ALMA DE TANGO

TANGO

Don Epafrodito Maula se ha hecho viejo de repente. El pobre don Epafrodito Maula, al levantarse de la cama sintió que las piernas le pesaban enormemente y que la reuma, ese cardenillo que oxida y se agarra a los huesos como las madreselvas en flor a la pared, se apodera de su cuerpo convirtiéndole en un descolado mueble viejo. Don Epafrodito Maula se incorporó como pudo, no sin dolor, y frente al espejo se observó detenidamente mientras insultaba al azogue de su patente decrepitud.

De aquel hombre que antes fuiste ni la huella queda ya, sos un joven y estás viejo, son una hoja que se va…

Don Epafrodito Maula entornó tristemente el mirar y adivinó el parpadeo de las luces que a lo lejos marcaban su retorno. Después imaginó el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia le vieron volver a aquel barrio plateado por la luna, con el alma aferrada a un dulce recuerdo, que lloró otra vez.

Don Epafrodito Maula había vuelto recién a su Buenos Aires querido en busca de la Eumelia. La Eumelia, cuyo nombre en gallego –gasheeeego– quiere decir “la que canta bien”, era una moza romántica, una pebeta que en lugar de corazón tenía un bandoneón arrabalero. Un bandoneón que, en lugar de emitir sístoles y diástoles emitía los primeros sones de La Cumparsita. La Eumelia era flaca, tres cuartas de cogote, una percha en el escote, bajo la nuez chueca y un cuerpo terso y terne como la barra del Metro. Un cuerpo para cogerse a él y enroscarse como la bicha del pecado original.

Don Epafrodito Maula recordaba cada centímetro de piel del cuerpo de la Eumelia. Lo fue rememorando, para sus adentros, mientras se calzaba un terno color café con leche. Una vez vestido ladeó con arte el sombrero como hacía Carlitos. Carlitos era Gardel, naturalmente, ¿era posible algún otro apellido? Don Epafrodito encendió un cigarrillo y se atusó con las palmas de la mano las sienes plateadas por el tiempo. Don Epafrodito Maula salió a la calle del barrio plateado por la luna y tiró a la derecha con destino a Corrientes tres, cuatro, ocho. Tomó aquel caminito que entonces estaba bordado de trébol y juncos en flor y que ahora, con esto del calentamiento y el cambio climático, estaba cubierto de cardos y con la huella borrada. ¡Vaya por Dios!

Conforme iba acercándose a la Boca pensó en la Eumelia. Recordó cómo sus últimas palabras se clavaron en su alma como una fría navaja cachicuerna de siete muelles.

Deja esa vida, no seas cobarde, cambia de vida, sé más varón…

Don Epafrodito Maula, en aquellos instantes, sintió la indiferencia del mundo que es sordo y es mudo y se dijo, dice: ¡Ay, Epafrodito! ¿Vos no te das cuenta de cómo estás, pendejo?; hecho un boludo y un güebón. Vos que tenés el alma inquieta del gorrión sentimental y ¿cómo te ves ahora?, llorando tu alma de fantoche solo y triste en esta noche, noche negra y sin estrellas. Una noche en la que no habrá más penas ni olvidos.

Eumelia, mi amor, perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón…

Don Epafrodito Maula sabía que la Eumelia le había querido. Le había querido como nunca quiso a nadie, con no podrá querer. Don Epafrodito Maula llegó por fin a Corrientes. Joder con Corriente, se dijo, si está en el quinto coño… Don Epafrodito Maula, decía, llegó por fin a Corrientes y se colocó estratégicamente bajo el farolillo de la calle en que nació su amor con la Eumelia. Esperó a que la ventanita de su calle de arrabal, donde sonreía esa muchachita en flor se abriera y apareciera la pebeta. Luminosa, como siempre, para susurrarle, como un quejido de violín que

no habrá más penas ni olviiiiiiiii-i-do

Don Epafrodito Maula le contestaría que dentro de su pecho, hay un fuelle que rezonga en la cortada mistonga y que, si me vuelve a rechazar

se me pianta un lagrimón

Don Epafrodito Maula recitó, para su coleto, el mensaje que llevaba preparado sobre que si las copas traen consuelo, aquí estoy –dijo- con mi desvelo para ahogarlos una vez más. Pero ¡ay! quien le diría a don Epafrodito que la liviana y etérea Eumelia

en lugar de una pebeta fuera un gaucho con bragueta como un Chalcha de opereta o un Cafrune sin chaval

La Eumelia; la bella Eumelia, flor que nunca se marchita,

convertida en montonero; en un rudo pampero tras un corte de escalpelo y un trasplante fané.

Y ahora, ¿vos que hacés?, preguntó la Eumelia. Don Epafrodito Maula recordó aquellas palabras. Aquellas últimas palabras que la Eumelia le dirigió y por las que se alejó de ella, perdiéndola, definitivamente. No quería que volviera a pasarle. La frase de la Eumelia se le clavaba en el alma:

Deja esa vida, no seas cobarde, cambia de vida, se más varón…

Mi querida Eumelia, como dijo mi papá allá en su parroquia gallega, metido en el laberinto, lo mismo da blanco que tinto…

Don Epafrodito Maula se extirpó aquello que se puso falso la Eumelia y, cogidos del bracete salieron del hospital con el alta médica. Don Epafrodito, vestido con un vestido de vuelo, sobre un albo y almidonado canesú, encontraba difícil caminar con aquellos zapatos de tacón de aguja. Si al menos fuera Aldea, pensó… Caminaron en dirección a la margen de babor del río, bajo una luna arrabalera. Don Epafrodito ahora es Emma Frodita y la Eumelia, Lionel se dicen ternezas al oído:

Hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta, los morlacos del otario los tirás a la marchanta como juega el gato maula con el mísero ratón

Don Epafrodito Maula, ahora Emma Frodita, besó el cuello de la Eumelia, ahora Lionel mientras, a lo lejos, una concertina mueve el fuelle y una melodía navega sobre la nívea espuma del río de la Plata. La Emma Frodita y el Lionel, ceñidos por la cintura, mareados de luna y tango miran el cielo estrellado. En una casa, un gramófono, nos trae la voz metálica, clara y personal de Carlitos…

Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones, te engrupieron los otarios, las amigas, el gavión; la milonga entre magnates con sus locas tentaciones donde triunfan y claudican milongueras pretensiones se te ha entrado muy adentro en el pobre corazón

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