LUNES, FEBRERO Y CON NIEVE…

RIO

El tibio sol del amanecer asoma sobre el lomo verdiazul del monte haciendo desaparecer el borde encarnado de las nubes. El rebaño se impacienta; el carnero hace sonar su esquilón nervioso mientras un coro de balidos rompe el silencio del nuevo día. Río abajo, las sombras tenues, titilantes de los chopos del río, se acuestan suavemente sobre las aguas grises. En las profundidades, entre el légamo y las ovas que danzan cuan hawaianas contra la corriente, los cangrejos salen de sus cuevas en busca de la carroña de algún pez o de alguna rata de agua. La libélula de múltiples colores, patrulla la superficie, entre las leves y etéreas pelusas de la superficie. En una de sus riberas se yerguen enhiestos, como bailaores flamencos, los juncos de ribera y las espadañas. Al otro lado una verde pradera tapiza el restaño del río. Un regato; apenas un hilillo de agua clara y pura vierte, entre collejas y mentas de agua, entre el picante berro y su pariente el canónigo, su escaso curso.
El paseante se sienta sobre el cuerpo yaciente de un álamo blanco y escucha los sonidos del silencio. Escucha el frotar del viento sobre las altas copas de la chopera. Escucha el discurrir del río y escucha, aunque se le escape por momentos, el chocar del agua contra los tajamares del puente. Sobre las copas de los chopos escucha también el cabildeo de los gurriatos reclamado su almuerzo. El pasante da un fuerte palmetazo y el silencio vuelve a adueñarse de la orilla del río.
El viento sopla suave y apacible. Viene de poniente. El paseante recuerda que a este viento suave del oeste se le llama céfiro. También se le llama favonio y auras. Esto del castellano, o del español, que tanto monta, es idioma muy variado y recurrente. A lo lejos una urraca, con su cola verde y azulada, se entretiene con un chichorritón. Don Dimas dice que chichorritón no es palabra de uso del castellano, y no tiene razón. Es palabra que doña María Moliner sitúa en la Argentina, que también usa el español, y se emplea para nombrar el intestino del cerdo. Esto lo asegura don Matías y yo le creo porque es lingüista reconocido.
En la orilla contraria a la que está sentado el paseante, esto es, a la banda de estribor, un cuervo ejercita sus gimnasias. Brinca apoyado sobre sus dos patas dando pequeños saltitos carentes de gracia. En la umbría de la chopera se oye el afanoso picoteo del carpintero. Algunos piensan que este pájaro pasa el día picando madera por algún maleficio bíblico. Nada más alejado. Lo hace para comer alguno de los mil ochocientos tipos de los anobiidae que llamamos carcoma.
Las palomas, zurean; las golondrinas frisan; las perdices, cuchichían; los cuervos, graznan y así, uno a uno, cada pájaro; cada ave; cada rapaz tiene su canto, tiene su voz y su sonido. Al paseante le compete aprenderlos y distinguirlos. No es tarea fácil; no, pero tampoco lo es distinguir la clave de sol, de cualquier otra nota. Todo es cuestión de oído y de prestar atención.
Abandonado en un canchal, junto a un desgalgadero, un carro de varas apoyado en su mesilla levanta sus varas, como si fueran cañones antiaéreos. El tiempo y los muchachos han destrozado el carro y apenas se distinguen las garroteras o los varales; las zapatas; las pinas o los radios; las borriquillas; el balancín e, incluso, los cabezales o las estanquillas.
El sol se ha escondido y el viento cambia a cucalón. Dice el refrán que entre cierzo y regañón está el aire cucalón. Este viento sopla frío y serrano. El paseante se levanta y, poco a poco y en silencio toma el camino de vuelta hacia el pueblo. Sube la cremallera de su chaquetón para cubrirse del frío. Ya no se oyen a los pájaros, ni las aguas, ni el cimbreo suave de las copas de los chopos. Ahora lo que se oye es el ulular del viento. Febrero, el loco. Por san Blas, dice otro refrán, las cigüeñas verás… Ahora ya no hace falta esperar a san Blas. Las cigüeñas apenas se van. Han perdido ese aire nómada y veraneante que les era tan característico. Por san Blas tus ajos sembrarás. San Blas una hora más. Por san Blas, ajete; mete uno y sacarás siete. Por san Blas el besugo atrás. Si hiela por san Blas, treinta días más… Este san Blas es muy redicho y refranero.
El paseante llega a su casa. La sala está templada. Aún quedan rescoldos en la chimenea y, con un pequeño golpe de fuelle, las brasas vuelven a levantar la llama. Echo un tocón de acacia. La acacia arde bien y saca llama; no como la encina, que guarda el calor y dura pero apenas saca llama. Preparo el café y tuesto el pan. El aceite está medio solidificado por el frío. ¡Caray!, parecía que hacía menos frío. El sol, es lo que tiene.
Ring. Ring… suena el despertador.
¿Eh? ¿Qué es eso…?
Despierte usted, hombre. Que es lunes. Vamos, que parece que va a nevar.
Buenos días, don Dimas. Por un momento pensé que estaba en Langa.
No estaría mal…

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