LA CASA DE ENFRENTE. Una aproximación a Rabindranath Tagore

tagore

Todo el mundo, mejor aún, casi todo el mundo, vive en la casa de enfrente de la casa de enfrente. Esto puede parecer un trabalenguas pero no es así. Rabindranath Tagore lo explica muy bien en el texto de una canción suya, Amar Shonar Bangla, cuyo texto sirvió para poner letra al himno de Bengala. La casa de enfrente está toda ocupada aunque, en buena lid, si te asomas a la ventana o al balcón no veas más que tres pisos. El piso de enfrente, es en el que las personas que lo habitan están completas. Esto es, con su cabeza, con su tronco y sus extremidades, ya que en el inferior no tienen más que piernas y en el superior sólo hay cabeza y parte del tronco; pero no tienen piernas.
¿Y no será, don Dimas, que como usted se asoma desde el tercero, al del segundo no se le ve más que las piernas y al del cuarto sólo el tronco y la cabeza?
Pues igual va a ser eso, no digo yo que no…
En el piso tercero de la casa de enfrente vive una santera que se pasa el día arrodillada. Se conoce que reza mucho. Recibe a señoras solas y a señoras con niños. Hombres acompañados de sus señoras también se ven, pero menos. Los recibe en el salón de su casa, se arrodilla ante ellos, se besa los dedos y los pone sobre el cuerpo de los visitantes.
¿Está usted seguro, don Dimas?
¡Hombre!, no lo he de estar, si lo veo cada día.
Es que yo conozco a doña Tránsito, que es la pantalonera que vive en el tercero y, lo que hace, es arrodillarse para marcar los bajos; luego coge unos alfileres de su boca y toma la medida del dobladillo.
¡Anda! Pues quién lo diría, ¿verdad usted?
Pues muy bien. Como le decía a usted, don Matías, el Rabindranath Tagore, era natural de Silla, en la provincia de Valencia. Su nombre en castellano era Crescencio y en bengalí রবীন্দ্রনাথ ঠাকুর, que quiere decir cenefa de baldosín. El padre del Rabindranath, o sea, el Crescencio, se llamó Debendranath, que en castellano quiere decir Sulpicio, era natural de Chiva, también en el Reino de Valencia. El Sulpicio era podólogo-callista. Su tarjeta de visita decía don Sulpicio Tagore Podólogo. Especialista en ojos de gallo, durezas y otras células inertes en la dermis. Calle de los Toros, s/n. Dejar avisos a la portera. El Sulpicio, tan valiente con los quita cutículas, las tenacillas y la piedra pómez era, lo que suele decirse, un cagón con los petardos. El Sulpicio tocaba el bombardino en la banda municipal de la que le echaron porque se le soltaba el vientre cuando escuchaba una mascletá, un petardo o una bomba china.
¡Fora!, le dijo el director. Eres la vergonya de la banda
El Sulpicio se cogió el petate y se marchó a la India profunda donde el silencio es fundamental para que no se despierte el tigre de Bengala.
Aquí, con este prudente silencio, empezaré una nueva vida.
Dicho y hecho. Metió un braguetazo con la hija única de un Maharishi y se llevó unos beneficios parafernales que se vieron aumentados con los relictos subsiguientes al óbito.
Joder, don Dimas, ¡qué verbo!
Gracias, gracias. Tome usted otro blanco, por favor…
Pues el Sulpicio, una vez casado y cobrados sus dotes y herencias se estableció junto con su Sarada Ravat, una mora de Larache cuyo verdadero y moruno nombre era Sara Rabat y se dedicó a tener hijos. Hasta catorce tuvo el Sulpicio. Se conoce que eso de andar bamboleando el negociado bajo la sábanilla da mucho gustirrinín. A todos sus hijos los llamó de formas extrañas y extravagantes: Dwizendranath, Satyendranath, Hyotinindranath, Rabindranath, etc. Bueno, etcétera no es nombre, quiero aclarar… El “dranath” que se añadía a cada nombre significa en castellano “de los cojones” y es que, se conoce que el Sulpicio no aguantaba a los niños.
El Crescencio, que era el menor de los catorce hijos del Sulpicio, fue a estudiar a Brighton y al University College of Londón. No acabó sus estudios ya que pasó los tres últimos años bebiendo cerveza negra y bailando Bollywood. En uno de los pub londinenses conoció a la Mrinalini Devi, alias Marilyn con la que se casó al día siguiente de la Purísima del año en que se inauguró el puente de Brooklyn. Tuvieron cinco hijos que se fueron muriendo, uno tras otro, hasta que solo quedó la Gurutzina, la menor. Se conoce que el Crescencio tenía mal fario para la paternidad. En 1882 publica el famoso poema Nirjharer svapnabhanga que en castellano iba a llamarse El jadeo tras la masturbación pero que, por problemas de censura, tuvo que llamarse El grito de la cascada. Así es la vida…
A finales del siglo se trasladó a Bangladés donde vivió en una casa-barco alimentándose, tan solo, de berros y pescados que se alimentaban de los cadáveres que navegaban el Ganges. Por la escasa alimentación y la solanera quedó algo delicado de la cabeza pero, no obstante, siguió escribiendo. El nuevo título fue Sonar Tari, lo que ya da una idea de cómo le quedó el magín tras la abstinencia.
Después de los fastos del cambio de siglo se marcha a Shantiniketan, donde conoció a Peret, un rumbero catalán con el que grabó un single precioso. Por una cara la rumba Shantiniketan, tran –tran y por la otra El gitano fino; aquel que decía:

