, a mitad de recorrido entre la Astorga de los maragatos y el berciano Bembibre, cayó la leyenda del secuestro de un inocente a manos de un resucitado que, en realidad, era un marciano. Todas las noches, cuando Venus aparece junto a la luna los vecinos se juntan en la plaza por ver si descubren la nave que se llevó al Espiridión. El Renco, aquel cojo ciclán que tan valentón resultaba en la larga distancia, hizo un chiste en el cual se decía que hasta el marte hay maragatos.

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