MORIR DE HAMBRE EN ESPAÑA

operacion-kilo-retiro--644x362

Ayer, tan solo unos días antes de que se cumplan las Navidades, y mientras la gran mayoría de los españoles, haciendo caso de las autoridades, nos aprestamos a realizar nuestras compras navideñas para evitar los abusos de los grandes centros, una familia sevillana; una familia cualquiera de un sitio cualquiera de este país que aún se llama España, moría en bloque por la ingesta de basura. Una familia que se alimentaba de comida caducada que les regalaban, según la prensa. Que se alimentaba de comida caducada que recogían en los contenedores de basura de los supermercados, según otras fuentes. Una familia que no tenía ni salario social, ni empleo, ni futuro, ni ayudas de ningún tipo. Una familia como tantas en esta España de bancas rescatadas.
Ahora, una vez cumplido su triste sino, la portavoz municipal, Miriam Burgos, ha señalado que “la familia residía en Alcalá desde hacía algunos años pero no era usuaria habitual de los servicios sociales de la ciudad, aunque este año en el mes de octubre el padre (el hombre fallecido de 61 años) solicitó el salario social”. Es  cierto que muchas personas, por vaya usted a saber qué mecanismo –vergüenza, ignorancia, orgullo, etc.- no quieren recibir estas ayudas, pero para eso están los servicios sociales en los ayuntamientos. Igual que los mendigos son obligados a alojarse en albergues durante el frío, deberían estos servicios sociales obligar a estas personas a recibir aquello a lo que tienen derecho. Un hombre –máxime si tiene hijos menores- no puede decidir dejarse morir. Eso es obligación de los servicios sociales y para hacerlo cumplirlo están las policías, los juzgados y hasta –según el gobierno- los vigilantes jurados.
Ayer, justamente, era el día que habían elegido los Bancos de Alimentos para llevar a cabo su extraordinaria campaña navideña denominada “Operación kilo”. En cada supermercado, en cada tienda, en cada gran superficie los voluntarios de los Bancos de Alimentos, con un sacrificio encomiable, haciendo frente al frío, estaban al pie de las puertas de entrada pidiendo ayuda a los ciudadanos para paliar el hambre de cada día más gentes de nuestro país. Daba gusto ver cómo la ciudadanía, su gran mayoría, colaboraba dejando sobre las mesas de los voluntarios aquellos paquetes de comida, aquellas bolsas con comida, que podían entregar. Voluntarios que no pertenecen a ningún estamento oficial, que no pertenecen a ninguna organización empresarial o sindical, que no pertenecen a ningún partido político, que no pertenecen a ninguna asociación bancaria, que no pertenecen a ninguna organización de autores musicales, de autores cinematográficos, y seguiría así hasta denunciar a todas aquellas instituciones que viven de las subvenciones de nuestros impuestos, mientras nuestros conciudadanos, precisamente esos que aportan los impuestos que le son necesarios para no morir de hambre, mueren por comer basura en las fechas anteriores a las navidades de este 2013.
Patxi Andion, aquel cantante vasco que nació en Madrid, cantaba, en los años setenta, una canción que decía:

Hoy, rigurosamente hoy,
ha nacido un nuevo muerto.
Ha nacido un nuevo niño en la calle,
la calle será su escuela, su universidad,
su casa el asfalto, su morada,
y la sociedad urbana le irá formando en secreto,
y el suburbio le hará cama y será alarma
y el arrabal le hará diestro de la lata y del solar.
Mentiroso, chamullante, maestro de la miseria,
descuidero, embaucador, estafador, anarquista o…
o quien sabe;
quién sabe si quizás antes de morirse o matarse
podrá del hambre vengarse
para ser puente o ser morada, o reventar tristemente
en una asquerosa arcada, con perdón,
para ser simplemente historia de una canción…

Ayer, cuando volvía de hacer las compras navideñas, cuando volvía de entregar, lo que buenamente pude para el banco de alimentos, pongo en marcha el ordenador y me encuentro con la noticia del fallecimiento de esta familia. Pasé una tarde de perros. A fin de cuentas, me dije, el mundo debe seguir su curso. Intentaba olvidarlo. Más tarde, ya en la cama, no pude dejar de pensar en ello. He pasado una noche de perros y no he tenido más remedio que escribir esto al levantarme, pensando –iluso de mí- que podría vaciar así la culpa que, como miembro de esta sociedad, me embarga por consentir esta miseria. ¡Vano intento! En esta mierda de país, que aún se llama España; un país que, como escribía Gila, en aquel chiste genial, donde unos mendigos vivían bajo un puente y leía el padre una noticia a la madre. Mira lo que dice aquí: hemos dado a los negritos mil millones de pesetas en ayudas. Y la madre, que intentaba hacer un caldo con agua del río y un hueso mondo y lirondo, contestaba: ¡Es que los españoles tenemos un corazón de oro! Efectivamente; y para ello no hay más que acudir a cualquiera de las página web de cualquier organización no gubernamental, a la página web del ministerio correspondiente, a la web de Instituto Español para la Cooperación y ver cómo España sigue cooperando con países con hambrunas, con regímenes que explotan a sus ciudadanos, con ayudas a paliar desastres producidos por terremotos, por tifones, por aguadas… Lo hace, incluso, mientras sus conciudadanos mueren de hambre en Sevilla, unos días antes de la Navidad. De esas fechas festivas en las que tenemos que tirar la comida por la gran cantidad de ella que hemos acumulado.
Patxi Andión, aquel cantante vasco que nació en Madrid, terminaba su canción, su poema, con estos versos:

De cada 13 nuevos niños que nacen
diez lo hacen en la cama y 3 en la calle.
Y mientras los diez primeros comen
los otros tres se mueren de hambre;
mas… no puedo seguir juzgando,
no debo… ¡no tengo hambre!

Anuncios

Los comentarios están cerrados.