LA TÍA SINFOROSA

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Mi tía Sinforosa, apellidada, en buena hora, Arrebatacapas Barriopedro, fue natural de Olleros de Tera, municipio de Calzadilla de Tera, Zamora, Spain. Olleros de Tera es un enclave privilegiado para los viajeros que en el mundo son, pues entre sus vías, cruces y caminos enlazan la Vía de la Plata, el Camino de Santiago y la Vía Augusta XVII. También pasa el río Tera, como se puede colegir por el apellido del pueblo y, en su término, se encuentra el pantano de Nuestra Señora del Agavanzal. En Olleros de Tera se festeja, se baila, se canta y se tiran cohetes el día de Nuestra Señora del Agavanzal, que se corresponde con el día 8 de septiembre, Natividad de Nuestra Señora y San Corbiniano de Freising. En Olleros de Tera también se bebe. Sobre todo el anís del Mono que aquí es tradicional, y ese, mal que nos pese a sus descendientes, fue el motivo del fallecimiento de la tía Sinforosa.
La  tía  Sinforosa,  en  realidad  murió  dos  veces.  Sí,  si;  como  ustedes  lo oyen –bueno, lo leen- La tía Sinforosa, una vez metida en la petaca de pino fue paseada a hombros, como si fuera Diego Puerta, hasta la ermita de la Virgen y, por la costumbre de hacerle tomar la última copeja de anís, acaeció la segunda desgracia. Echaron el anís sobre el féretro y al Evangelino, un vecino medio inocente, no se le ocurrió otra cosa que pasar un mixto sobre la tapa, como si la cajita de tía Sinforosa fuese una queimada. La pobre tía Sinforosa, que había dejado escrito que no quería ser incinerada vio cómo ardían sus carnes podres en el mismo zaguán de la tasca donde tantas y tantas tardes había visto llegar el ocaso del día frente al légamo nublo del pantano.
¡Qué verbo, don Matías!
Nada, don Dimas. Nada. Los recuerdos que se amontonan y hay que hacerlos salir de alguna forma. Permítame que continúe.
Siga, siga…
Mi tía Sinforosa creía en la reencarnación del ser humano. Te reencarnarás, decía, en cuerpo y alma, tal y como has muerto. Por eso, decía, no quería ser incinerada; para no reencarnarse en pavesa, o en cenicero sucio de taberna. Como aquello ya no tenía remedio se procedió a su incineración para, posteriormente enterrar sus cenizas en el panteón familiar. El panteón de la tía Sinforosa está resguardado, a cada una de sus bandas –babor y estribor- por dos ángeles guardianes con cara de lelos, esa es la verdad, pero que dan su impresión.
En la tumba de la tía Sinforosa aparecen, cada día, un manojito de agavanzas, con sus hojas algo agudas y sin vello, su tallo liso y sus dos aguijones alternos, sus flores encarnadas y, por fruto, una baya aovada, carnosa, coronada de cortaduras, y de color rojo pasión. Algunos dicen que las agavanzas las coloca el Evangelino, mortificado por ser el causante del incendio del féretro, pero esto no debe ser verdad. El pobre Evangelino no tiene las mientes lo suficientemente claras como para distinguir el mal del menos mal. Para otros las agavanzas las pone el viajante que trae el anís del Mono a la taberna, en agradecimiento a los ajumes continuos y habituales de la tía Sinforosa. Esto, como es fácil de imaginar, es de una maledicencia que cruje. Lo más probable es que las flores sean colocadas por algún amante secreto o por algún vecino apenado. Esto nunca lo sabremos.
¿Y no han pensado ustedes en hacer guardia para salir de dudas?
¿Usted cree, don Dimas que a mí, o a cualquiera de los deudos nos importa quién es el amante de la tía Sinforosa?
Pues qué quiere usted que yo le diga. A mí sí que me gustaría saberlo…
La curiosidad mató al gato, don Dimas.
Bueno, bueno… Allá ustedes.
¿Quiere que le termine la historia de la tía Sinforosa o prefiere que vayamos a tomar un anís a la taberna?
