EL SURTIDOR, TORERO DE BURGOS

toros

Don Partenio Cabezudo Renieblas, alias Surtidor probó suerte en la vida con el capote y la montera. Don Partenio se anunciaba como Surtidor, matador de reses bravas, novillos, erales y añojos y toreaba, con y sin picadores. Don Partenio Cabezudo Renieblas, o Surtidor, que tanto monta, era natural de Villaescusa la Sombría, en la comarca de Montes de Oca y, antes de dedicarse al arte de Cúchares vivía del reparto.
¿Era gasolinero, verdad?
¿Lo dice usted por lo de El Surtidor?
Sí; claro
Pues no. En realidad, Surtidor le decían, por mal nombre, dado que se dedicaba a surtir de placer a las pupilas del lupanar de La Cumparsita, una madame que había sido bailadora de tangos en la Argentina.
¡Vaya!. No parece mal oficio.
No crea; está sujeto a mucha tensión. Imagínese lo que hay que penar para acabar metiéndose torero antes que jubilarse en lo suyo.
Ya lo creo. Siga usted, don Matías.
El Surtidor debutó en Tinieblas de la Sierra, en el partido judicial de Salas, también de Burgos, donde un nutrido grupo de mozos controlaba las barreras junto a las talanqueras armados de nudosos garrotes. Del pico Mencilla, en la Sierra de la Demanda, bajaba una fría brisa que atenazaba la figura del matador. El alguacil, a una señal del alcalde, tocó su trompetilla de echar los pregones y tras el tararí un mozo cumplido, como un ropero de tres cuerpos, tiró del cerrojo y abrió el toril. Aquello fue un no parar de salir toro. Desde la cuerna hasta que apareció la penca del rabo se hizo de noche… El Surtidor se fue apagando, como una candelita, y las canillas de sus piernas comenzaron a rilar.
¿Qué te pasa, galán, arrímate, que este tiene menos peligro que La Cumparsita?
El toro pasó a su lado ignorándole. Sintió que un carguero mercante, como los que capitaneaba el navegante Aldea, pasó de proa a popa en plena ciclogénesis. Con la ventolera que arrastraba a su lado hubieran podido sacar 10 megawatios en los molinillos de La Brújula.
¡Qué bárbaro!
¿Y El Surtidor qué hizo?
Pues lo que pudo. El Partenio Cabezudo se hizo a un lado y, cuando ya habían pasado diez minutos de toro, puso el capote y dijo ¡olé!, pensando que los mozos iban a celebrar el pase. Nada. Todo lo contrario.
Arrímate, cagón. Le gritó una vieja desdentada. Arrímate o bajo yo…
El toro, al llegar al final de la plaza, soltó un gañafón a una de las talanqueras y le hizo una avería del carajo de la vela. Al Surtidor se le aflojó el vientre y tuvieron que sacarle los mozos para cambiarle el pantalón. Tras una visita al pilón le quitaron la taleguilla y le pusieron unos pantalones vaqueros que, con las zapatillas manoletinas y la chaquetilla de luces por uniforme, parecía un rumano de los que se hacen fotos en la Puerta del Sol.
Los mozos volvieron a soltarle en el centro de la plaza. El toro, mientras tanto, estaba sujeto por el rabo por los miembros de una de las peñas.
A ver, Paquirri, le gritó un mozo que parecían seis. Colócate que sueltan del rabo.
Ni tuvo tiempo siquiera de colocarse. Arreó el toro hacia él y, del rebufo, y un poco que le tocó con el costillar en el codo, estuvo dando vueltas, como una peonza, hasta que volvieron a colocarle de frente.
El Partenio, ¡nobleza obliga!, dijo aquello de ¡dejadme solo! Y tiró la pata pa’lante mientras los mozos desclavaban al toro de otra talanquera. Una vez que le dieron la vuelta el pobre Partenio sufrió un desvanecimiento y el toro, más preocupado por los músicos de la charanga que del torero, siguió por todo el ruedo al Manolo el del Bombo de la charanga.
Cuando ya estaba nuevamente girando el burel saltó al centro de la plaza una mujer morena, generosa de escote y bien resuelta. La propia Cumparsita había subido hasta la sierra a rescatar a su jayán. La charanga se arrancó por ¡Marcial eres el más grande!, y La Cumparsita se echó el capote a la izquierda. Con gracia y afectación cargó la suerte y, ¡zas!, el llegar el toro corrió la mano izquierda mientras adelantaba la pierna derecha.
¡Olé! Rugió la plaza.
Con un solo golpe de cadera se colocó, nuevamente, para recibir, ahora en la suerte de pecho al astado.
¡Olé!, ¡Olé!, ¡Oooooooooolé! Gritaba la plaza puesta en pie.
Eso es un paso de pecho, gritó el alguacil.
¡Eso lo que es, alguacil, es un pecho!, gritó el alcalde.
La Cumparsita fue llevando, al quiebro, al toro y, mientras lo tenía sometido, le soltó tal espadazo que cayó sin puntilla. La plaza se volvió loca. Los mozos quisieron tirarse a la plaza –bueno, yo creo que querían tirarse a La Cumparsita, realmente- y tuvo que intervenir la guardia civil para evitar altercados. Mientras los mozos eran sostenidos por la fuerza pública La Cumparsita silbó, metiendo el índice y el pulgar de su mano derecha en la boca y, de entre los remolques de los carros aparecieron sus pupilas que, en menos que se persigna un cura loco, sacaron a hombros al Surtidor.
Al día siguiente, en la crónica del Diario de Burgos, el comentarista taurino no daba crédito ni a la intervención del torero ni, mucho menos, a la de La Cumparsita, a la que auguraba muy buena carrera si se decidía por el toreo y al Surtidor como torero cómico acompañándola.
¿Y con El Surtidor qué ocurrió?, don Matías.
Pues dejó los toros para siempre y vivió, hasta que le retiró La Cumparsita, como catador-sumiller del lupanar. Cuando ambos se retiraron siguió con el negocio familiar el hijo de ambos, el Vedasto, que hizo la carrera de Administración y Dirección de Empresas y, con una subvención para jóvenes emprendedores que le consiguió el exministro Aparicio, que era de su barrio, amplió el negocio y puso franquicias del lupanar por todas las autovías del país.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.