UNA HISTORIA DE PERROS

papa noel

Tengo un amigo, Eduardo Flores, que practica todos aquellos deportes que hacen sudar y te cansan. Carreras pedestres, esquí, alpinismo… Todo. Eduardo nunca tuvo perro, ni tan siquiera un gato, o un canario, pero un día vio por el televisor una carrera de trineos con perros por la nieve y quedó prendado de ese deporte. Como Eduardo nunca encuentra límites a la hora de practicar un deporte, se compró media docena de perros, entre Alaskas malamute y huskys siberianos. Cuando le llegaron los perros, que aún eran cachorros, tuvo que entrenarlos y, como se enteró que debía hacerlo con órdenes cortas y tajantes, se compró un diccionario español-islandés de ida y vuelta para hacerlo en su idioma.

Pero vamos a ver, Eduardo, ¿tú estás seguro que los perros hablan el islandés?

Anda, ¿pues qué idioma van a hablar siendo islandeses?

Pero aquí pone que los padres están traídos del Ártico y esto, que yo sepa, son los Estados Unidos, no Islandia. Si los padre de los hasky, como buena siberianos, hablan ruso ¿de dónde sacas tú que los perros hablan islandés?

No sé, dijo Eduardo. Aquí, en la caja, lo pone ¿ves? Iceland. Además, en el documental de la carrera Pirena los mashers hablaban en islandés.

¿Los que…?

Los mashers, los conductores de los trineos.

¡Ah!

¡Sitja!, le decía –que en islandés es sentado- y el perro se sentaba.

¿Lo ves? Le he dicho siéntate y se ha sentado

Ya, pero le has dicho Sitja, que se pronuncia silla y el chucho se ha sentado. A ver si es que habla castellano…

¿Castellano? Ahora verás… ¡Hönd!

¿Y eso que es lo que es…?

Dame la mano

¿Me dejas que lo intente yo, le pregunté?

Dile algo, anda.

Silla, cante jondo, le digo en un islandés de Chipiona. Entonces empecé a cantar una farruca acompañándome de palmas

 

“Una gitana en su cueva
alegremente bailaba
y al compás de una farruca
que su gitano le cantaba”

El perro, más contento que ochenta, comienza a bailar, al escuchar mis palmas, mientras da vueltas al ritmo de la música intentando cogerse el rabo.

Tiriti-titi-tran-tran

Y el chucho dale que te pego, como si tuviera azogue…

¿Lo ves? Ahora qué decimos ¿Qué habla español y baila por peteneras, o por farrucas?

Tu siempre tan manipulador, dijo Eduardo.

El caso es que yo nunca tuve un perro, ni pienso tenerlo.

¿Es que acaso odias a los perros?

Pues no; el que no los tenga no quiere decir que los odie. Tampoco voy a tener nunca un antílope de Hunter, pero no los tengo especial inquina. No pienso tenerlos porque ya no tengo edad de ponerme a aprender un idioma. Menos todavía si el idioma que hay que hablar es el foxterrier o el tejonero alpino.

Como ustedes saben muy bien, en mi afán por adecuarme a mi próxima jubilación, hago todos los días un par de horas de gimnasia prejubilar. Me siento al solecillo del mediodía en un banco y veo pasar el tiempo. Es entretenido, cómico y salutífero. Pues bien, esta mañana una señora, aún joven, ha sacado a su perrita a pasear. Era una perra de esas medio chupatarteras, ya saben, de esas de acompañamiento. Iba muy elegante y pinturera. Vestía chaquetón macferlán  rojo y gorrito de Papá Noel. La perrita se llamaba Mora –es nombre supuesto- y la señora doña Tránsito –también es nombre supuesto-. Doña Tránsito animaba a Mora para que hiciera sus necesidades –mear y cagar- dentro del alcorque de una acacia medio tísica.

