¿ESTADOS UNIDOS DE QUÉ?

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Los Estados Unidos de América, ese país donde viven Obama y algunos otros afroamericanos en alegre comandita con ciertos europeos –italoamericanos, angloamericanos, holandoamericanos, irlandoamericanos y germanoamericanos de forma mayoritaria y que son, vulgarmente llamados, todos ellos, euroamericanos- y algunos asioamericanos –vulgarmente llamados chinos (aunque sean coreanos, japoneses o vietnamitas)-. ¡Jesús…! Qué cansinos… y todo por no llamarlos negros, que es lo que son.

También tienen algún que otro extraterrestre que vive, por ejemplo, en la ciudad de Crescent City, California, más concretamente en el garaje de los papás de Drew Barrymore. Dentro de poco hasta habrá algún paisano de tito Obama en Júpiter. Los Estados Unidos de América tienen de todo y, además, todo lo tienen a lo grande.

¿Todo…? Bueno, realmente no tienen todo. Algo que les falta es un nombre propio para su país. Me explico… La denominación oficial del país del señor Obama es Estados Unidos de América, aunque también se le suele denominar Norteamérica o América del Norte. Pues bien, ninguna de las tres denominaciones es cierta. Se puede llamar Estados Unidos de América al país donde vive el señor Obama pero, también, se le puede llamar así a Méjico, ya que Méjico se llama, oficialmente, Estados Unidos Mexicanos y, que yo sepa, Méjico también está en América. Tampoco se le puede llamar Norteamérica o América del Norte porque esa denominación le corresponde a Canadá, que es la que está más al norte. Los norteamericanos del subnorte tampoco tenían un idioma cuando realojaron, como si fueran chabolistas, a los verdaderos norteamericanos –arapahoes, shosnones, seminolas, cherokees, sioux, et al. El idioma, del norte, por aquello de la colonia era el inglés. Ahora no; ahora es el norteamericano, tan distinto del inglés como el spanglish lo es del inglés y del español que se hablan en el sur de subnorteamérica. Entonces… ¿cómo llamar a los administrados del señor Obama? ¡Ah!, cada uno que los llame como quiera. Para mí son postcomanches.

Para los postcomanches no existe ninguna nación americana más que la suya. ¡Hacen bien!, patriotas que son ellos. Para los postcomanches los centroamericanos y los sudamericanos son latinos. Con un par. Latinoamericanos, que es como también son llamados por El País, la SER y por los padres jesuitas; esa especie de milicos de sotana blanca que han colocado al ladino latino en El Vaticano. Pero ¿no son latinoamericanos los habitantes de Quebec? ¡Claro….! Ellos hablan francés, que es también un idioma latino. Los postcomanches se han inventado el término latino para apropiarse del gentilicio americano que les corresponde a todos los nacidos en América, ya sean del sur, del centro o del norte. Lo que hacen El País y sus satélites es el juego al yankee, cosa que se les da muy bien y que les produce pingües beneficios. Eso sí, luego monseñor Cebrián se sienta, a la derecha del Padre, en la Real Academia, a perorar sobre el uso correcto del idioma. Sorpresas te da la vida…

Mi primo Juanmari marchó a jugar a la pelota al estado de la Florida. Allí, pese a hablarse más español que inglés, trataron de identificarle al llegar al país. Hizo el viaje en barco junto a un grupo grande de pelotaris y con Gala y Dalí que cumplían, así, su primer viaje americano. Al llegar a la oficina fronteriza le preguntaron: ¿Raza? Blanca, dijo él. El funcionario le miró de arriba abajo y escribió en el papel raza: Spaniel. No spanish; no. Spaniel, como si fuera un chucho. Desde entonces, mi primo Juanmari, que es un tiquismiquis, los odia profundamente.

Las grandes ciudades postcomanches tienen nombres muy españoles. Por ejemplo Los Ángeles. Los Ángeles, llamada realmente El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles de Porciúncula, ha visto reducida su denominación a Los Ángeles y, como para ellos el tiempo es oro, ahora la dicen LA. Acabarán llamándola L. Se joderán, que L suena andaluz y flamenco ¡arsa!

Los paisanos del presidente Obama son unos señores muy raritos y muy particulares. Marc Anthony y Sebastien de la Cruz, dos conocidos músicos norteamericanos sufrieron el abucheo de sus paisanos al interpretar el Good Bless America. ¡A quien se le ocurre poner a cantar a dos latinos el himno! Pues bien, don Marc es natural de Nueva York y Sebastien es nacido en San Antonio que, pese al nombre, es también tan norteamericana como Tennessee, lo que pasa es que los que silbaban no lo sabían… ellos creían que esos tíos con pinta de spaniel debían ser, por lo menos, de España, ese país tan raro que duerme la siesta y torean toros y que está al lado de Venezuela.

No es coña, a mi cuñado Antonio, le pillaron pescando langostas en aguas jurisdiccionales norteamericanas. Él, que iba enrolado en un camaronero hondureño, se vio inmerso en un delito de violación de fronteras, por un despiste del capitán guanajeño y se convirtió, sin comerlo ni beberlo, en un espalda mojada. Inmediatamente una lancha guardacostas, con su cañón y sus sirenas, sus Popoyes y sus Betty Boops se les echaron encima. Acabaron todos, capitán y marineros, en la bahía del Beach formando parte de una cuerda de peligrosos delincuentes con grillos en las manos y los pies. Cuando fueron expuestos a la celosa mirada de los miamenses en su telediario, un cubano, al ver que él llevaba zapatos, pensó que sería hispano de Europa. ¡Mira por donde! Se lo comunicó al cónsul y éste, por curiosidad, se acercó a ver si era, realmente, español. La historia terminó con mi cuñado deportado en un avión de Iberia con una mano delante y la otra detrás. Sus pertenencias, abandonadas en Guanaja, Honduras y sus derechos, al menos los humanos quiero decir, convenientemente violados.

Aún recuerda una anécdota mientras él permanecía en una celda amontonado con más de cuarenta personas y un par de cubos donde hacer sus necesidades. Al parecer alguien llamó por teléfono. Posiblemente sería un norteamericano pues hablaba en inglés… ¿Oiga, oiga…? Dígame. ¿Qué coño habla mi-ehmano…? Piquinglis no, caraho.. Espánis. ¡Anda y que le den al caraho tu madre, comemielda! Y le colgó. Así terminó aquella conversación telefónica entre un precomanche y un latino de uniforme norteamericano.

Lo que yo le diga, don Dimas… Una gosada de país…. Asúuuuucar

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