NUBES Y CLAROS

mariano

Don Mariano Medina, el rey del refrán (conocía centenares de ellos sobre la agricultura, la ganadería y el tiempo); su hermano, el serio Fernando, destinado en el aeropuerto de Villafría, allá donde Pilar M. Sancho enseñorea; Pilar Sanjurjo, la primera mujer del tiempo y el entrañable Eugenio Martín Rubio, quien perdió el bigote en una apuesta tras proclamar a la audiencia: “Si nieva en Moscú, y el avión de Nueva York-Madrid tarda menos de seis horas en el trayecto, al día siguiente lloverá. Como esto ha pasado hoy, mañana lloverá y estoy tan seguro que de no ser así mañana me afeito el bigote”. Al día siguiente, como no podía ser de otra forma no llovió y apareció rasurado y sin hacer mención alguna del bigote. Eso sí, fue aparecer en el televisor afeitado y estar lloviendo un mes seguido, estos cuatro precursores, decía, de la meteorología televisiva informaban con datos que les facilitaban los militares del ejército del aire, el instituto Torres Quevedo y los pilotos de Iberia. Luego, ellos, interpretaban y sacaban adelante la predicción, con un pizarrín y una tiza en los mapas del tiempo que ellos mismos dibujaban.

fernando

Don Mariano, que tenía una generosa cabeza, ocupaba la totalidad de la imagen y, tras él, se adivinaba, más que se veía la creación del anticilón de las Azores, las bajas presiones en Islandia, la marejadilla del Cantábrico y los chubascos en la zona norte y noroeste. Con esos cuatro términos era suficiente. El resto era repartir soles como huevos fritos por el resto del mapa.

eugenio martín rubio

Yo sé que este post va a molestar, considerablemente, al capitán Aldea que es un estudioso de cirros, cúmulos y estratos; de anticiclones, borrascas y churrascos (¿o son chubascos?); de mistrales, tramontanas, cierzos y otros lebeches, pero es que desconozco completamente los arcanos de la astronomía y de sus cuevas secretas, los observatorios meteorológicos, porque que yo siempre he creído que la predicción del tiempo, como la de la bolsa, se debe hacer a toro pasado para no equivocarse.

A don Dimas y a don Matías les pasa otro tanto. Ellos piensan que existe un parentesco cercano entre la meteorología, la astronomía, la numismática, el vegetarianismo, la filatelia, la cartomancia, el cuaquerismo, los boy-scouts y la UPyD. En cualquier caso existe una relación de sometimiento a un ser ignoto, superior y caprichoso sin más base científica que el “porque yo lo valgo“, disimulado por unos patrones matemáticos ya pasados y que la ciencia dice que se repiten.

Uno piensa en un hombre del tiempo y se imagina un mago, viejo y albibarbo, vestido de camisón estrellado y con un cucurucho en la cabeza, como un penitente sevillano en Semana Santa y con una varita de director de orquesta para dirigir los truenos, los rayos y las centellas. Por eso el televisor, que es un invento de gentes listas y avisadas, nada más darse cuenta de que los ciudadanos habrían pillado el truco cambiaron al viejo hombre del tiempo por garridas y curvilíneas mozas del tiempo.

¡Ah! aquella Minerva Piquero que nos tenía pendientes siempre de Alicante, porque caía, sobre poco más o menos, por la popa de la locutora. ¡No sea usted así, don Dimas! Eso y aquella otra de la gimnasia; ¿no se acuerda? Si, hombre, aquella Eva Nasarre, que se agachaba (y uno, y dos…) y nos tenía a todo el Centro de Día pendientes de la zona sur… ¡La de lumbagos que produjo la Nasarre!

minerva

Venga, que hay niños, don Dimas…

Usted perdone.

Pues no, don Matías. Los hombres del tiempo no son magos así vestidos; no. Son personas normales, a los que les pone el puntito Choni de la Valenciano, que les gusta el Atleti de Madrid y exigen la tapa cuando toman el vermú. ¿Quien lo diría, verdad? Todo el día hablando como si de una ciencia infusa se tratara y luego son de lo más normal.

Dígamelo a mi, que tras estudiar a Kierkegaard, a Kepler y a Copérnico me metí de hoz y coz en la obra magna de don Mariano del Castillo, el Calendario Zaragozano, ese manual que te dice si las nubes, antes de decidirse a tronar, a llover o a estarse quietecitas, como en el dibujo de los Simpson’s, en lugar de hablar de marejadillas, de altas y baja presiones, de ciclones o anticiclones he conseguido concluir que, por san José suele llover y joder las fallas a los valencianos; que por san Silvestre nieva y hace un frío del carajo, pese a lo cual ganan la carrera vallecana los negrito que se traen de Kenia y que por la Paloma y san Lorenzo cae plomo fundido del cielo. Una calor que lo único que apetece es el botijo y la fresca con la silla de enea en la puerta. Don Mariano, en su calendario, confinó en letra de molde aquello que la gente sabe pero que, ¡vaya usted a saber por qué extraño mecanismo! esa gente, digo, necesita ver impreso aquello que ya sabe.

Es como lo del periódico; que todos, al comprarlo, lo primero que miramos es la fecha del día, como si no supiéramos, al cogerlo, que es martes, día 8 de abril. Ha pasado un trimestre ya, de este año del centenario de la de san Quintín en Europa y, como muy bien previó don Mariano, el del Zaragozano, y nos cuentan en el Telediario los meteorólogos, ha hecho frío en enero y febrero, en marzo se ha dado el curioso caso de que ha sido muy ventoso y, esta primera semana de abril, ha sido lluviosa y soleada. Vamos que si no nos dicen nada en contra en mayo hará un tiempo florido y hermoso. ¿Que no es así….? pues nada, decimos aquello de que mayo marcea porque en marzo mayeó y nos quedamos tan anchos. Las cabañuelas nos dicen que el tiempo de los meses viene marcado -día a mes- por el tiempo que haya hecho en los doce primeros días del agosto anterior; pero como de esa temperatura ya no nos acordamos, preferimos mirar cada día el tiempo en el televisor, ya que ellos, que lo hacen con un patrón matemático miran también lo que hizo en el tiempo pretérito.

Usted cree, don Dimas, que las cabañuelas son menos ciertas que la predicción del servicio meteorológico? Pues no sabría decirle a usted, don Matías. A mí entre la marejadilla, la cabañuela y el coñazo del tiempo en televisión, y a todas las horas, solo me queda escuchar a todos y pensar, como hago siempre, que lo que es seguro es que habrá nubes y claros…

¡Nos ha jodío! así ya se podrá…

Mire usted, don Matías. Católico viene del griego Katholikós, de kató, sentido de la comprensión y holas, todo; universal, común a todos. Pues bien, España, país católico, mal que le pese a la urraca magenta, y amante de su himno al consagrar, comprende todo salvo la meteorología y su estudio, y el gobierno, que lo sabe, para evitar accidentes y atascos en Semana Santa, siempre da lluvias, chubascos, tormentas y ventarreras y, al final, como el servicio meteorológico, el gobierno tienen menos crédito que Esperanza Aguirre al volante, los españoles nos tiramos a la playa, al monte, a la carretera en suma y, unas veces nos mojamos y otras no. Ya sabe usted, nubes y claros.

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