DON CARLOS DE AUSTRIA Y SU GENEROSA MESA

CARLOS

Los desastres de España no comenzaron con la pérdida de las colonias; no. Los desastres de España tampoco comenzaron con Felipe II, o con Fernando VII; en absoluto. Los desastres de España, la pérdida de nuestra preponderancia mundial, esa que nos llevó de no ser nadie, a ser una puta mierda, tiene que ver con algo menos histórico. El desastre patrio comenzó cuando dejamos de servir la comida desde el puchero que te dejaba el mesonero en la mesa y nos lo sirve un chef vestido de limpiabotas después de hurgar, durante media hora, con unas pinzas en una caja como la de las moscas de pescar. Ahí y no en otro momento es donde perdimos el tren del futuro.
El rey Carlos, aquel cabronazo que volvió loca a su madre, dobló la servilleta en Yuste después de desayunarse, cada mañana, el zumo de la hiel de una docena de pollos cumplidos. Esos eran cojones y no los de Jesulín. ¿Se imaginan ustedes la coña? Los escuderos, pajes y procuradores regios alineados frente al piecero de la cama real. El camarlengo del rey, generalmente un aragonés afectado, medio tralará y con voz de vicetiple que se dirige al don Suero de Quiñones, o a algún otro señor y, que tras entregarle el bacín de su católica majestad para que huela y mire la calidad de las heces el médico del palacio, reclama a voces:
El zumo de su majestad, presto. Dice mientras palmea con sus enguantadas manos el cardenal de turno.
Y aparece el racionero prebendado del vecino monasterio de Yuste bendiciendo el desayuno. Un apestoso jugo resultante de prensar los hígados y las vesículas de los pollos del corral del señor de Cuacos de Yuste; un costillar grasiento de cerdo y la pata de un corzo a medio cocer supurando aún sangre por la juntura del hueso. Unas gachas de bellota y unas patatas hervidas con nabos. De beber, vino embocado en garrafón y una media arroba de sidra ácida y calentorra. ¡Una gozada!
Su regia majestad, don Carlos I de España y V del Sacro Imperio, se toma el zumo y regüelda como un cochero.
¡Salud, Majestad!, gritan a coro los presentes, mientras su católica majestad aprueba con una leve sonrisa los francos deseos de sus vasallos.
Mi hijo -pregunta su cristianísima majestad- ¿ha desayunado ya?
Si, Majestad. El zumo de tres naranjas y media docena de cerezas del Jerte
¡Este chico…! No sé qué va a ser de él. Siempre vestido de negro y comiendo frutas y berzas solo. Este, y si no al tiempo, se me va al campo a vivir. No sé… por San Lorenzo de El Escorial o por ahí, y se hace vegetariano. Y si no, al tiempo…
Efectivamente. El Felipe casó con su prima la Manoli de Portugal y luego, cuando palmó, con su tía la Isabel de Valois, que ya son ganas…
Casi cinco siglos después los cocineros, los chefs, los taberneros han decidido que Felipe II era mucho más guay que su padre y han tornado las carnes en verduras y los huevos en hortalizas y nos dan de comer como si fuéramos el conejo de la Loles: brotes de hierbas, florecillas silvestres, verdura en crudité y otras maravillas por el estilo.
Se sienta uno a la mesa y, en lugar de la hogaza de antaño se encuentra un resto de pan de hace dos meses lleno de pipas de girasol por encima, semillas de amapolas o trozos de algún cereal que la ha sobrado al burro en la cuadra. Agua mineral, of course, proveniente de un trozo de hielo del Perito Moreno y unos entrantes que resultan ser un par de bastoncitos de zanahoria, un trozo de penca de apio y un rabanito mínimo y blanquirrojo junto a dos pequeños cuencos donde una mahonesa de huevina y otra salsa de un verde sospechoso nos conduce al segundo plato; un trozo de algo similar a la carne del tamaño de media molleja de pato sobre el puré de un trozo de patata. Tranquilos; no es carne. Es un trozo de soja texturizada. Por encima de ella dos brotes de cardo borriquero y unas hojas crudas de ova de un río en el que, sospechosamente, pone prohibido bañarse. Después, y con gran pompa y boato, el plato principal. Una creación minimalista del chef: kokotxa de salmonete y su labio sobre hinojo de Vietnam y tahini que, para quien no lo sepa, es una pasta hecha a partir de semillas de sésamo molidas. Todo ello servido en una cucharilla de café para que no se pierdan los aromas de una pequeña violeta que resulta ser un endemismo del monte Veleta, en Granada.
El postre, por favor.
Enseguida, señor ¿Qué va a degustar? –en estos sitios no se come; se degusta-
Lo de el señor, al no estar escrito, no sé si lo dice con mayúscula o con segunda intención.
