QUE SIGA EL ENTIERRO…

entierro

El Pragmacio Azañedo Cotorruelo nació en la parroquia pontevedresa de Millerada, en el ayuntamiento de Forcarei y fue bautizado, como buen hijo de la parroquia, en la capilla de san Antinio, en el lugar de Garellas. El Pragmacio nació para enano, pero un último estirón le dejó a medio camino. Al Pragmacio siempre le tiró el mundo del toreo, pero nunca logró vestirse de luces debido a su talla. Lo que sí consiguió el Pragmacio fue tomar la alternativa como varilarguero en la cuadrilla de Petaca Chico, montando un pony, ya que el caballo se le quedaba grande. Aquella tarde, la primera y última de su carrera taurómaca, el eral le pegó tal topetazo al pony que tuvieron que recoger al Pragmacio del campanario de san Antinio. ¡Qué tío!, decía Petaca Chico mientras iba por los aires, y cómo compone la figura. ¡Vaya torerazo a caballo!. Bueno, le decía el mozo de espadas -un gitano orensano- a caballo es un poco exagerar ¿no le parece, maestro? El Pragmacio se retiró y se hizo lañador y sillero que son oficios viajeros y ventilados.
El Pragmacio y su señora, la Benigna Malduque, tras recorrer toda la España que habla gallego se retiró al lugar que dicen Agallas, en la comarca salmantina de Los Agadones. Allí trabaron amistas con un matrimonio del lugar llamados el Crescencio Agujas y la Optaciana Abenoza. Rápidamente trabaron amistad y, ya que el Crescencio era perito en albañilería, con la ayuda del Pragmacio (para los bajos de la casa, naturalmente) levantaron dos viviendas que se comunicaban, por el patio, a través de un murete. Los dos matrimonios cenaban los sábados y domingos, cada día en una de las casas. Patatas meneás, calderillo, farinatos, carne de morucha a la brasa, hornazos y chanfaínas. La Benigna era más del caldero de su tierra: potes, lamprea, anguilas y los xurelos, que por aquí llaman chicharros. Al final de cada cena el Pragmacio levantaba el mantel y organizaba una queimada con sus invocaciones a las meigas y toda la parafernalia.
El Pragmacio y la Benigna tuvieron un chaval, el Mamed, al que pusieron tal nombre en recuerdo del santo patrón de Millerada. La Optaciana y el Crescencio tuvieron una chica, a la que llamaron Marciana, porque la Optaciana, en el momento de la concepción y al ser preguntada por el Crescencio si estaba en la Gloria se equivocó y dijo estar en Marte. Estas cosas son así y así hay que contarlas; aunque, desde luego, no parezcan verdad.
Entre comidas y cenas de fines de semana, los pasodobles arrastrando los pies por las arenas de la plaza mayor, en las fiestas patronales y el olor pringoso de los tejeringos fueron pasando los años y la amistad creciendo al mismo ritmo que el Mamed y la Marciana.
Una tarde, el Pragmacio, que ya dijimos que era bajo para la talla media del pontevedrés, y sufría de vértigos hasta cuando se asomaba de la acera, vio cómo el Mamed saltaba el murete para ir a buscar a la Marciana y salir a pasear. El Pragmacio se asustó y se llegó a casa del Crescencio.
Mira, Crescen (hasta tal confianza habían llegado), he visto al muchacho saltar el muro y me he dicho, digo, cualquier día este muchacho o la Marciana, se van a escarallar las narices. Lo mejor va a ser poner una puerta y que entren como las personas y no como las bestias. ¿Qué te parece?
Pues me parece muy bien, Pragmacio, ¿qué me va a parecer?
Lo mejor será, Crescen, que vayas hasta el almacén de El Ferrallas y compres la puerta. Luego, yo te pago la mitad y en paz.
Así lo haré. Hasta luego, entonces.
