UN RECUERDO DEL INFANTIL COLEGIO

Aquel día, como todos los demás, iba al colegio muy pronto. Quizás demasiado pronto para ser la hora de entrada. Siempre me gustó madrugar y, ahora ya mayor, mucho más. Mi madre –Dio come ti amo, que diría Modugno- me había despertado de una forma suave, como hacía siempre, pues yo me despertaba alterado y ella quería evitarlo. Ya tenía preparado el desayuno. Me lavaba como el gato, un pequeño agua, tampoco mucha que afuera hacía un frío mesetario. El bocadillo para el recreo; hoy tocaba tortilla francesa. Recién hecha. Demasiada tentación como para llegar a la hora del recreo. Me lo comía mientras subía la calle de Castilla arriba en dirección al Zumalacárregui, que así se llamaba mi colegio. Dios proveerá, decía, y así era. Un trozo del amarillo queso Cheddar, que mandaban los americanos solucionaba el hambre del mediodía. La leche en polvo no; ¡puff! Ese olor… Prietas la filas, De Isabel y Fernando, Yo tenía un camarada. Rompan filas y ¡arriba! Como zulúes pataleando. Siempre pensé que un día se caerían abajo los escalones. No fue así; aún hoy siguen recios y fuertes, como antaño. Salimos a casa a comer. Menos mal… Antes de salir un pequeño partido de fútbol en el patio de abajo. La pelota (entonces no había balón) caía irremediablemente a los urinarios que hacían de medianil con el edifico de al lado. Por fin, tras venir a buscarme mi hermana, bajábamos a comer a casa.

COLE

Cruzábamos Bravo Murillo con la vista puesta en la cesta de la pipera que, hiciera frío o calor, estaba sentada en el zaguán de la camisería Pingarrón, en la calle de Castilla esquina a Bravo Murillo; frente a la Mejillonera La Ría. Nuestra cara se iluminaba ante el tesoro que se nos ofrecía: pipas, caramelos envueltos y sin envolver. Caramelos que eran gajos de naranja o limón, con su azúcar pegado que raspaba la lengua. Morados caramelos con sabor a violeta imitando una flor. Pastillas de café con leche de la Viuda de Solano. Caramelos Saci, de menta, de fresa y de cola. Estos dos últimos sabores eran una novedad de aquel año. Torraos con su pátina de blanca harina, trozos de orozuz, que llamábamos paloduz o, peor aún, palolú. Regaliz en tira; duro como un diablo; también en disco, flexible y de dos colores: rojo o negro. Pastillas de leche de burra, harinosas y sin apenas sabor. Chicles de menta y fresa. Chicles bazzoka o lengüetillas de chicle americano Cheiw Junior, que se inflaba y se hacía sonar para cabreo de los abuelos. Pan de higo, algarrobas, -kikos aún no había-, altramuces y arrugadas chufas húmedas del agua en que se conservaban hidratadas.

cheiw

bazooka

A dos reales el vaso. Las gominolas, las alargadas chocolatinas, las onzas de chocolate: ¡Chaval!, toma Vitacal. En una esquina del puesto una pirámide de cucuruchos hechos con papel de periódico, en la otra un par de cajetillas de tabaco para su venta al suelto. Piedras de mechero, cerillas. Colgando del puesto sobres sorpresa, dos molinillos que se movían imparables con el viento, yoyos, pitos, caramillos como la flauta del afilador. Sobre de cromos: La liga, Vida y Color, etc.

fort cheyen

FACUNDO

Junto a la pequeña silla donde gobernaba la cesta; un botijo blanco, alto, con una tapa de ganchillo hecha ex profeso para evitar la entrada de hormigas y otros insectos. En el pintorro, y cogido de una pequeña pita de bramante, una pieza hecha de madera tapa la salida del agua. El agua fresca, con un ligero sabor a anís. A perra el trago…

PIPERA

La pipera era una señora muy mayor, vestía un traje negro y se cubría los hombros y las piernas con una toquilla y una manta del mismo color. Allí, arrugadita, incólume, parecía una figura del belén. Una figura humana hecha del mismo barro con el que Dios hizo a Adán. Una mujer que, cuando el frío ya era insoportable, sacaba sus manos de los guantes también negros y escarbaba en una lata perforada de agujeros que contenía unos tizones medio apagados. Una suerte de brasero que, por desgracia para ella, no calentaba lo suficiente.
Una mañana, no recuerdo si de primavera, de otoño o de invierno –en verano teníamos vacaciones- la pipera no volvió y, aquellos tesoros, aquellas golosinas a las que nos asomábamos desaparecieron para siempre, junto con la pipera, de nuestras vidas. Fueron muchos años y muchos días los que la vimos allí, en el zaguán de Pingarrón. Nunca supe su nombre; nunca supe si era viuda o tenía marido; nunca supe si era feliz o, por el contrario, vivía en soledad… Aquella pipera que nos hizo feliz la niñez desapareció para siempre como desaparecieron nuestros infantiles sueños de buenas a primera. Hoy, cuando me he levantado de la cama, todavía dolorido por la noticia de la muerte de una familia intoxicada por comer basura, he pensado en la pipera y he pensado en lo que nos hizo soñar y lo poco que nosotros hicimos por ella. Desde aquí, y ¡a buenas horas mangas verdes! la pido perdón por ello y agradezco su presencia y su paciencia con tantos y tantos niños como alborotamos su pequeño negocio.

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