Vamos Morita, que mamá está cansada

O doña Tránsito no era, en realidad su mamá, o la Mora era sorda o, ¡quién sabe! igual no habla español y doña Tránsito no lo sabe. El caso es que la Mora quiere ir a babor y doña Tránsito a estribor.

Vamos a ver Morita. Esta mañana te he llevado para abajo y luego querías ir para arriba. No nos vamos a mover de aquí hasta que me digas si vamos a casa o hacia Cuatro Caminos. La Mora, claro, no contestaba.

Estoy disfrutando del espectáculo y, doña Tránsito, se conoce que para reforzar su postura, me mira y le dice a la Morita. Como no te decidas ese señor tan malo te va a reñir.

Ese señor tan malo, señora mía, lo que va a hacer es mandarle a usted a la mierda para ver si se le pasa la tontuna.

¡Huy!, dice doña Tránsito, será grosero y faltón… ¡Abrase visto cosa igual…!

Doña Tránsito y la Mora se van, finalmente, gruñendo como si fueran dos jabalíes. Cada una por un motivo distinto del de la otra. Al llegar a una esquina la Mora se para a husmear una meada anterior. En estas aparece un chucho feo, con el pelo ralo, de color entre ruano y pinto; un mil leches o garabito, que también se les llama. El chucho Valentino (es nombre supuesto) husmea las partes mollares de la Mora que, la muy golfa, lucía con descaro ya que el macferlán no le tapaba las partes pudendas. El Valentino se aúpa y, sin mediar palabra, ni en inglés, ni en islandés, ni en ningún otro idioma, le arrea un tiento a la Mora que la pone mirando a Cuenca.

¡Bájate de ahí, golfo!, le dice doña Tránsito al pobre Valentino. ¡No te das cuenta que la Morita es una señorita como Dios manda! Esto de la democracia es un sindiós…

Doña Tránsito, se pone como un basilisco, se vuelve hacia donde yo estaba partido de risa, todo hay que decirlo, y me riñe.

Igual que su dueño; un bandolero, un golfo y un liberal…

No sé de donde, ni de donde no; el caso es que, tras doña Tránsito apareció un policía municipal. No era un guardia alto, o bien parecido; no. Era un guardia normal, tirando a paletito. Un guardia embotellado, vamos… medio relaxing  cup. Se planta ante mí y me dice:

¿No le da a usted vergüenza?

Pues no, le contesto. ¿De qué tendría que avergonzarme?, le pregunto.

De reírse de esta señora.

No me estoy riendo de esa señora, agente. Me estoy riendo con esa señora, que no es lo mismo.

¿Se puede saber qué hace usted aquí, sin trabajar y parado como un vagabundo?

Mire usted; yo estoy trabajando, no soy un vagabundo y no estoy parado, sino sentado en este banco.

Se para un coche patrulla de la Policía Nacional. Uno de los policías se dirige al guardia y le pregunta si estoy dando problemas.

¿Yo? Le digo. Pero oiga…

Usted a callar. Ya hablará cuando nosotros se lo digamos.

Siento que me golpean la cara, intento levantarme pero unas manazas me sujetan.

¡Eh! oiga… Pero esto que es…

Caballero, caballero…

¡Eh! ¿Qué pasa…?

¿Se encuentra usted bien? Me preguntan.

Sí, sí. Perdonen ustedes si les he alarmado. Con este solecillo me he quedado dormido. Lo siento si les he asustado.

Avergonzado me levanto, mientras sigo pidiendo disculpas. Me alejo un poco de los policías, del parque y de aquella esquina. Cruzo la acera y, en la esquina siguiente, encuentro a doña Tránsito.

¡Vamos Mora!, mira; aquí está tu amiguito el pobre que dormía en el banco…

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Una respuesta a “UNA HISTORIA DE PERROS

  1. Qué tiempos, cuando Eduardo se ponía un lápiz bien afilado apoyado en un ojo para no dar cabezadas en las primeras horas de la tarde. A saber en qué andará ahora, tantos años después. Debe ser lo que llaman nostalgia