OFICIOS PARA EL RECUERDO. VERDUGO

garrote

Oficios como el sereno de chuzo golpeador y manojo de llaves; el afilador chiflando el caramillo mientras gira la piedra de amolar; el pregonero de turuta de cobre; el recadista que, en burro o en autobús, se desplazaba de los pueblos a la capital para realizar sus encargos; el colchonero, al hombro su curva vara de atizar lana; el resinero de afilada azuela… han desaparecido para siempre. Con ellos se ha esfumado también una parte de nuestra cultura y una herencia ya imposible de transmitir. Todos sentimos la pérdida de estos y otros oficios que han formado parte de nuestras vidas, de nuestro paisaje y de nuestro recuerdo. Pero ¿sentimos la pérdida de todos o solo de algunos? Existe un oficio al que, nuestro modo de vida, nuestra elección de cómo gobernarnos, ha condenado a la desaparición; me refiero al oficio de verdugo.
El verdugo en España era el funcionario encargado de ejecutar (nunca mejor dicho) las penas de muerte o corporales que la administración de Justicia dictaba. El verdugo, a lo largo de los años y en distintos países o civilizaciones, ha sido heredado de padres a hijos. Recordemos la historia de El verdugo, del genial García Berlanga y cómo Pepe Isbert trataba de convencer a un yerno pacato de la importancia de tener un oficio y, al paso, el beneficio de un piso. Así, no ha sido extraño encontrar sagas de verdugos, como la familia Samson, en Francia y otras, como veremos, aquí mismo en España.
En nuestro país han cumplido su oficio verdugos que han sido referentes en la profesión. Gregorio Mayoral, el verdugo de Cavia, Burgos, titular de la Audiencia burgalesa entre 1892 y 1928. Antonio López Sierra, un pacense que ocupó la plaza titular en la Audiencia Territorial de Madrid entre los años 1949 y 1975. Cándido Cartón, madrileño y titular de las Audiencias de Sevilla y Madrid (eso para los que dicen que nadie es profeta en su tierra). Florencio Fuentes Estébanez, último verdugo durante la república y principios del franquismo, palentino de Osorno la Mayor. Este Florencio debió de sufrir algún problema de conciencia pues se negó a seguir ejerciendo. Fue condenado y expedientado suicidándose en 1970. Bartolomé Casanueva Ramírez, alias Bartolo, que fue apuñalado varias veces en dos años hasta morir a manos de anarquistas. Esto sí que fue tomar el rábano por las hojas. En lugar de apuñalar al juez matan al verdugo. Esto de morir por el servicio también le ocurrió a Federico Muñoz Contreras y Rogelio Pérez Cicario. Casimiro Municio Aldea (vaya, Navegante, esto sí que es sorpresa…), quien junto a Gregorio Mayoral dio boleto a los condenados por el crimen del expreso de Andalucía. José González Irigoyen. Hijo, primo y hermano de verdugos, quien llegó a ejecutar a 192 reos. No vamos a traer aquí más verdugos por no cansar.
Don Julio Gómez de la Serna, el gran traductor de Oscar Wilde, publicó en la revista Mundo Militar, número 34, de 31-12-1908 una relación titulada “Arancel para pagos de derechos al ejecutor, Plaza de Ceuta”. Los verdugos, como bien puede apreciarse, cobraban por trabajo hecho y no, pese a ser funcionarios, un sueldo reglado, tal como hacen los bedeles, los administrativos, los catedráticos de universidad, los ingenieros de obras públicas, los torreros de faro, etcétera.
Los datos de la minuta del verdugo, a principios del siglo XIX eran los siguientes: por ahorcar a uno, 150 reales de vellón; por cortarle una mano, 75; por descuartizarlo, 375; por cortarle la cabeza, 75; por colgarle de la horca el menudo y los cuatro cuartos (obsérvese que similitud tan aproximada al lechazo), a dos pesos la pieza, 210; por freírle la cabeza, 75; por freírle la mano, 75; por colgar la cabeza en público, 30; por dar azotes, 22; por cualesquiera otra justicia, 22. Se le abonaban, aparte, los gastos de aceite, carbón y el uso de la cazuela que, como puede imaginarse, las ponía el verdugo.
