Y MAÑANA, SAN VALENTÍN.

CUPIDO

En su Sueño de una noche de verano, don Guillermo, el del apellido raro, nos decía: “El amor no ve con los ojos, sino con el alma, y por eso pintan ciego al alado Cupido”. Y es cierto. Cupido es un putto, dicen los italianos, y también es cierto. Luego ya tenemos a Cupido, el dios del deseo amoroso de la mitología romana, convertido en un putto ciego. Este muchacho promete…
Cupido es hijo de Venus y de Marte, dioses del amor, la belleza y la fertilidad y de la guerra, respectivamente. Por tanto podríamos decir que el amor y la guerra tienen en Cupido su obra maestra: el deseo. El equivalente griego de Cupido es Eros, responsable de la atracción sexual, el amor y el sexo. A Cupido se le representa, generalmente, como un muchacho alado; regordete; con rizos y medio tralará. Un gordito que lleva cubierta la entrepierna con una leve gasa y armado de un arco, su flecha y, a la espalda, un carcaj o aljaba, que tanto vale una denominación como otra, para designar el fardelillo donde se guarda las flechas.
Según Simónides de Ceos, Cupido nació en Chipre. Debe de ser por eso por lo que nos tiene manía a los españoles. Desde el 12 a 1 no nos tragan los cabrones de ellos. La nereida Tetis, que ya es nombre para una tía ¿eh? era una de las cincuenta hijas del pobre Nereo y de Doris, no la Doris Day, no; sino la hija del Océano, el bisabuelo de Aldea. Pues el pobre Nereo, decía, que rogaba a los dioses ¡Dadme una mujer!, de puro deseo que tenía el muy golfo, fue y le dieron no una; sino cincuenta, además de la Doris. Ahora vas y lo cascas, dicen que le dijo Afrodita.
Venus, como buena madre que era, dándose cuenta que al Cupido le faltaba un hervor consultó al Oráculo de Temis, que le dijo que el amor, “osá, tía; tu chico”, no puede crecer sin pasión y la Venus, que tenía un conjunto griego al que llamaban Aphrodite’s Child, con Vangelis y Demis Roussos, y que de tanto triki-triki mon amour tenía medio reblandecida la médula le compró al pobre Cupido dos litros de zumo de la Pasión de Don Simón. Claro, esto como bien se puede uno imaginar, además de una diarrea de caballo no le hizo ningún bien y, entre lo corta que tienen la minina las representaciones griegas y la ausencia de pasión, pues se quedó el pobre Cupido como ahora le conocemos.
La Venus, volvió a quedarse en cinta, no en casete, no; embarazada y dio a luz otro infante: el Anteros, que era, al contrario que el Cupido, el dios del amor correspondido y la pasión. Una furia, vamos.
Ambos dos hermanos tuvieron un medio hermano de un lío que tuvo la Venus con Mercurio, el de los termómetros.
¡Fíjate. La muy guarra!
Como lo oye, doña Cibeles.
¡No sé a dónde vamos a llegar con esto de las ciclogénesis y el destape!
Al medio hermano le decían el Himeneo, ¡vaya usted a saber qué es lo que se himeneaba el pavo!. Pues bien, el Himeneo tenía, como Bartolo, una antorcha, con un agujero solo y se pasaba el día, en cuanto veía a una chacha y a un quinto, dale que te pego para ponerlos cachondos como búfalos (dicho sea sin ánimo de señalar, Requena). El Himeneo, que tenía una vena consumera y celestina, se pasaba el día liándoles para que se casasen. Hay quien dice que el Himeneo es un agente secreto del cardenal Rouco. ¡Vaya usted a saber!.
Un día que el Himeneo le presentó al Cupido a una tal Diana, provocaba a su hermano. “Dale en to el centro, verás cómo se pone…” El Cupido no se atrevía y, claro, la Diana quería rollo con algún dios centroamericano, que tenían más ritmo y eran más lanzados en el merengue, la cumbia y el mambo y tenían la bilirrubina por las nubes. El Cupido, lleno de celos, se decidió y ¡zas! Le arreó el flechazo pero la Diana, que se movió, se libró, mientras que la flecha le fue a caer a la pobre Ninfea, una deidad menor que, como bien dice su nombre, era un cardo borriquero como la diputada de Bildu. Pues encima a la pobre Ninfea, la arreó el flechazo en una de las domingas. ¡La que lió la pobre…!
«¡Oh, pudor! -exclamó-; tú, el más precioso y más bello adorno de una ninfa sagrada; si mi espíritu es culpable para contigo de un sentimiento vivo que te ofende, mi cuerpo todavía está inocente; que sea suficiente esta víctima para tu cólera excelsa; que esta pura onda me lave de un crimen que concebí para mi pena, y que mi voluntad con horror detesta.» Dicen que dijo la muy cursi y, sin encomendarse a Dios o al diablo se tiró a un estanque para enfriarse el pechugamen. Las Dríades, que son otras ninfas pero estas ya de Extremadura, pues viven entre robles y alcornoques, la encontraron e impidieron que se sumergiera en el agua haciéndola flotar para siempre, y así se convirtió en la flor que lleva por nombre nenúfar, de una blancura brillante, con un tallo majestuoso de anchas hojas verdes en recuerdo de la flecha. Desde entonces, las aguas que rodean al nenúfar son tranquilas y calmas. Los dioses, para compensar a la pobre Ninfea, consintieron en que vivieran, por siempre, en el estanque de Juan Espino que es muy limpio y aseado y está lleno de peces de colores como la canción de la Ana Belén y el Sabina.
Hoy, vísperas de san Valentín, patrón de El Corte Inglés y de los empeñadores de oro, Cupido no es más que un inmaduro que no quiere crecer; que sigue sin mojar el churro y lleno de complejos y es por ello que ya no tiene ningún tipo de preponderancia dentro del amor y de su primo hermano el sexo.
Don Dimas, que fue sexólogo en la batalla de Verdún dice que Cupido era el nombre que se daba, en la Selva Negra, a la eyaculación.
¿Y eso? Dicen que preguntaban
Es Cupido, contestaban. Y el término escupido quedó, para siempre, en eyaculación que es mucho más fino y culto. ¡Donde va a parar! ¿verdad usted que sí, don Matías?
¡Ya lo creo!
Hoy Cupido, san Valentín y hasta Karina, que también andada tocando las narices con las flechas dichosas, se han retirado. Hoy es el ministro Ruin Gallardón el que maneja las cosas estas del amor. Bueno, el ministro y la Nunciatura, claro. Es que los curas, se quiera o no, son unos expertos en el amor, el matrimonio y sus varoniles y femeniles productos.
Y tanto, don Dimas. ¡Y tanto!

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