DON PÍO BAROJA EN CUATRO CAMINOS

BAROJO

«Este es el hospital del Cerro del Pimiento -dijo el Libertario.
Siguieron adelante.
Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las torres, todo enrojeció y fue dorándose poco a poco.
El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas; un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte, al caer sobre la arena, parecía derretirla e incendiarla».

Así, con esta rica prosa, con su acostumbrada y extraordinaria capacidad de descripción, nos llevaba don Pío Baroja, aquel viejo escritor de bufanda y boina, que fue capaz de escribir más de un centenar de las mejores novelas que se hayan escrito en el mundo, por los límites del barrio de los Cuatro Caminos de Madrid. Lo hacía en su novela La busca, incluida en la trilogía La lucha por la vida, que completaban Aurora Roja y Mala hierba.
El Cerro del Pimiento era un montículo que se alzaba en el actual Colegio Mayor San Pablo en el paseo de san Francisco el Grande –antes Antiguo Camino de Aceiteros-. Limitaba con el actual palacio de Loterías y el edifico de Hacienda de la calle de Guzmán el Bueno. Por debajo se extendía hasta lo que hoy es el Tribunal Constitucional y la Universidad San Pablo-CEU. Pues bien, este territorio se convertiría en un tránsito habitual en los paseos del escritor vasco.
Toda ella era una zona de chabolismo y terraplenes. Muy insana por la presencia de los Cementerios del Norte (el Campo de las Calaveras) pero que, al tener sobre su cerro, un pequeño campo de fútbol de la Federación castellana, los muchachos lo utilizábamos para jugar y, los domingos, para ver partidos federados.

HOSPITAL
Don Pío, con su prosa melancólica y apesadumbrada dibuja, más que narra, el paisaje de aquel Cerro del Pimiento: «Y el paisaje árido, unido a la pobreza de las construcciones, a los gritos de la gente, a la pesadez del aire, al calor, daba una impresión de fatiga, de incomodidad, de vida sórdida y triste…»
En el siglo XIX prácticamente todo el terreno entre los jardines del Conde Valle de Suchill y Cea Bermúdez eran un camposanto conformado por varios cementerios. No muy lejos de allí, en el estadio de Vallehermoso que ahora se está remodelando había otro más, el Sacramental de San Martín, San Ildefonso y San Marcos, edificado por Graviña. A esto se le llamaba el Campo de las Calaveras. De estos camposantos escribió Baroja: «Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían, envueltas en plantas trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbrelas»
Podemos, gracias a su capacidad de descripción, imaginarnos cómo era el cementerio de san Martín: «El cementerio, con sus columnatas de estilo griego y sus altos y graves cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas, formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya desgastados, y en los rincones, tumbas, que daban una impresión poética y misteriosa»
Por el Cerro del Pimiento gustaban de pasear tanto Azorín como Pío Baroja. El Cerro del Pimiento, escribió Baroja, «es nombre madrileño neto, zarrapastroso, de un pueblo enemigo de la solemnidad». Allí pasó Baroja una tarde con Galdós, el primero con su boina y el segundo con su gabán raído, bufanda y sombrero blanco.
Don Pío, gran amante de la vida madrileña y, en especial, de los Cuatro Caminos, dejó escrita la siguiente poesía:

El Chato de las Vistillas
le decía al de Pozuelo
No hay quien conozca cual yo
el gran mundo madrileño.
Tengo buenas relaciones
y buenos conocimientos
desde la Bombi hasta el rastro
y del rastro al Estrecho.
Conozco a los maleantes
que van al Pardo al ojeo
y a los que cazan con liga
en el Cerro del Pimiento.

Para aquellos que no conozcan el barrio, la Bombi era el merendero de la Bombilla, (la Bombi para los castizos) que había tanto en los depósitos del Canal como en Tetuán y no, como algunos puedan pensar, por el mercado homónimo que hubo en la calle de Villaamil. Al señalar el rastro, evidentemente, se refiere al rastro de Marqués de Viana.
Don Pío, que era un escritor apasionado, tenso y constante, reconocía su carácter taciturno con las siguientes palabras:

TRILOGIA

«Nietsche ha insistido mucho en la diferencia del tipo apolíneo (claro, luminoso, armónico) con el tipo dionisiaco (oscuro, vehemente, desordenado). Yo, queriendo o sin querer, soy un dionisiaco. Este fondo dionisiaco me impulsa al amor por la acción, al dinamismo, al drama.
La tendencia turbulenta me impide el ser un contemplador tranquilo, y al no serlo, tengo inconscientemente, que deformar las cosas que veo, por el deseo de apoderarme de ellas, por el instinto de posesión, contrario al de la contemplación. Al mismo tiempo que esta tendencia
por la turbulencia y por la acción —en arte, lógicamente tengo que ser un entusiasta de Goya, y en música, de Beethoven—siento, creo que espontáneamente, una fuerte aspiración ética… Esta aspiración, unida a la turbulencia, me ha hecho ser un enemigo fanático del pasado, por lo
tanto un tipo antihistórico, antirretórico y antitradicionalista. La preocupación ética me ha ido aislando del ambiente español, convirtiéndome en uno de tantos solitarios, robinsones con chaqueta y sombrero hongo, que pueblan las ciudades»

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