Entiendo que a algunos de ustedes, los más remilgados, les parezca que freírle la cabeza a uno puede parecer un barbarismo, que diría Cantinflas, pero hay que tener mucha maña para freír la cabeza a alguien, sobre todo si es cabezón. Yo, que intento asar cabecillas de cordero, siempre las saco pasadas o poco hechas.
Según don Camilo José, el escritor de los tres premios, dejó escrito un perfil de Gregorio Mayoral que siempre me sorprendió. Mayoral, según Cela, fue hombre cuidadoso y cumplidor; dicharachero y locuaz. Él y no otro, fue quien ejecutó a los tres hermanos Goñi en Pamplona. Debió de ser un trabajo exhaustivo. Tanto que le llevó a inventar un ingenio que supliera la palanca de tirón, que no era suficientemente rápida y daba mucha fatiga física. Efectivamente, Mayoral sustituyó la palanca por la rosca, un gran avance que facilitó la muerte instantánea del reo. Podríamos decir, que el verdugo Mayoral fue un romántico del garrote vil.
Don Gonzalo Avello, escritor, gastrónomo y locutor en Unión Radio, entre los años 20 y 30 del siglo pasado, conoció al verdugo Mayoral y relata de él anécdotas de sus trabajos que dan idea de cómo era de puntilloso. Gregorio Mayoral llevaba un cuadernillo de notas en el que apuntaba el tajo cumplido, y arranca con una anotación que dice: Número 1.- 5 de mayo 1892. Miranda de Ebro. Cabo Bezares. Observaciones: muy duro. Aunque el verdugo Mayoral siempre dijo que “todos los hombres, sentados, son iguales” tenía sus propias anotaciones sobre el comportamiento de cada uno de sus ajusticiados.
Pero volvamos al Mayoral inventor. El verdugo Mayoral inventó también una uña o pestaña para sujetar el tornillo y, de él puede decirse que fue un revolucionario de la técnica de agarrotar. Experimentaba con gatos, naturalmente, ¡no iba a hacerlo con cristianos! El año en el que más trabajo tuvo de seguido fue en 1900, se conoce que el cambio de siglo alteró a la gente y tuvo que apiolar a seis reos uno tras otro. En vista del esfuerzo tuvo que coger un becario, al que apodaban El Gato y que, posteriormente, acabó de dependiente en una droguería. Debía de ser un flojo; en fin…
Mayoral estaba especialmente orgulloso de Angiolillo, reo que mató a Cánovas y que mereció, en sus apuntes, el calificativo de muy valiente en las observaciones. Angiolillo fue un hombre muy tranquilo y con él fue con el único con el que, Mayoral, como prueba de respeto, colgó su gorra de la manivela de la máquina. Angiolillo, quien fue uno de los escasísimos condenados a muerte que dio, sentado ya en el taburete, las pulsaciones normales, le preguntó:
¿Cómo me pongo?
Mayoral lo acomodó y apretó la manivela. ¡Qué tío!
Mayoral tenía un estilo un tanto chulo y prepotente de agarrotar. Empujaba la manivela con el hombro, a la media vuelta, casi como un organillero que tocara, a la media vuelta aquello de: Madrid, Madrid, Madrid. A la vez que empujaba con el codo hacía un movimiento con el mentón en el momento cumbre que no ha sido, todavía, superado por nadie.
Para terminar, pues serían inagotables las anécdotas de este oficio perdido, Mayoral ajustició a uno de los últimos bandoleros españoles, Demetrio Fernández, el Gallego, en Burgos, el día de san Danacto del año en que Puccini estrenó Madame Butterflay y que mereció la calificación de valiente. Fue toda una conversación estando ya atado al palo.

– Espera un poco, maestro.

Volviéndose al director de la prisión, le dijo:

– Pido a usía que me suelten las manos un minuto.

El director hizo una seña a Mayoral y Mayoral soltó las manos al Gallego, quien sacó un pañuelo de seda del bolsillo y se lo puso alrededor del cuello.

– Es que eso está muy frío.

Eso, era el corbatín del hierro. Verdaderamente, en Burgos, en enero, de madrugada y en semejante trance, debe de estar todo bastante frío.
Gregorio Mayoral no supo qué contestar. El Gallego volvió a juntar las manos y añadió:

– Dale cuando quieras

Aquellos eran hombres y no lo que gastan, hoy en día, nuestras esposas….

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