No; siga. Para el anís ya tendremos tiempo.
El caso es que, una tarde, en la que tía Sinforosa estaba viendo el atardecer junto al pantano, de entre la umbrosa bruma apareció un caballero vestido de jinete templario o de caminante calatravo, ¡vaya usted a saber!, y postrándose ante la tía Sinforosa le declaró su amor. Así, de golpe y sin calentamiento. La tía Sinforosa, que era virtuosa y temerosa (joder, todo termina en osa) de Nuestra Señora del Agavanzal le arreó tal meneo en la cabeza con una rama de abedul que al pobre caminante se le encendieron las pajarillas del cerebro y casi dobla la cuchara en ese mismo instante.
¡Pero qué bruta soy!, pensó para sí la tía Sinforosa. Este pobre, que seguramente me dijo eso más por hambre que por amor y voy yo y le arreo semejante palo en las meninges. La tía Sinforosa rezó un par de docenas de rosarios mientras se acercaba hasta la taberna para que atendieran al caballero.
En unas parihuelas que hicieron con ramas de chopos y una manta llevaron al caballero andante hasta la taberna. Le dieron a olor un queso añejo –entonces en Olleros de Tera no había rapé ni polvos de oler, pues por no haber no había ni botica- y el caballero despertó más confundido que Bárcenas en Hacienda.
¿Dónde estoy? ¿Qué ha sido de la bella dama del lago?
¿Y a este qué le pasa?, se preguntó el señor alcalde.
Nada, dijo el cura. Eso es, mismamente del golpe. Ha confundido, seguramente a la Sinforosa con la bella Ginebra de la leyenda Artúrica. Este debe creerse el Lanzarote del lago.
¿Y si le damos otro golpe para ver si se mejora?
Quite, quite, señor alcalde. Que puede ser peor el remedio que la enfermedad.
¿Quién es usted, caballero? Le preguntó el señor cura
Mi nombre es don Diego de Bustamante y Melgar, caballero perteneciente a la orden de Santiago, caballero de la reina y señor feudal de los terrenos del coto Redondo en la villa de Toro.
¿Y qué hace usted por aquí?, si es que puede saberse, claro.
Vine a caballo, en dirección a Compostela, para postrarme ante el Santo cuando, al llegar a la vera del lago una paloma blanca que salía de las mismas aguas revoloteó ante mí. Al ir a cogerla se escapó sin remedio. Tras desistir de capturarla, la paloma se posó sobre una piedra y, convirtiéndose en la mujer más maravillosa que el ojo humano haya visto fue y me dijo; dice: “Agavanzal, del Agavanzal soy”. La piedra estaba sobre un matojo de agavanzas, que es como aquí, en estas tierras, se le llama al escaramujo o rosal silvestre, por lo que el noble caballero la denominó Nuestra Señora del Agavanzal.
Pero coño, don Matías, si esta es una leyenda como la copa de un pino…
Ya ve usted, el caso es que el pobre don Diego al ver a la tía Sinforosa pensó que la Virgen era la tía, que de virgen sí que tenia lo suyo, pero nada más. Y al abalanzarse sobre ella, la Sinforosa, que era de armas tomar le ajustó las costuras. No me extrañaría nada que alguno de los descendientes del caballero de la orden de Santiago fueran los que colocan las flores sobre la tumba.
Pues yo creo, don Matías, que deberíamos armarnos de un par de botellas de anís y, en cuanto caiga la noche, atrincherarnos en el cementerio y salir de dudas. ¿Qué le parece?
Conmigo no cuente. No quiero que me pase lo que le pasó al Ramiro el barbechero, que se acodó sobre una tumba para descubrir el secreto y ya no se volvió a saber de él…
¿No me diga, don Matías? Y eso cuente, cuente… ¿Qué es lo que pasó?
Bueno, don Dimas. Eso lo dejamos para otro día, que si no el amigo Soria, el del blog, nos acaba riñendo por ocuparle todo el espacio. Hasta otro día, don Dimas.
Adiós, don Matías. Recuerde; me debe otra historia.

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