CASTILLA Y SORIA DESDE EL ATASCO

PUENTE

Hoy, el viejo narrador está solo en medio del tráfico de Madrid. El coche aparcado y las gentes y los autos intentando atropellarse, sin conseguirlo. Cuando un coche está a punto de atrapar al peatón este, ¡zas! hace un quiebro rápido y fugaz, como aquel Cagancho, el mejor caballo de Hermoso de Mendoza, y escapa por pelos. El conductor del auto, seguramente frustrado por su fallo, vuelve a intentarlo con otro peatón o, para más molestar a todos, toca el claxon como si le fuera la vida en ello. El viejo narrador odia, cada día con más fuerza, esta situación y sueña y anhela con fruición los días claros y calurosos bajo las añosas moreras de la estación de Langa de Duero. El viejo narrador echa en falta el rumor del río mientras observa, sentado en uno de los tajamares del puente, el ir y venir de un pastor con su rebaño de gordas y blancas ovejas; de jóvenes lechazos; de encampanados carneros. El viejo narrador cierra muy fuerte los ojos, hasta que casi le duelen, y cree ver el pétreo torreón de Mío Cid. Esa torre almenada que llamamos El Cubo. El viejo narrador, mientras tiene los ojos fuertemente cerrados, cree escuchar el viento meciendo las altas copas de los chopos de ribera. Si se afana un poco, el viejo narrador escuchará el fluir de las aguas camino de la mar. El viejo narrador mientras aprieta los ojos para cerrar sus oídos y no escuchar el ruido del tráfico se queda con el inmenso, el insondable fragor del silencio, invadiendo el interior de su coche.
El viejo narrador cree que el álamo y la encina podrían discutir, con el cainismo propio de estas tierras españolas, la representación del árbol castellano por antonomasia. El álamo es galano y juncal; enhiesto como un mayo pinariego. La encina, por su parte, es ancha y grave, como una vieja matrona. Una matrona que cuida, en la concertina de su enramada copa, las nidadas ruidosas de verderoles y jilgueros; de gorriones y pardillos. También guarda oropéndolas y la filomena a la que algunos llaman ruiseñor; el talín y el pintadillo; la cardelina y la calandria; el pinzón real y el pizpitillo; la totovía y el mirlo; el zorzal y el petirrojo; el tentelaire, el reyezuelo y el picapinos. Todos los pájaros en un solo árbol. Todos piando en un guirigay de hambruna que, más pronto que tarde, sus padres calmarán con el saltamontes, con el negro grillo, con la lombriz roja de la ribera del río…
El álamo es El Greco y la encina Torquemada. El álamo es la danza clásica y la encina es la danza barroca. El álamo es el corzo y la encina la garduña. El álamo es la zurita alegre de vuelo alocado y la encina es el vuelo corto, ahorrador y avaro de la picaraza. El álamo es el gótico excelso, que llega hasta las mismas puertas del cielo. La encina es la recoleta ermita románica. Esa ermita que tiene su entrada orientada al sur, buscando el tibio sol del mediodía. El álamo es Góngora y Grecián; la encina es Teresa de Jesús y Fray Luis… El álamo es el césar Carlos y su abuelo Fernando; la encina es Juana; la loca Juana y su nieto Felipe, que gobernó un mundo entero.
Sí; el álamo y la encina pugnan por ser el árbol representativo de Castilla. El uno, por lo enhiesto de su cuerpo, resulta cimbreante. Siempre oscilante pero firme. La otra, más rígida pero terne y no menos firme y rotunda que su rival. Ninguno de los dos árboles, como le ocurre a Castilla, son excepcionales pero ambos están siempre ahí, formando parte del paisaje, de la esencia misma del campo castellano. Ambos son Castilla.
Castilla y Soria son, en sí mismas, tan extensas y tan variadas que bien podrían permitirse el lujo de tener, antes de que María Jesús Ruiz, como el leñador machadiano, convierta en lanza de carreta o en melena de campana, como ya hizo en Ávila con la pinada y en el Soto de Garray con los fresnos, las hayas, los quejigos, los sauces, los espinos, los majuelos, con todo aquello que se movía. Castilla y Soria podrían tener, ya digo, dos árboles significativos y representativos de estas tierras: el álamo y la encina. Afortunadamente aún quedan en pie estos dos árboles y muchos más. Pero no tarden en venir a verlas; si seguimos con este ritmo de la despoblación, con esta falta de apoyo de los gobiernos, con este olvido institucional igual, por desgracia, cuando quiera venir a ver tanto Soria como el resto de la bella y ascética Castilla ya no exista. Advertidos quedan…

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Una respuesta a “CASTILLA Y SORIA DESDE EL ATASCO

  1. Gracias Angel por hablar así mi tierra, de tu tierra. Yo, que soy un mal lector, consigues que lea. Gracias