LOS QUE ESTÁN EN LA MAR. Parábola tras un naufragio

muertos-desaparecidos-choque-barcos-Vigo_MDSVID20140401_0110_7

Decía Anacarsis, el príncipe escita que figuró en la lista de los Siete Sabios de Grecia, que hay tres clases de hombres: los que viven, los que mueren y los que están en la mar.

Los que están en la mar no viven, ni tampoco mueren, como esos otros hombres que están en tierra firme, con los pies pegados al suelo o, ¿por qué no?, subiendo y bajando en los ascensores con el animo desasosegado por si parará o no en su piso. Los hombres de tierra, al contrario que los hombres de la mar son más sosegados, tienen -eso sí- la conciencia menos tranquila por la monotonía y viven pendientes del calendario que va dejando caer sus hojas, sin pena ni gloria, hasta ese pequeño rótulo que dice “viernes”. Los hombres de tierra miran el televisor, conducen el coche y ahí acaba todo el riesgo, toda aventura, la grandeza de sus días.

Los que están en la mar, aquellos hombres a quienes las corrientes del Cantábrico, el mestral del Golfo de León o el saloc mediterráneo les navega por las venas, tienen el mirar perdido, seguramente de otear el horizonte; el aire triste y desesperanzado producido por la soledad y, aunque no leyeron a Anacarsis, se lo imaginan. Los hombres que están en la mar escuchan en la emisora que un carguero, en mala hora, ha abordado a un pequeño arrastrero en las Rías Baixas y saben que ayer, martes (ni te cases, ni te embarques) se ha cumplido el cupo de la mala suerte por lo que pueden seguir sintiéndose vivos, sin saber cómo, y aún casi cuando, la baraja de la suerte se les presentará esquiva y cabrona, saben que hoy no les toca visitar a aquella Alfonsina Storni, que fue a suicidarse, por la blanda arena que lame el mar, frente a la escollera del Club Argentino de Mujeres.

El fraile Guevara, en su libro de los inventores del arte de marear, nos cuenta que el pescado es flemoso, el aire importuno, el agua salobre, la humedad dañosa y el navegar peligroso. Solos los colegas del nauta Aldea saben hasta qué punto es cierto lo que escribió el fraile. Los que están en la mar, y en la mar siguen, tratan de interpretar cada graznido de gaviota, cada nubarrón o cada luz sospechosa como un mensaje que siempre amaga con lo mismo, con trágica y pertinaz reiteración. Nadie tiene más miedo a la mar que el marino. El marinero, que sabe que la mar no entiende de cariños, de aficiones, de amores y que tan salva su vida el que, como aquel cónsul Jábato, que no cruzó el Reggio, en la Calabria, a Mesina, en Sicilia parte de la base de que “es loco el navío, pues siempre se mueve; es loco el marinero, pues nunca está de un parecer; es loca el agua, pues nunca está quieta y es loco el viento que siempre corre”.

Todos los años un grupo de hombres de los que están en la mar, se quedan para siempre en ella, a la deriva en el fondo de las inciertas corrientes como una brújula rota que no señalara el norte, sino el sur de infierno, con el cuarderno de bitácora perdido y la cabellera flotando como una medusa rubia o morena.

Es cruel el tributo que la mar exige en vidas humanas, como un dios despiadado para que los jureles y las caballas puedan llegar cada mañana, a dos euros el kilo, a ese Mercamadrid que nos es tan próximo aunque desconozcamos (y lo que es peor, no nos importe) lo que cuesta el sombrío tributo de los hombres que están en la mar.

En esta ocasión la mar sólo se ha cobrado la vida de los marineros. No ha habido marea negra, ni se han manchado de chapapote las cabeceras del Telediario, ¡con lo que eso nos incomoda a quienes vivimos en tierra!. No; esta vez han sido solo marineros. Incluso, diríamos en broma si la ocasión lo permitiera, ninguno español. Según el locutor uno era ghanés, otro marroquí y tres eran gallegos… Quien lo entienda que lo compre.

Son de muy buena clase; de la mejor clase, diría yo, esos hombres que están en la mar y que cada año perdemos. Por los que hemos perdido ayer, en el naufragio del Ría de Vigo, alcemos nuestra oración, seamos católicos u opositores a Cristo, y digamos, como los viejos pilotos de barra antes que nos conteste el piloto de mar, las palabras que inventó la costumbre: “Larga, trinquete, en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, que sea con nosotros y nos lleve y devuelva a nuestras casas”.

Ustedes, mis queridos amigos, don Dimas y don Matías, digan “amén”.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.