DE CERILLAS, AVENA Y TORRENILLOS

CERILLAS

Hoy es uno de los días más importantes en la Historia de la raza humana. No por que haya ocurrido nada del otro jueves; no. Es que hoy hace años, concretamente, ciento ochenta y ocho años, que don John Walker, natural de la ciudad inglesa de Stock-ton-on-Tees, inventó la cerilla.

¡Ahí lo tiene usted!, con un par.

El John Walker que era químico y farmacéutico inventó de forma accidental, como ocurre casi siempre, la cerilla al friccionar un trozo de clorato de potasio y sulfuto de antimonio.

¿A que no tiene usted cojones de rascar este cacho de potasio, Mr. Walker?, dicen que le dijo el Obdulio Michavilla, natural de Candilecha, provincia de Soria, que trabajaba en la rebotica de John Walker como pinche.

¿A que no se atreve, tío boticario?, le retaba también la Cipriana Bovedilla de Michavilla, esposa del Obdulio y también soriana, aunque ella de Sauquillo de Boñices.

¿Que no?, dijo el boticario. ¡Dejadme solo!, ordenó en un lance muy torero y, ¡zas!, como quien no quiere la cosa rascó el potasio y una luz cegadora y cálida apareció entre sus dedos.

¡Hostia, Pedrín!, dicen que dijo el Michael Faraday, un físico y químico que se pasaba las horas muertas con el electromagnetismo y la electroquímica.

¡Pero qué has hecho, boticario!

Nada, que he rascao un cacho de potasio y no veas el chispazo que ha soltado

Ya lo he visto. No seas membrillo y patentalo. Con eso te puedes sacar una pasta. ¡Anda!

¿Y para qué quiere la humanidad este invento?

Pues ni puñetera idea, pero ahí tienes al Will Keith Kellogg, que nacerá un día como el de hoy en las colonias y que va a inventar un desayuno a base de avena y lo primero que hará es crear una empresa a la que ha llamará Battle Creek Toasted Corn Flake Company.

¿Y tu crees que existiendo los torrenillos que me hacen a mi mis amigos sorianos la gente va a comer avena, como las gallinas?

¡Huy que sí…! Hay una señora en Tafalla, entre Olite y Artajona, doña Marian Yerro, que dice que los torrenillos engordan porque tienen grasa, mientras que la avena, no. Es cierto que igual acabas poniendo huevos, pero bueno, engordar, lo que se dice engordad, ni un gramo.

Pues sabes lo que te digo, que voy a empezar a comercializarlas. Igual van los españoles y traen de las indias algunas hierbas para fumar y con esto pueden encenderlas.

Mira, siempre es una idea. Pero para mi que lo mejor sería patentarlas que luego viene alguien y te levanta la camisa.

¿Cómo las vas a llama? Pues había pensado llamarlas “luces de fricción” ¿qué te parece, Faraday?

No se, no se… un poco largo

¿Y por qué no las pone cerillas?, dijo la Cipriana

¿Cerillas? Pero si no tiene cera

Ya, pero si quitamos la grasa del torrenillo así no engorda y la Marian Yerro esa de Navarra no nos puede criticar. Untamos la madera de las luces y, como se forma una especie de cera, pues las llamamos cerillas.

¡Anda!, para que luego digan de las sorianas. ¿Qué?, Faraday… ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

Mr. John, Mr. John, llegó corriendo y jadeando el Obdulio. ¿No sabe usted la noticia…?

Diga, diga

Pues que se ha muerto El Greco

¿El pintor ese de los entierros?

El mismo. Ha llamado el obispo para ver si teníamos alguna antorcha que dure mucho, pues tienen que encender muchos cirios y no quieren quedarse a oscuras a media noche.

Anda, mira… Ahí tienes la oportunidad de sacar adelante tu invento de las cerillas. Mételas en una cajita de cartón y le pegas un rascador a uno de los lados y se las vendes al obispo.

¿Y cuánto le cobro? Pídele el valor de una botella de ron. Así podremos tomarnos una copa. Pero antes, paténtalo que te vas a quedar sin invento.

El John Walker vendió la caja de cerillas al obispo y El Greco pudo estar toda la noche alumbrado por los cirios pascuales sin que se apagase ni uno de ellos. El boticario, los sorianos y el Farady se fueron al Pasapoga y se bebieron los beneficios de las cerillas y la mitad del dinero que pensaba sacarse del invento. Cuando les sacaron del Pasapoga el John Walker había inventado un bebedizo al que llamaron Whisky y el Faraday se pasó toda la noche recitando, como un loro que la masa de la sustancia liberada en una electrólisis es directamente proporcional a la cantidad de electricidad que ha pasado a través del electrolito masa = equivalente electroquímico, por la intensidad y por el tiempo. Eso y lo de que las masas de distintas sustancias liberadas por la misma cantidad de electricidad son directamente proporcionales a sus pesos equivalentes. Samuel Jones, el palanganero del Pasapoga, un tío relisto y bastante jeta registró la patente cuando la cuadrilla se alejó. Al día siguiente, en la oficina de patentes y marcas de Stock-ton-on-Tees, en el condado de Durham, el John Walker y el Faraday se tiraban de los pelos.

Mira que te lo dije, Johny, pero tu dale que dale al whisky.

La culpa es de Marian Yerro, que decía que los torrenillos engordan…

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