EL NEGRO WASHINGTON MENÉNDEZ RODRÍGUEZ

NEGRO

Hacía menos de una semana que había pasado la Inmaculada y ya estaba nevando. Don Crispín Retamas Valderacete echó cuentas y sonrió al recordar que, efectivamente, el día 3 del pasado mes de febrero, festividad de san Blas, había aparecido la pareja de cigüeñas en el nido del ayuntamiento. El refrán ya lo decía: el uno, hace día; el dos santa María; el tres san Blas y el cuatro san Nicolás. Pues va a ser que este será un año de nieves, pensó para sí. Las callejas que rodeaban a la plaza del ayuntamiento comenzaron a cuajarse de nieve. El negro Washington Menéndez Rodríguez salió, como cada día, a tocar el banjo al banco de la plaza Mayor. El negro Washington Menéndez Rodríguez estaba calado hasta los huesos y con la moca colgando de la nariz como un carámbano sucio y al desgaire.
¿Qué tocas Washington Menéndez Rodríguez?, le preguntó el pastor Lesmes Zancarrón, que venía con sus doscientas merinas tras él. A cada lado un perro mastín con su carlanca. Junto a ellos, acompañándoles en su lento y aburrido caminar, un galgo escurrido y hambriento que lleva, colgado del cuello, el trangallo de cuando la veda.
Tras la puerta doble del portalón del tío Cachimba, la Abundia, su hija, suspiraba mirando al negro Washington Menéndez Rodríguez.
El tío Cachimba padre de la Abundia, como ya se dijo, y tío carnal del negro Washington Menéndez Rodríguez, espiaba con las pajarillas del alma acogotando su garganta.
Pero Abundia, hija, no te tengo dicho que tu amor con el negro Washington Menéndez Rodríguez es imposible. ¿No comprendes que el matrimonio entre primos está prohibido por la Santa Madre Iglesia? ¿Es que no sabes que de primos hermanos sólo salen hijos tontos?
No es verdad, padre. El padre del bloguero Soria era hijo de primos hermanos y no era tonto. Aunque él siempre le decía que, de salir tontos eran los nietos, y nunca los hijos. Eso sí que era arrimar el ascua a su sardina…
Sería la excepción que confirma la regla, dijo el tío Cachimba.
Además, el negro Washington Menéndez Rodríguez no puede ser primo mío; no somos de la misma familia, porque él es adoptado.
De eso no podemos estar seguros, mi hermana, la muy burra no quiere decir si el chico es de algún desliz de ella o es adoptado. Más vale prevenir que no llegar.
Que curar, padre. Que curar.
Total, de curar a llegar no va un dedo…
La Abundia suspiraba y miraba hacia el negro Washington Menéndez Rodríguez. La Abundia está segura que algo raro le pasa al negro Washington Menéndez Rodríguez. La Abundia sería capaz de jurar que, al girar su cabeza el negro, se había turbado y había palidecido.
¡Padre, padre…! Llamó alarmada al tío Cachimba
¿Qué pasa, Abundia, hija mía!
El negro Washington Menédez Rodríguez, que se ha puesto pálido.
Será la nieve, Abundia. ¡Cómo va a ponerse pálido un negro zaíno como tu primo!
Sí padre, que lo leí en el Selecciones del Reader Digest. Dice que los negros pueden mostrar palidez si previamente han sufrido un cambio de color. A rojo, por vergüenza; a verde, por rabia y enfado o a amarillo, por la ictericia. Con ese nuevo color e, inmediatamente, se puede apreciar si palidecen durante unos segundos.
No sé, no sé, decía para sí el tío Cachimba. Para mí que esta niña va a acabar en Leganés como siga con el encoñe ese del negro. El tío Cachimba era zafio y vulgar y no entendía el romántico amor que había nacido tras la cencellada de la semana anterior. Ya lo dice Aldea, pensaba el tío Cachimba, estas cosas de los hielos y la inversión térmica no pueden ser buenas.
La Abundia, haciendo oídos sordos a las enseñanzas paternas, salió a la calle y se dirigió a su primo.
¿Qué tocas?, negro Washington Menéndez Rodríguez
Es una pieza country sureña, prima Abundia, se llama El pavo de navidad no ha engordado lo suficiente, señorita Escarlata. A ver de dónde saco yo ahora un besugo para que cene el amo; que en España se llamó Chicken Christmas.
¡Ah!, contestó la Abundia poniendo cara de lela.
¿Estás pálido?, le preguntó la Abundia al negro Washington Menéndez Rodríguez
Sí, prima. Es que me ha caído un copo como una roscón de reyes y se me ha metido por el cuello de la camisa.
La Abundia, que consideró una desconsideración –valga la redundancia, se dijo- la respuesta del negro Washington Menéndez Rodríguez, se metió en casa y se arrojó sobre el albo sudario, que diría algún poeta cursi, del edredón de su cama.
El tío Cachimba, al oír el amargo lloro de su hija se echó el gabán sobre la espalda y salió a la calle para encararse con el negro Washington Menéndez Rodríguez.
Mira, Washington, tu prima, la Abundia se ha prendado por ti y ese amor no puede ser correspondido ¿me comprendes?
Sí, tío.
Por eso tendrás que dejar de tocar aquí el banjo ¿me entiendes?
Sí, tío.
Y al paso, escribe una carta a tu prima diciéndole lo imposible de vuestro amor ¿me entiendes?
Sí, tío
Y la dices que no quieres volver a verla porque no te gusta ¿me entiendes?
Sí, tío
Porque a ti no te gusta la Abundia, ¿verdad?
No, tío. A mí no me gusta ni la Abundia, ni ninguna otra. A mí no me gusta ninguna mujer, ni ningún hombre. A mí, tío, la que me gusta es la Garrosa, la oveja del Lesmes. La que tiene una mancha en la cara. A mí, tío lo que más me gustan son las ovejas y algo también las cabras; pero estas tienen peor genio.
Pero tú eres un… un… un bestófilo
Se dice zoófilo, tío. Pero esté usted tranquilo que no me refiero a eso. Digo que me gusta porque a mí me gusta la ganadería; y el banjo y el estar en el campo. No me gustan las ciudades, ni los trabajos de oficina, ni tan siquiera trabajar en la barbería de los Ulogios.
La barbería de los Ulogios se llamaba así porque en ella trabajaban un padre, su hijo y un sobrino y los tres se llamaban Manuel. Los motes en los pueblos suele ser un arcano ignoto.
El negro Washington Menéndez Rodríguez escribió una carta a la Abundia tal y como le había prometido al tío Cachimba. La carta decía así:

