SAN GINÉS Y EL CRIMEN DE LA CALLE BORDADORES

bordadores

Hoy nos trae Aldea su tercera entrega que está situada en torno a la puerta del Sol y sus calles adyacentes. Pero he aquí que al bueno de Aldea se le ha escapado uno de mis rincones favorito de esta zona: la manzana que comprende la calle del Arenal, la de Bordadores, la plazuela de San Ginés y el pasadizo del mismo nombre. San Ginés de Arlés, que tal es el nombre completo del santo a cuya advocación está edificada la iglesia barroca, neoclásica y neoplateresca del siglo XVII presenta pinturas y esculturas, en su interior, que junto con su conjunto histórico y artístico es de lo mejorcito de este Madrid de los Austrias. Para todo lo referente a la iglesia se recomienda la lectura de la Tesis Doctoral de doña María Belén Basanta Reyes, en la dirección de Internet: http://www.fuesp.com/revistas/pag/cai17y18.pdf

san ginés

En el callejón lateral de la iglesia se encuentra el callejón de san Ginés, la librería de lance de San Ginés, de la que ya existe noticia desde 1805, aunque no sería esa, sino una muy anterior, la fecha de su creación.

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En 1871 se inaugura el Salón Eslava, que luego fue teatro y ahora es discoteca de moda donde, según la prensa fucsia, Froilán –no la del vals, sino el infante- hace de relaciones públicas. En la parte bajo de lo que fue teatro se encontró –hoy ya desparecido- el café de Granada, que fue citado en el “Tango de la Menegilda” de la zarzuela La Gran Vía, de Chueca, Velarde y Pérez. Ya saben… “Pobres, chicas… las que tienen que servir”.

pasadizo

En 1894 abrió sucursal el bodegón “Le Petit Fornos” al que Aldea llamaría afrancesado. En este bodegón se ofrecía comida y los más selectos vinos de Valdepeñas, “con el mayor esmero, equidad y limpieza” según tienen ya reconocido.

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También tuvo su fonda Lázaro López quien daba de comer a sus clientes “a la hora que tengan por conveniente” a partir de cuatro pesetas en adelante. Finalmente, su local estrella: la chocolatería de san Ginés, local que recibió el apodo de Maxim’s golfo por González-Ruano ya que, cuando todos permanecían cerrados, la chocolatería permanecía abierta. Hoy el churro, el buñuelo y la porra conviven con la sidra y el champán que es visita obligada en Navidades y, especialmente, en la noche de fin de año y víspera de Reyes.

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La calle de Bordadores se hizo famosa por el supuesto crimen narrado en el film homónimo por Edgar Neville en 1964. En los créditos se afirmaba que los hechos narrados nada tenían que ver con ninguna otra historia real”. Y, en parte, era cierto. Pero tan solo en parte. El film narraba un luctuoso acontecimiento que, en realidad, quería tapar al que ocurrió muy cerca de allí, en la calle de Fuencarral. En este crimen estuvo implicado el padre de un preboste franquista y, seguramente por ello, y para bordear la más que segura censura, se transformó en el Crimen de la Calle Bordadores. La crónica del verdadero asesinato es la siguiente, que nos cuenta Ernesto Milá, en CINE.

