EL DEMETRÍN Y EL FESTIVAL DE SAN REMO

RAI

El Demetrio Mengual Acevedo, es natural de la alquería de Centenillo, municipio perteneciente a Talayuela, en el Campo Arañuelo, provincia de Cáceres, Spagna. El Demetrio Mengual Acevedo era pastor de cabras. De esas cabras que con el tiempo se llamarían veratas y de cuya leche se fabrican, en la actualidad, los quesucos con sabor a enebro, a hoja de roble, a bellota, al dulce higo de cuello de dama y a la tierna hoja de la zarza. En los tiempos en que el Demetrio Mengual Bravo, padre del Demetrín, se instaló en el pueblo, el paludismo era enfermedad muy extendida. Por aquellas épocas había trabajo en el pueblo. El insigne doctor don Sadí de Buen Lozano, catalán de Barcelona, había fundado el Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata y, como estaba interesado en la vida acuática, junto a su hermano Fernando, el doctor Sadí introdujo en Europa la especie Gambusia affinis, que era un pez carnívoro propio de los ríos que desaguan en el Golfo de Méjico. El Demetrio Mengual, padre, ayudó a los dos doctos hermanos a identificar las quebradas y arroyos del pueblo y pusieron fábrica –criaderos, los llamaban ellos- de gambusias que se comían las larvas de los mosquitos. Estos criaderos los cuidaba el Demetrio. El pueblo cobró su importancia internacional ya que, tanto en Italia como en el resto de Europa, se acabó con el paludismo gracias a los hermanos de Buen y las gambusias de Talayuela que el Demetrio criaba.
No me diga usted, don Dimas.
¡Vamos que si se lo digo!
El caso es que, sería por el paludismo, por efecto de las cabrás o ¡vaya usted a saber por qué!, el Demetrín, o sea el Demetrio Mengual Acevedo, resultó corto de talla. Esto, para quienes no queríamos entrar en quintas era una bendición, pero en el caso del Demetrín, que era marcial y juncal como un novillero, resultó un trauma. El Demetrín medía un metro y medio escaso. Las mozas, siempre tan puñeteras, comenzaron a llamarlo Demetrio y medio y, claro, el Demetrín como tenía el alma inquieta del gorrión sentimental, que dice el tango, se sumió en una depresión. Su padre, el Demetrio Mengual Bravo, tomó la decisión de enviarle a Italia, a la casa de Pepino di Lucca, un amigo del Demetrio de cuando acompañó a los Buen para aclimatar las gambusias. El Demetrín comenzó a estudiar canto, que era la manera –según le dijeron- más fácil de aprender el idioma. Y allí comenzó todo, don Matías.
Siga, hombre, que me tiene en vilo.
Ya va, esté usted tranquilo. Y échele más vino al vaso que se me seca el gañote.
Tenga usted. Pero siga, siga…
El Demetrín aprendió las mañas de la música. De la música y del canto. Afinó su voz de una manera impresionante incluso para sus compañeros. Con la terapia oportuna, y ya en un país donde su escasa altura no era motivo de chanzas le dio la oportunidad de desarrollarse y liberar sus miedos. Se dejó un tupé como había visto a aquel chico del cine que decían Presley y se apuntó al Festival della Canzone italiana, o sea, al Festival de San Remo con una canción que le habían escrito y que se llamaba Una lacrima sul viso que, en italiano, ahora su lengua decía así:

Da una lacrima sul viso
ho capito molte cose,
dopo tanti e tanti mesi ora so
cosa sono per te…

El éxito fue tan grande que, pese a no ganar porque ya estaba apalabrado el triunfo de Gigliola Cinquetti y Patricia Carli, un par de cursis que cantaban aquella ñoñada de Non ho l’età, se llegó a un compromiso para que, al año siguiente, se presentase y ganara. Así fue, el año siguiente el Demetrín ganó el primer premio con Se piangi se ridi. La anécdota es que, cuando se presentó el primer año, como era su primer festival, el Demetrín estaba acogotado por el miedo. Le sobrevino tal ataque de pánico que tuvieron que cambiarle el nombre y permitir algo que, hoy en día, no comprenderíamos: le permitieron cantar en playback.
¡Pero qué me dice…!
Lo que usted oye.
¿Cómo se quiere llamar usted?, le preguntó el psicólogo que le trataba para quitarle el pánico. Pues no sé, Roberto; como el hijo del marqués de Talayuela.
No es conveniente que adopte usted una personalidad que le produzca pánico y recuerdos del pasado. Si le gusta a usted el nombre de Roberto póngase Bobby, que es mucho más moderno. Elvis Presley también quiso llamarse Bobby, lo que pasa es que la casa de discos no se lo permitió.
El Demetrín, con su nuevo nombre fue a inscribirse al festival.
¿Nombre?, le preguntó el administrativo que tomaba nota de las inscripciones.
Bobby
¿Qué más?
Bobby solo; nada más
Conforme. Queda inscrito.
Y así fue como el Demetrín tomó para la vida artística el nombre de Bobby Solo.
¡Coño con el Demetrín…! Pero si Bobby Solo fue famosísimo. Le llamaban el Elvis Presley de la Cosa Nostra.
Efectivamente; ¿o qué pensaba usted?
¿Y lo del playback?
Pues lo del playback, como ya le dije fue por causa de un ataque de pánico escénico. Era eso o eliminarle, después de haberle permitido inscribirse. Para evitar el escándalo se le autorizó a grabar la canción, con la orquesta, una hora antes del comienzo del festival. Fue, por tanto, un playback más o menos en directo. La gente, una vez que se enteró, creyó que era una maniobra publicitaria para vender discos y no se lo tuvo en cuenta.
¿Y volvió al pueblo el Demetrín?
Naturalmente que volvió al pueblo. Una tarde, y a través de un telegrama, hizo saber a su padre que al día siguiente estaría en Talayuela. La gente se alborotó de tal manera con la visita del ídolo local –ya sabemos que en España si fracasas eres de ellos y si triunfas de nosotros- y su música que volvía loca a media Europa, que se organizó una recepción en la plaza del pueblo con la entrega de la nominación de hijo predilecto de Talayuela.
El pleno del ayuntamiento estaba reunido con la banda –cuatro tambores, un saxofón y un acordeón- y todo el pueblo rodeando la picota. A lo lejos se vio una polvareda que anunciaba la llegada de la comitiva. Cuatro motocicletas, dos motocarros y un haiga impresionante se dirigían a la plaza. La banda se arrancó por el brindis de La Traviata

Libiamo nè lieti calici
che la bellezza infiora,
e la fuggevol ora
s’inebri a voluttà.
Libiam nè dolci fremiti
che suscita l’amore,
poichè quell’occhio al core…

El Demetrín detuvo en coche frente a las autoridades y, lentamente, se bajó del haiga con cierta delectación. El alcalde sacó medio folio del bolsillo interior del chaqué y, desplegándolo con suficiencia, comenzó su plática:
Caro signore bobby è il nostro piacere…
En español, señor alcalde. Aquí, entre los míos, sigo siendo el Demetrín, o sea, el Demetrio y medio, como me pusieron todos ustedes de mote…
Los espectadores -todos los espectadores- bajaron la cabeza con vergüenza propia y ajena. El Demetrín, cualquiera podría verlo, pareció crecer, como la espuma de la cerveza, con su triunfo en la vuelta a su pueblo…

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