¿Qué me recomienda el chef?
Una reducción de crema de leche con jugo de cespitosa de entrenudos alargados, dulces y jugosos y bajo vainas glabras o pelosas.
¿Mande?
Azúcar de caña
¡Ah!
Cuando viene el camarero trae, en un plato de cerámica enorme, un pequeño dado de color caramelo que, al masticar, recuerda el sabor del dulce de leche.
Oiga, por favor
Dígame, señor
Esto qué es, pero por favor, no en la jerga del restaurante, sino para que lo pueda entender.
Pues dulce de leche, señor
¡Ah!, claro. Ya me parecía… O sea, leche de La Lechera al baño de María ¿verdad?
¡Dicho así…!
¿El señor va a tomar una copita después del café? En estos restaurantes, salvo la cuenta, todo se dice en diminutivo.
Pues sí, mire usted. Seguro que esto me anima.
Efectivamente. El camarero le trae al comensal una pequeña copita de las que tomaban las señoritas en el siglo XIX con un pequeño sorbo de licor que, resulta ser, un jarabe del majuelo.
La cuenta, por favor
Enseguida, caballero
¿Eh? Esto que es… ¿el número de teléfono?
No señor, es el importe de la comanda.
Mientras, en Limpias, junto al río Asón y en la ría que vuelca sus aguas en Colindres, en el restaurante de Min, el restaurante que llaman Piedra, en la calle Rucoba, frente a la iglesia de san Pedro o el Santuario del Cristo de la Agonía, te dejan sobre la mesa un puchero cumplido y rebosante de cocido montañés. Un cocido del que te puedes servir –yo lo hago siempre- tres platos generosos, acompañados de sus guindillas en vinagre y sus vasitos de vino. De segundo plato una generosa ración de los frescos y plateados bocartes, rebozados y sin espina; con sus patatas fritas y, para terminar la faena, un arroz con leche o un buen trozo de quesuco con dulce de membrillo y un café negro y potente que deja paso a media frasca de buen aguardiente de orujo.
Me trae usted la nota, por favor.
Sí señor. Aquí la tiene.
Si no ha tenido usted la suerte de que estén sus amigos Santi y Maite, que nunca dejan pagar, abona los nueve euros del menú y ya puede irse, tranquilamente, a dar su paseo para no morir de éxtasis durante la siesta.
Don Carlos, el emperador sacrosanto, quien nació a resultas de lo que su madre pensó que era una mala digestión, desembarcó en estas tierras cántabras y, a buen seguro que se quitó las telarañas de la cocina belga con el buen cocido montañés, se moriría de vergüenza si supiera, hacia dónde nos ha llevado el europeo dengue de su católico hijo. Tenemos los mejores chefs del mundo. Somos la marca España, que es la caña, dicen los ministros pero ¿qué carajo comemos hoy? ¿A qué precio nos cobran el gramo de alimento? ¿A cuánto sale cada gota de vino? ¡Váyanse ustedes a bacilar a su padre!
No quiero nutrirme; quiero comer. No quiero ingerir enzimas, sino comida. No quiero tomar proteínas, sino carne. No quiero comer carbohidratos, sino pasta. No quiero comer fósforo, sino queso. No quiero comer salvados, o avena o mijo; quiero comer pan y, de ser posible, blanco y bien cocido. No quiero comer omega-3; quiero comer sardinas, atún, boquerones y chicharros. No quiero, en suma, “tomar” que eso se hace por las vías bajas, y nunca por las altas; yo quiero comer y cenar; y que me dejen de payasadas. Y luego, cuando pasen la cuenta, si te cuesta un pastón pero te has puesto como el Tenazas, pues… como era la hija del obispo, viva Cristo, viva Cristo. Como era la hija del obispo viva Cristo, Cristóbal Colón.

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3 Respuestas a “DON CARLOS DE AUSTRIA Y SU GENEROSA MESA

  1. Vaya Ángel!! Con gente como tu, me arruino. ¿Que tiene de malo comer mijo y avena?

  2. ¡¡Te vas a enterar, cuando vengas a casa!!

  3. viejecita

    He disfrutado muchísimo con esta entrada.
    Muchas Gracias Don Angel
    Lo malo es que los restaurantes donde se comía bien : cosas reconocibles de toda la vida, en su perfecto punto, y en cantidades que te dejasen satisfecha, están echando el cierre. Ya han cerrado Salduba y La Nicolasa en San Sebastián, Castelló 9, Jockey, Príncipe de Viana, en Madrid…

    En cambio cada vez hay más restaurantes de esos llenos de estrellas, donde te explican como fueron a la luz de la luna a segar los cuatro hierbajos que te ponen en el plato, donde no reconoces lo que estás comiendo: todo espumas y suspiros, y donde sale el chef, en plan triunfal, a los postres, a que le felicites.

    Total, que cada vez es más complicado comer bien fuera de casa.