A VUELTAS CON LA ESTATUA DE BLAS DE LEZO

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El otro día, en el muro de mi buena amiga María del Carmen Martínez, se informaba que miles de madrileños pedían al ayuntamiento una estatua para el héroe de Cartagena de Indias, Blas de Lezo. Yo creo que, o bien no eran madrileños, o bien no eran tantos miles. Me explico. Don Blas merece ese y muchos más homenajes y, al paso, el reconocimiento de tantos años ignorado por los estultos políticos que sufrimos, pero lo que no merecemos los madrileños es más estatuas. Miren ustedes las estatuas son pegotes que entorpecen la normal y alocada circulación de paisanos y mirones por las calles. La Floridablanca y el Oso y el Madroño, por ejemplo; peleando por el espacio con Bob Esponja y Hello Kitty, no hacen sino estorbar el ir y venir de quienes pasean, corren o se manifiestan en la puerta del Sol. Hay tal cantidad de estatuas, pedigüeños, manifestantes y mimos que no dejan a la policía municipal ni poner multas, ¡hombre, ya…!
Las estatuas son mojones que no hacen sino estorbar. Póngase por caso la infinidad de reyes que hay convertidos en piedras en la plaza de Oriente, frente al Palacio Real. ¿Cuántos reyes hay? ¿Qué reyes son los representados? Si cambiáramos las placas con el nombre ¿alguien se daría cuenta del cambiazo? ¿Se parecía Suitila a Ordoño II?. Miren ustedes, en la plaza de Oriente, además del caballazo de Felipe IV; del monumento al cabo Noval y el del capitán Melgar, existen otras ¡veinte! estatuas. Cinco de ellas de reyes visigodos y el resto de los primeros reyes de la Reconquista. Desde Ataúlfo hasta Fernando I de León y de Castilla pasando por Eurico, Leovigildo, Suintila, Wamba, Don Pelayo, Alfonso I, Íñigo Arista, de Pamplona –porque aquí hay reyes hasta autonómicos, locales y provinciales-, Alfonso II, Ramiro I y Ordoño I, todos ellos astures, como el gaiteru Prendes. Wifredo el Velloso, a quién en Catalonia is not Spain llaman Güifré el Pilós, como si fuera un combinado con hielo picado con peppermint. Alfonso III de Asturias, Ordoño y Ramiro, ambos II y ambos dos de León. Fernán González, de Castilla, Alfonso V, de León, Ramiro I de Aragón, doña Sancha de León, primera reina y por tanto única señora del estatuódromo y, finalmente, Fernando I de León y Castilla. Resumiendo que entre reyes, capitanes y ¡cabos! tenemos en la plaza nada más y nada menos que veintitrés estatuas. ¿Qué? ¿Qué les parece?
Si ustedes observan las poses de los veinte reyes (dejando al margen al ecuestre Felipe) verán que al escultor, o a los escultores no se les secó la sesera echándole imaginación. Todos con pose de rey de Chueca; en posición de “en su lugar descansen”; con un pie a estribor y con el otro a babor; la mano derecha al alto y la izquierda bajada; la capa al viento; la capa arrebujada sobre el torso… En fin, un desfile de sarasolas en la fashion week esa de La Cibeles. Y al final ¿para qué? Para que las caguen las palomas.
Si al menos hubieran elegido otras poses; no sé… haciendo una gaonera, tirando un libre directo, o como el Pensador ese de Francia, que parece un tío estreñido en el güáter. Pero no, un rey como Dios manda tiene que llevar capa, levantar uno o dos dedos, como si fuera un rapero y llevar una bola del mundo y un canuto enrollado en cada mano.
Madrid no necesita más estatuas. Madrid ya ha cumplido con el cupo de estatuas. Ahora que se las lleven a provincias. No sé, a Soria tampoco, que ya tienen las suyas. Hombre, igual faltaba alguna de Antonio Pardo, presidente de la Diputación, tocando la turuta. Podrían enviarlas a pueblos grandecitos. A San Sebastián de los Reyes, por ejemplo, que para eso se llama de los Reyes. Allí solo hay monumentos al toro, a los encierros y otras pejigueras. ¿Hay alguien más taurino que la mamá de Froilán? La otra infanta se conoce que es más de la economía y la empresa. Pues bien, allí podrían poner la estatua de don Blas de Lezo. En Madrid somos más de esos triángulos con la explicación de quién vivió en este portal o a quién acachinaron a navajazo limpio en esta esquina. Las estatuas son un problema para los ayuntamientos. Luego hay que moverlas, como la de Colón; o llevárselas en una grúa, como la de don Paco el del Ferrol que la tuvieron que retirar de mala manera. Otras, las que aún no quitaron son horrorosas, como la de Largo Caballero o la de don Inda en los Nuevos Ministerios.

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En Madrid, ya digo, tenemos un exceso de estatuas. Por haber hasta hay una del Demonio; en El Retiro. En Madrid lo que necesitamos es acabar con el botellón –y no me refiero a la bebida de los jóvenes en la calle- sino a la nieta de Pepe Botella. En Madrid lo que necesitamos es limpieza, y trabajo para la cohorte de parados que corren, hacen gimnasia, marchan, montan en bici o se contorsionan. Que esa es otra; ¿es que acaso no pagan el paro si no se está en forma?. En Madrid lo que necesitamos es menos edificios públicos, que deberían distribuirse por toda España y así haríamos país. En Madrid, por tener, tenemos una estatua en la Avenida de Filipinas, a la salud y el recuerdo de Rizal, un chino filipino que se convirtió en el ideólogo de la independencia y que ayudó a que nos dieran la del pulpo echándonos de Manao y Cavite a lapo limpio. En el Paseo de la Habana tenemos también una estatua a José Marí, pagada por Fidel Castro que se la endiñó a Felipe González en 1986. Este José Martí, traidor a España, tiene una estatua en pleno centro financiero de la capital mientras que, el insigne marino Blas de Lezo, como era pequeño, vascongado y patriota no tiene derecho ni a un banco en la Castellana. Don Blas tiene calle en Madrid, cerca del Barrio del Pilar, desde 2010 y tras una recogida de firmas, porque los alcaldes populares prefieren a tonadilleras, actrices -cuanto más de izquierdas mejor, que hay que cumplir con la progresía- y cabareteras antes que a héroes de la Patria. Madrid cuenta con un colegio Pinocho, en Torrejón de Ardoz; otro Victor Jara, en Fuenlabrada, otro Agapito Marazuela, as de la dulzaina, en Coslada, otro Carlos Cano, en Fuenlabrada también y Rocío Dúrcal, en Sanchinarro o la “Más Grande”, Rocío Jurado, en mi barrio, el Pinar de Chamartín. Ningún colegio, academia, guardería o puesto de pipas que se llame Blas de Otero. Entonces… ¿para qué queremos una estatua de don Blas?.

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No, miren ustedes, yo estoy hasta el astrágalo de estatuas, de palomas cagonas, de basura por las aceras, de cagadas de perro, de baches y zanjas, de asfalto-trampa donde se te mete una rueda y te revienta con alegre bilbiliketa. Estoy hasta el gorro de Botellas, de Faraones y sinWertgüenzas. Si quieren hacer una estatua al insigne don Blas de Lezo, Patapalo y Mediohombre, que la hagan; sí… pero sin mi firma y en su pueblo. ¡A ver si hay cojones!

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