EL CRIMEN DE LA CALLE DE FUENCARRAL

El 2 de julio de 1888 se produjo en Madrid un crimen que, en realidad, no era muy diferente a otros que se produjeron en la misma época. A las 2:30 de la madrugada, una mujer presa de un ataque de nervios gritaba desgarradoramente en las ventanas del 2º piso de la calle Fuencarral número 109. Por la ventana salía también un denso humo negro. Cuando llegó el auxilio, solamente estuvieron en condiciones de comprobar que una mujer de unos cincuenta años estaba tendida en el suelo, cerca de su propia cama, semi carbonizada y con indicios de haber sido apuñalada previamente. Otra mujer, en una habitación no muy lejana fue encontrada desmayada descalza y con el camisón remangado hasta las nalgas. La muerta era Luciana Porcino, viuda rica, irascible y antipática. La mujer desmayada era Higinia, la sirvienta. Cuando vio el carácter de su señora rompió en un llanto histérico. Inmediatamente se la consideró culpable del asesinato siendo detenida junto a los que fueron identificados como sus cómplices. Sin embargo, la opinión pública consideró al hijo de la viuda, José Vázquez Varela, alias “el pollo Varela” como el verdadero autor del crimen. Éste, mantenía relaciones con una mujer hermosa del barrio, Lola “la Billetera” y ambos gastaban mucho dinero que era pagado por la difunta. Cuando ésta se negaba a dar dinero a su hijo, él la amenazaba de muerte y… con quemarla. Pero su coartada era buena: estaba preso en la cárcel Modelo de Madrid (situada en donde décadas después se construiría el Ministerio del Aire en La Moncloa. Pero la opinión pública decía que “el pollo Varela” entraba y salía de la cárcel como Pedro por su casa.
Para colmo de misterios, el marido de la criada, Higinia, tenía un bar justo delante de la Modelo. Y para que conste entre los amantes del anecdotario, en el momento del crimen, el director de la Modelo no era otro que José Millán Astray, padre del que luego sería el fundador del Tercio de Extranjeros. Millán Astray, había estado antes al frente de la prisión de Valencia en donde se le había incoado expediente por irregularidades. Además, Higinia servía solamente desde una semana antes de cometerse el crimen y su anterior destino había sido, precisamente, la casa madrileña de Millán Astray.
Con estos antecedentes, era evidente que la prensa sensacionalista, que no faltaba entonces, tenía amplia carnaza para elucubrar teorías a cual más disparata.
Desde el momento de su detención hasta que fue condenada –porque lo fue, finalmente– Higinia realizó ¡20 declaraciones diferentes a cual más contradictoria con la anterior!, eso parecía no importarle. Llegó a declarar que en casa de Millán Astray éste le había contado que el hijo de la difunta quería robarle y que ella solamente tenía que abrirle la puerta. Éste llegaría a ser encausado en el proceso, dándole si cabe una mayor relevancia. La prensa sensacionalista lo consideró “inductor” del crimen y al hijo de la difunda, como el ejecutor material.
Higinia fue condenada a muerte y su amiga y, al parecer cómplice a quien había entregado los 92.000 reales desaparecidos, a 18 años de prisión. El hijo de la difunta y Millán Astray fueron absueltos. Eugenio Montero Ríos, presidente del Tribunal Supremo, protector en esa época de Millán debió dimitir. Millán había comunicado a un periodista que si él caía, se preocuparía de“bajar al presidente del Supremo de su silla”. El último episodio del drama fue la ejecución a garrote vil de Higinia, la sirvienta, el 29 de julio de 1890. Se cuenta que fue la última ejecución pública que se realizó en Madrid. Emilia Pardo Bazán y Pío Baroja estuvieron presentes. Éste último contó que en el momento de estrangularla el tornillo grito un aterrador: “!Dolores! ¡catorce mil duros!” y no pudo decir más. Dolores era su amiga y cómplice. En cuanto al “pollo Varela”, dos años después volvió a estar implicado en el asesinato de una prostituta a la que arrojó desde un terrado de la calle de la Montera. Y fue condenado por ello.
Acojona, ¿verdad? Siento haberles contado este carpetovetónico suceso en horas de siesta y, rezo compungido, para que esta noche, al calor de la palentina manta, o bajo el plumón de los patos silvestres noruegos metidos en el edredón, no se les presente a ustedes el Pollo Varela, o la Higinia o, lo que sería peor, Millán Astray, padre, hijo o espíritu santo que también hubo un tercero, quien trabajó representado a la patronal española y bajo el auspicio de Monsieur Botella, en el azoguejo de Bruselas. Que así sea…

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