El Crescencio y la Optaciana marcharon a Ciudad Rodrigo, que era la cabeza del partido judicial y donde se celebraba el mercadillo semanal. A la vuelta, y tras dejar los bultos en casa, salieron al patio para ver la puerta. ¡En qué hora salieron! La puerta ya estaba, efectivamente, puesta en su sitio pero, a la Optaciana, le pareció que el Crescencio, el muy jeta, había puesto la apertura hacia su patio, con lo que perdía un trozo del mismo. Con los brazos en jarra se dirigió al Crescencio:
Ya estás llamando a esos sinvergüenzas y diciéndoles que la puerta tiene que abrirse hacia su terreno… ¡calzonazos! Mira lo que nos ha traído tus amistades con estos gallegos. El Crescencio comenzó a temblar mientras hacía visajes con la cara.
¡Vamos!… A ver si voy a tener que ir yo y cogerle de los pelos a la bruja esa.
El Crescencio, no dando crédito a lo que escuchaba se llegó hasta la casa del Pragmacio. Al abrir la puerta y ver la cara de la Benigna ya se dio cuenta de que se habían enterado de todo.
Mire usted, albañil de mierda, le dijo la Benigna escupiendo el oficio de su vecino como si fuera una maldición, salga de esta casa si no quiere que le arreé un meneo con el rodillo de las filloas. Y le dice usted a la guarra esa, medio portuguesa, que como vaya yo le voy a sentar las costuras. ¡Abrase visto! Y la puerta, para que se entere usted, no se mueve de su sitio.
Al día siguiente, cuando el Pragmacio salió al patio, la puerta había sido cambiada y ahora giraba para su patio, señal inequívoca de que el Crescencio y la Optaciana habían aprovechado la noche para, con premeditación y alevosía, variar el curso de la puerta. ¡Serán cabrones…!
Aquello fue Belfast. El Pragmacio y la Benigna prohibieron al Mamed verse y hablarse con la Marciana. Otro tanto hicieron el Crescencio y la Optaciana con la Marciana. Para evitar que se vieran mandaron al chico a Eibar, a estudiar en la Escuela de Ingeniería Técnica y luego, con el tiempo, se empleó en Altos Hornos. La Marciana fue enviada a Alicante, donde estudió Óptica y se colocó en Elche, ajustando las dioptrías de los ilicitanos y otros transeúntes. Con el tiempo el Mamed se casó con la Begoña, bilbaína de Ocharcoaga y la Marciana hizo lo propio con el Visentet, el hijo pequeño de un zapatero que componía en negro. Mientras vivieron sus padres no volvieron al pueblo. Pero, la vida, que es esa puta que va vestida de verde, según cantó Sabina, acabó uniendo de nuevo a los dos amigos. El Crescencio murió de un barrillo que le había salido junto a la nuca y que, se conoce, que se le enquistó y el Pragmacio, se conoce que del disgusto, fue a morir de un torozón del que nunca se supo explicar. El caso es que, cada uno en su casa, empaquetaron a sus difuntos en su petaca de pino y los expusieron al público hasta que llegaran sus deudos de allende el Duero.
¡Jo, Soria, cómo le ha quedado esa frase! ¡Qué tío!
¡Bah…! Favor que usted me hace.
A media noche, y siguiendo con las casualidades, dos coches enfilan la calle del General Pavía en dirección a los números 12 y 14. El uno por el norte y el otro por el sur. Paran frente a las dos casas y la Marciana y el Mamed se encuentran, frente a frente, después de quince años. Pasan casi tres minutos en los que ambos se observan con cara de corderos degollados pero sin decirse nada. Parecen Calixto y Melibea pero la una con pantalón pirata y el otro con chaqueta lequeitiana. La Optaciana sale de su casa y la Benigna de la suya y, abrazando cada uno a su hijo, los mete en casa mientras ellos se vuelven y sonríen al otro. Por el cielo de Agallas, como un OVNI de Victoria Secret se cruzan dos serafines (quizás eran querubines o tronos, ¡vaya usted a saber!, como no tienen sexo…)
Al día siguiente, la misa y el entierro fue a la misma hora. El cura párroco ofició la misa y habló de la amistad y de cómo el Señor había llamado a un Cielo protector a los dos vecinos y que allí, entre san Pedro y san Pablo, no habría puertas, ni muretes que los separase y que pasarían la eternidad juntos. La Optaciana y la Benigna, cada una en su grupo de bancos, en primera fila, arrugó el hocico y se negó a dar la Paz a la otra. Tras el entierro la Marciana acompañó a casa a su madre y el Mamed a la suya. Nadie en el pueblo pudo murmurar ni hacer lenguas de si aquella pareja separada habló o no habló entre ellos. Cada uno se metió en su casa y, lo que pasase en el murete, nadie lo conoce.
