UNA MAÑANA EN EL JUZGADO

infnata

Si hay algo que tengo que agradecer a Dios, Nuestro Señor es que, en su inmenso conocimiento y magnanimidad, no me haya puesto en la fila de los poderosos, de los ricos, de los miembros de las innumerables castas que pululan nuestro país. Ayer mismo, esa pobre chica; tan rubia, tan guapa, tan bien educada. Con su carrera universitaria, sus tres Másteres del Universo y su puestazo directivo en La Caixa, conseguido tras un examen del carajo de la vela; una oposición, que eso sí que es oposición y no la de Rubalcaba. La pobre, decía, perdidita en cuanto la separaron de su esposo y de sus guardaespaldas. Una pobre señora que vive en su empresa. ¡A ver quién hace eso en este país!, hombre ¡ya está bien!… que no hay más que desagradecidos. ¿Usted viviría en su empresa? No; ¿verdad? Pues eso.
Mire usted, señor juez, yo no sabía que la empresa estaba radicada en mi domicilio.
¿Y a usted no le extrañó que el hall de su casa hubiera un reloj de fichar? ¿Y no le extrañó que hubiera, en el pasillo, una máquina de vending con sándwiches y huevos Kinder?
Pues no, ya ve usted. Yo creí que se los había puesto Iñaki a los niños para que se sacaran un dinerillo vendiendo chuches a los vecinitos. Es que los niños ¿sabe usted? ya tienen unas franquicias por ministerios y diputaciones. Hay que enseñarles de joven, para que emprendan y ayuden a tanto pobre como dejó Zapatero.
Claro, claro. Y lo del Palacio de Pedralbes ¿qué me dice usted?
Anda, ¿y qué quiere usted que le diga?
Pues cómo es que tenía usted aquel palacio, con qué dinero lo compró, querría también saber si su padre le prestó el dinero y si lo piensa devolver. Ya sabe, esas cosas que queremos saber los jueces.
Pero si eso lo han explicado ya en el programa de María Teresa Campos, ¿para qué quiere usted que se lo cuente yo? ¿Es que ustedes los jueces no ven la televisión?
¿Pero lo dejó su padre el dinero o no?
Pues sí, pero no a mí. Se lo dejó al niño chico, ya sabe, al pequeño Miguel que es su ojito derecho; que se le había caído un diente, al pobre, y se lo puso bajo la almohada, para que creyera que se lo había traído el ratoncito Pérez.
¿Y lo piensa usted devolver?
¡Quien yooooo! Ni pensar. Según me ha dicho mi abogado las donaciones, si son realizadas por personajes populares no cotizan. Verdad ¿Miquel?
Por el amor de Dios… Vamos a hacer un receso para almorzar. Tienen ustedes dos horas para comer y, a las cinco de la tarde volvemos a vernos aquí. ¿Conforme?
Vamos Alteza. Salgamos…
Entre usted, Señora. Así, primero el pie izquierdo. No, ese pie izquierdo no; el otro pie izquierdo. ¿Lo ve usted?. ¡Muy bien! No se preocupe, no es problema suyo, sino de la Naturaleza que nos ha puesto dos pies iguales.
¿Va a venir también don Iñaki?
No, Señora. No puede hacerlo, está reunido en Gstaad.
¿Y entonces quién me va a cortar la carne?
Lo haremos nosotros Señora. Usted no se preocupe. Que para estas cuestiones difíciles estamos nosotros, sus guardaespaldas.
Menos mal. Porque oiga, no sé cómo saben ustedes tantas cosas. Deberían de ponerles de ministros. Saben la diferencia entre la mano derecha y la izquierda; saben encender la luz; saben cuál es el grifo de agua fría y caliente y saben, incluso, cuál es su domicilio y cuál es el domicilio de su empresa. ¡Qué bárbaro! Seguro que hasta saben ustedes hacer la declaración de la renta y saben la diferencia entre estafa y apropiación indebida.
Pues sí, Señora. Los de nuestra clase, ya sabe, como tenemos que trabajar aquí y allá. Nos tenemos que bandear para hacer las cosas por nosotros mismos.
No crean ustedes. La de veces que se lo tengo dicho yo a don Iñaki: ¡Ay, gordo! Lo que hubiera dado yo por ser una mujer de esas que saben diferenciar entre el debe y el Deber.  Y mis hermanos, ¡más monos!, me decían: tú tranquila, que estamos contigo… ¡Más monos!

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