Hay el cumbaco y la pastoooooora
turuay turuay ya se va
se va el cumbaco… Se va el cumbaco y se va
turuay turuay ya se fue
hay el cumbaco, el cumbaquito y se fue…

Con lo que sacó del disco y una parte de la venta de sus libros y canciones creó una escuela conocida como la Universidad Visva Bharati, o “Viva de gorra”, donde hacía másteres y doctorados donde enseñaba a los sindicalistas liberados su magisterio.
Viajó mucho por el extranjero mundo y conoció innumerables personalidades: William Rothenstein, un pintor de fama mundial que dominaba perfectamente el gotelé; W.B. Yates, armador y propietario de barcos gaseros y el misionero inglés Charles F. Andrews, monaguillo de Gandhi y padre de Julie, la de Sonrisas y lágrimas. Allí escribió en el idioma de Shakespeare el Gitanjali, tratado de gastronomía romaní cuya traducción es Comida gitana; recetario caló por el que obtuvo el premio Nobel y una estrella Michelín.
Tuvo, es también cierto, mucha amistad con Juan Ramón Jiménez, quien le tradujo parte de su obra, pero al que no llegó a conocer físicamente ya que la Zenobia, la mujer del Juan Ramón tenía lo suyo. El onubense le escribió cuando la Zenobia le obligó a vender el burro Platero a una charcutería del Bierzo para hacer cecina. El indio, como el propio Juan Ramón, no se lo perdonó nunca a la Zenobia y, por eso, no se presentó en Madrid. Una noche de san Cayetano, mientras la Zenobia bailaba chotis en Las Vistillas, el Crescencio –o el Rabindranath- doblaba la túnica tras encomendarse a los santos Mamés, Carpóforo, Exanto, Casio y Licinio en la ciudad de Calcuta.
Su hija, la Gurutzina, se casó en Bilbao con Andoni Joseba Ibaguren Altolaberri, Gasolinero Chico, banderillero de novillos-toros y preboste del PNV. La Gurutzina, que regentaba el batzoki de Derio, entregó a Aitxa Sabín un escrito de su padre, que consideraba a los vascos como los indios más al occidente, en el que figuraba la letra del Gora ta Gora, que el Crescencio llamó Gora Tagora, porque estaba dedicado a su hija. El Arana lo actualizó, quitando arbustos indios y poniendo robles, sustituyendo Bangladés por Euskadi y cuatro cositas más y lo aprobó como himno vasco.
El último miembro de la casta Tagore es Txomin Nagore –véase cómo la influencia española va transformando el apellido- que jugó en el Atlético Osasuna, el Atlhetic Club –antiguo Bilbao- y el Numancia de Soria.
Pero… ¿le importaría a usted cerrar la boca, don Matías?
Es que aún me tiene usted anonadado. Parece el cuento de la buena pipa pero en versión india.
¿Por dónde iba?
¡Y yo qué sé…!
¡Ah, sí!… Pues que resulta que como dejó escrito el Rabindranath Tagore todo el mundo, mejor aún, casi todo el mundo, vive en la casa de enfrente de la casa de enfrente. Esto puede parecer un trabalenguas pero no es así…
Usted perdone, don Dimas… Pero es que si llego tarde a la residencia mañana, la hermana portera, no me deja salir.
Vaya, vaya… mañana le termino la historia.

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