Mi muy querida prima Abundia:
Renuncio a ser tuyo por los siglos de los siglos, amén Jesús. Sé bien que podríamos haber sido felices, pero la consanguineidad no es buena y podríamos haber tenido algún hijo modorro o algo peor. Debo sacrificarme porque así se lo prometí al tío Cachimba, tu padre, que para mí era como un suegro. No me pidas explicaciones: el amor, como el fútbol, es así. Reza por mí a la Virgen de la Buena Leche y que la vida te dé lo que yo, por primo, nunca te di. Me voy al campo, como el jabalí o la garduña, si no puedo ser tuyo no seré de nadie. Bueno, sí; seré de la Garrosa, la oveja del Lesmes. Recuerda siempre a tu primo.
Washington

¡Qué tío!, dijo el tío Cachimba. Y parecía tonto el negro Washington Menéndez Rodríguez. ¡Qué cartas sabe escribir!
Una tarde, cuando comenzó el deshielo, una reata de machos paró en la puerta del tío Cachimba. Unos gitanos se bajaron de un salto y golpearon, con el mango de sus garrotas, la puerta de arriba. Los gitanos nunca emplean la aldaba; se conoce que es para no dejar huellas. Es lo que tiene el televisor que ha espabilado a todos.
¿Quién?, preguntó el tío Cachimba.
Somos gente de orden. Quincalleros de paso que venimos a devolverle algo que es suyo.
El tío Cachimba y la Abundia salieron al zaguán de la puerta. En uno de los machos, aún congelado como un espantapájaros de hielo, el negro Washington Menéndez Rodríguez seguía cogido a su banjo y con el sombrero de paja sobre la cabeza. De la nariz colgaba, como colgaba siempre, el carámbano de hielo de un moco congelado.
La Abundia cayó al suelo desmayada. El tío Cachimba sufrió un patatús y los gitanos, al ver aquel cuadro bajaron al negro Washington Menéndez Rodríguez y salieron de naja con sus monturas como si fueran participantes del Grand National en el circuito de Aintree. Al oír el galope salieron los vecinos que atendieron al padre y a la hija y los metieron en casa. Las mujeres metieron en la cama a la Abundia y al tío Cachimba, los hombres, le dieron a beber dos litros de aguardiente, lo que le hizo revivir. El tío Cachimba, se conoce que por el efecto del aguardiente, se puso tristón y comenzó a mesarse los caballos mientras se responsabilizaba de la muerte del negro Washington Menéndez Rodríguez.
Pobre negro, decía… Ahora que se había empezado a aclarar. Ahora que hasta se ponía pálido, según me dijo la Abundia.
Los vecinos se miraron entre sí y retiraron la botella para que no bebiera más.
Hay que joderse, decía el Manolo padre, o sea, el Ulogio, el barbero. Lo que hace el alcohol. Siempre lo decía mi padre: para un barbero el pulso es sagrado. Dejad la bebida y no abuséis nunca del Pernod.
Es que tu padre, Ulogio, siempre fue muy cabal.
Bueno, ¿ves?, le decía el Ulogio, hijo a alguien en el pasillo. Ahora te arrimas al fuego y nada, en cinco minutos te descongelas del todo.
El Ulogio, llevaba cogido del hombro al negro Washington Menéndez Rodríguez, que aún llevaba escarcha y el moco congelado pero que, por efectos de las friegas con alcohol y una taza de coñac con leche que le había dado el hijo del barbero quedó como nuevo. Aquí tenemos al mozo. Algo más pálido, eso sí; pero como si nada.
Al tío Cachimba hubo que volver a darle media botella de aguardiente para que espabilara y, a la Abundia la tuvieron que dar a oler el frasco de las sales.
El negro Washington Menéndez Rodríguez recibió los plácemes de todos los vecinos y el Lesmes le regaló la oveja Garrosa. El tío Cachimba no tuvo más remedio que contar a la Abundia la verdad del primo Washington y sus gustos por el ganado lanar y caprino. La Abundia, despechada, se casó con el hijo del Ulogio y el tío Cachimba salió ganando pues ya no pagaba los rapados ni los pelados. El negro Washington Menéndez Rodríguez vivió amancebado con la oveja Garrosa en una tenada en medio de un canchal, alejados ambos del mundanal ruido.
Las noches claras del invierno, cuando la cencellada da dado paso a la nieve. Tras la bruma del amanecer y antes de que el sol derrita los hielos de las acacias a los sones de Sweet home Alabama siguen My head of Mississippi. Antes de la hora de comer, y como última pieza, el negro Washington Menéndez Rodríguez le toca a la oveja Garrosa una melodía que compuso y cuyo título es Abundia, you do not know how I fell.

THE END, o sea FIN.

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