YO QUIERO SER UN MIRÓN

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¿Qué se cuece en la olla exprés que porta el hombre bajo la boina? ¿Qué mundo cruza por la cabeza del hombre, que, con las manos en los bolsillos, mira cómo el trilero de la plazuela cambia el garbanzo de un cubilete a otro a una velocidad de vértigo? ¿En qué dulce y extraño lugar de Babia flota el atento mirón que no pierde detalle de la ascensión de un coche hasta lo alto de la grúa de los cacos de Ana Botella? ¿En qué pensaba el paciente contemplador del trabajo de los demás, de los soldadores que reparaban los quitamiedos de una calle, de los polacos que descargan un camión de bombonas de butano, de los alquitraneros rumanos o ecuatoriano que parcheban, entre un calor de sofoco y un penetrante olor, la calle herida por el tiempo? Ahora la gente ya no lo sabe. Son años de no hacer obra pública, de no mantener las calles, las aceras. Ya no hay operaciones asfalto, ni currinchis que, de un lado a otro como un hamster en su jaula, se afanan por ganar su soldada. Si se pudiera leer con un sensible drone de esos con que ¡Oh!Bama espía a sus aliados; si pudiera leerse, decía, la plácida sesera del mirón, se averiguaría que, mientras cultiva su arte de mirar no piensa en nada.
¿Qué haces?, le preguntó José María de Areilza a un mutrikuarra que estaba mirando el horizonte inmenso de la mar.
Estar estando, le contestó, el viejo marinero.
El mirón -el mirón puro-, el hombre que estrena unos ojos y un pasmo nuevos tras lavarse la cara como el gato por las mañanas, no mira por curiosidad o por corregir a los obreros, como las gentes piensan, sino simplemente por el delicado placer de mirar sin más ni más, de mirar siempre y pase lo que pase.
El mirón –que no es el cotillo, ni el chismoso y ni siquiera el frustrado ingeniero que mira la zanja- es un hombre con alma de árbol que necesita ver la vida de los otros hombres para poder escuchar el tímido latido de su propio corazón. El mirón es, a su vez, un espejo –por eso se asusta cuando se ve reflejado en la luna de los escaparates-, es un hombre que vive de la actividad de los demás –con este, con aquel, con el de más allá-, el hombre que en los momentos de tránsito llega a olvidarse de comer, de beber para convertirse en todo ojos.
Pasado mañana sábado, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Ahora también vale Día Internacional de la Mujer pues, como le ocurre al hombre, ya casi no hay ninguna que esté empleada. La mujer, como ha hecho habitualmente, va a reivindicar, en este día, sus derechos de igualdad con el hombre. Hace bien, ¡qué coño! Ahora, yo creo que se olvida de otras reivindicaciones que, de disfrutarlas, sería mucho más feliz. Me refiero, como no podía ser de otra forma, al derecho al mironismo. ¿Puede una mujer, en absoluta igualdad con el hombre, convertirse en una mirona? Yo creo que no. El mironismo –ese mirar por mirar que no se sacia nunca- suele ser patrimonio del hombre y que le está vedado a la mujer. El mironismo ha de entenderse con la honda seriedad del druida de curvo garillo. El mirón ha de poseer esa masculina seriedad, que cantó Miguel Hernández. La mujer, es sismógrafo atento a las vibraciones de la curiosidad; pero arrastra un hándicap que la incapacita casi totalmente para los altos goces del mironismo, arte en la que el curioso, el charlatán, el dialéctico, el distraído, el preocupado o el impaciente, jamás alcanzarán maestría. La mujer, al no haber podido salir de casa, no ha tenido, en su ADN, ese puntito crítico del cesante, del parado, del mirón en suma que, en lugar de hacer las tareas de casa se marcha a la obra, al paseo, al café a mirar, por mirar por el simple placer de estas solo, de no aguantar niños ni parientas.
El mirón es pariente pobre del asceta, del eremita, del santón parco y misántropo. El mirón vive en trance permanentemente y puede subsistir sin probar bocado, sin beber, anestesiado contra el mundo que le rodea, asustando a sus familiares con largos períodos de empanamiento.
El mironismo nunca ha tenido buena prensa. De hecho siempre ha resultado subversivo. Disuélvanse (como si el mirón fuera un alka-seltzer), decían los grises en cuanto veían a tres mirones juntos. Los mirones laborales de las oficinas (los que aún están en sazón, como el solomillo) suelen ser carne de INEM (salvo si son funcionarios que no hay Cristo que los eche) o del taller o de la escuela. Todos están en riesgo de castigo, de despido o de bronca por parte de los jefes, de los responsables, de los directores, que nunca miran, salvo para ver.
Pero al mirón, el hombre que lleva el premio en sí mismo, como el hueso del aguacate o la penitencia en el pecado, nada la preocupa, siempre que santa Lucía le conserve la vista y el destino, ese libro impreso con caracteres que son picudos y que no sabemos leer porque no somos ciegos, le guarde su santo pasmo de cada día, esa bendición de los dioses en la que se escuda como una tortuga: el mironismo.
Respetemos al mirón, aunque no sea más que porque el mirón está en peligro de extinción, como el lince de Doñana y probemos, si algún día tenemos tiempo de hacerlo, a mirar por mirar sin más y con la cabeza vacía de vanos o de profundos pensamientos que pudieran restar fuerzas a nuestro absorto mirar.
A mí ya casi no me queda nada para volverme mirón. De hecho lo intento día a día, como una gimnasia. En noviembre me jubilaré y pienso hacerme mirón profesional. Me pondré un pantalón ancho, con dos bolsillos que me permitan extender el brazo en toda su largura y, cuando me canse, me echaré las manos atrás, como hacen la familia Soria desde tiempo inmemorial y miraré todo lo que se me ocurra. A lo mejor descubro un mundo nuevo, un mundo ingrávido y acojonante como dicen que son los sueños de la marihuana.

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