Al día siguiente salieron la una para Alicante y el otro para Bilbao. Ni tan siquiera se despidieron. La Begoña, la señora del Mamed, condujo ella el auto y el Visentet hizo lo propio con el de los alicantinos. La Optaciana también fue a Alicante y la Benigna marchó hacia el norte bilbaino. Se conoce que no les aplicó la temperatura de la mar porque, en tan solo dos semanas, la Optaciana y la Benigna doblaron la servilleta y palmaron sin decir ni pío. El Mamed y la Marciana volvieron a empaquetar sus cuatro cositas en la maleta y, tras contratar  con  El  Ocaso el porte de las madres, se volvieron para el pueblo. Allí -mala que es la gente- les pusieron de mote “que siga el entierro”. ¡Abrase visto desvergüenza igual…! Nuevamente, y ahora más como Clint Eastwood y Lee Van Clift que como Calixto y Melibea se encontraron, frente a frente, el Mamed y la Marciana. Esta vez sí se sonrieron e incluso llegaron a acercarse y hablar con calma dándose el pésame el uno a la otra. Comentaron la circunstancia de que, tras tantos años de amistad y luego de odio, el final de los cuatro hubiera ido tan unido el uno al otro. Finalmente y tras salir a buscarlos, la Begoña y el Visentet, ambos entraron en sus respectivas viviendas.
Al día siguiente, tras la misa y los entierros los deudos volvieron a sus casas. Volvieron a preparar sus maletas para volver a sus hogares pero, el destino… ¡ah, el destino!, quiso que el Visentet fuera a abrir la puerta del patio, que finalmente habían puesto eléctrica y corredera para evitar que invadiera el terreno del otro, pues al abrir la puerta, decía, sufrió una descarga eléctrica y palmó como un pajarito. ¡Vaya careto que se le quedó al Visentet! Parecía, mismamente, un moro de los Moros y Cristianos de Alicante. A los gritos de la Marciana acudieron el Mamed y la Begoña y, ¡otra vez la casualidad! -¿casualidad, preguntó el señor juez al levantar los cadáveres?-. Otra vez, casualidad decía, la Begoña, que era una mujerona se golpeó contra el dintel de la puerta que, el Pragmacio, había hecho a su medida. ¡Vaya toñazo se dio la pobre Begoña! Los sesos se desparramaron por todo el patio dejando la barbacoa como el zaguán del matadero. Y allí, frente al cadáver de sus esposos, volvieron a juntarse el Mamed y la Marciana. ¡Al fin solos! Suspiraron.
En los pueblos, como todos ustedes saben, la gente es muy desconsiderada y habladora. Las gentes, como no tienen nada que hacer y ya está cosechada la mies y pisada la uva y no tiene otra cosa que hacer que espiar a los nuevos esposos, pues ya se sabe… Sí es cierto que ni tan siquiera guardaron el luto por sus cónyuges. El Mamed y la Marciana, al día siguiente del entierro de la Begoña y el Visentet ya habían matrimoniado y habían procedido al himeneo, consumiendo, que no consumando, todo el matrimonio. Las gentes de Agallas hablaron, es cierto, pero como en los toros, cuando se acaba una faena hay que darse prisa para entrar y ver el siguiente toro. No queda tiempo, casi, ni para comentar la faena.

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