AQUEL VEINTE DE NOVIEMBRE YO ESTABA ALLÍ…

FRANCO

Aquel diecinueve de noviembre estaba llamado a ser un día anodino. Un día puente entre el dieciocho y el veinte. El día que marcaba el final de una decena y el comienzo de otra que nos llevaría, de forma inexorable, al mes de diciembre y al final del año. Sobre el número diecinueve de aquel mes de noviembre, y destacando, en negrita, el 1975 se aferraba a las pocas hojas que aún le quedaban al calendario.
Un día cualquiera, sin que nadie pueda explicarse cómo ni por qué, se convierte en una fecha señalada por mor de la casualidad. Es cuestión de suerte que una efeméride caiga en esta o en esa otra fecha. A los humanos nos está vedada la elección. Aquel día diecinueve se quedó a un solo día de convertirse en una fecha fundamental para los españoles. No pudo ser y le tocó al día siguiente: el día vigésimo del mes de noviembre; mes de difuntos, de demonios, de fantasmas, de huesos de santo y de funerales con pompa y boato en Cuelgamuros.
El veinte de noviembre de 1975 amaneció frío. Ya llevábamos unos días con un cielo despejado, velazqueño y un ligero viento serrano que curtía el rostro como a una bacalada soriana. Mi madre me despertó, como hacía a diario, para que fuese al cuartel. La mili estaba recién empezada y, pese a tener pase pernocta, eran pocos los días libres sin guardia, imaginaria o cualquier otro servicio. Mi abuela estaba muy enferma; en fase terminal y mi madre tenía que madrugar para ir hasta el hospital a quedarse con ella. Cojo el autobús, la línea 44, que va desde Marqués de Viana hasta la plaza del Callao. La gente va, inusualmente callada. Irán dormitando, pienso. Me apeo en Argüelles y me dirijo, por el paseo Moret, al cuartel –el Inmemorial del Rey-. Al llegar a la entrada veo la bandera a media asta. A estos ya les vale, pienso. Mira que poner la bandera a media asta por José Antonio que murió hace la intemerata…
¿Qué?, me dice el soldado de guardia. Te habrás despedido de tus padres ¿verdad?
¿Por qué?
¿No te has enterado? Se ha muerto Franco
¡Anda!, ahora lo entiendo… Todo el silencio del autobús, la bandera a media asta… ¡Vaya un despiste! Tanto tiempo esperando una noticia que parecía que nunca iba a llegar y, cuando llega nos pilla con el paso cambiado. El sargento nos ha convocado en la compañía. Al parecer Arias Navarro, aquel pimpampún de bigote fascista y compungido rictus, va a leer un comunicado entre pucheritos.
Formo parte de la Unidad Especial de Honores. Casi nada para la feria. ¿Qué es esto de una Unidad Especial de Honores que suena a Madelmanes? Pues nada; un grupo de clones que pesamos, medimos y aparentamos ser una misma persona bajo un mismo disfraz. El teniente coronel ha determinado que nos vayamos a casa y que nuestras madres –aquí no trabajan más que las madres- nos cosan una cinta a modo de barboquejo en la gorra y un brazalete negro, de luto de “equis” centímetros de ancho. Por supuesto, el gasto es por nuestra cuenta. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
Me dice el furriel que ha llamado mi madre diciendo que ha muerto mi abuela. Finalmente lo consiguió; lo hizo después del gallego, algo que la ilusionaba especialmente. Se lo comunico al teniente coronel para ver si podía sustituirme por otro compañero. Me dice que abuelas tenemos dos, pero que Franco sólo tenemos uno y que, por lo tanto, ya iré al entierro de la otra abuela. Me cago en sus muertos de forma interna, naturalmente, mientras suspiro de satisfacción al comprobar que era cierto: Franco sólo había uno. Me voy a casa a preparar el disfraz de desfilante. No sé qué coño querrán hacer. Nadie nos aclara nada.
Vuelvo al cuartel, tal como nos ordenaron y lo primero que me sorprende es que han dado permiso a todo quisque, salvo a la Unidad de Honores. ¡Qué suerte tenemos! Comemos y echamos la siesta. Está prohibido salir; llamar por teléfono; tener comunicación con el exterior. Estamos presos… Un compañero –a esto se le llama la alegría de la huerta- dice que igual nos entierran con él, como hacían los antiguos egipcios. Le cae la del pulpo por agonías. Son cerca de las 20,00 horas y un vehículo del ejército aparca en el centro del patio y trae una serie de uniformes nuevos, gorras, correaje, botas lustrosas, todo perfecto. Nos mandan vestirnos esa ropa. El del los egipcios vuelve a insistir. Nos entierran con él en el Valle de los Caídos. ¡Ya lo veréis!
Un teniente viene con el traje de gala y nos manda bajar al patio. Sin armas. Allí nos darán el armamento preciso. Llegamos al patio y el furriel y el armero están junto al almacén que hacía las veces de polvorín. Fusiles nuevos. Una bayoneta lustrosa y brillante y unos cargadores que había que introducir en el cinto. Están vacíos. No tienen munición. De forma maquinal nos volvemos hacia el egipcio que nos mira y asiente con la cabeza. Le amenazo con la bayoneta y mira para otro lado.
¡A formar! Grita el teniente. Somos una pequeña unidad. Yo creo que no seríamos más de una docena, o menos. Fir-més. Iz…. quierda ¡ar!. Descanso. ¡ar!
Señores, dice el capitán que está tras el teniente y el sargento que se ha colocado al frente de la pequeña unidad. Señores, hemos tenido el honor (¡cágate lorito!) de formar la guardia que velará al Generalísimo en su último viaje. Haremos dos turnos de media hora cada uno. Habrá un par de soldados de cada una de las armas y, a la cabeza del féretro, figurará un miembro de la Guardia de Su Excelencia. Ni que decir tiene que tenemos que ser los mejores (¡qué afán tienen siempre los militares con ver quien la tiene más larga…!). No quiero ver a un solo soldado del Regimiento Inmemorial que se desmaye o se maree como una señorita ¿Estamos?
Vamos a ir desfilando hasta el Palacio Real, donde se ha instalado la capilla ardiente (es un decir, claro, allí no ardían más que los cuatro cirios pascuales que rodeaban los despojos del anciano).
Salimos desfilando desde el paseo de Moret hasta el Palacio Real, por toda la calle de la Princesa, subimos por la plaza de la Marina Española y bajamos, posteriormente, a la calle Bailén. Todo el recorrido está lleno de gentes que guardan cola para ver la capilla ardiente. Mientras ven algo se contentan con nuestra marcialidad. Nos sentimos cristobitas de un guiñol ajeno. Llegamos al Palacio y el encargado de elegir a las colleras –un marinero, un aviador, un infante, un regular, un legionario y un boina verde. Nos alinean y me toca en el primer turno. A la cabeza, parte izquierda del difunto. No veo más que una pequeña nariz ganchuda que sale cómicamente de la cajita. La caja es menuda, muy corta. Alguien, no recuerdo quien, pero alguien de la guardia de Franco, dice que le cortaron las piernas y las metieron en la caja a ambos lados del cuerpo; que por eso es tan pequeña. No lo sé…
Con el rabillo del ojo, que diría el árbitro aquel, voy observando lo que acontece en la sala. Grupos de ciudadanos pasan atónitos e incrédulos ante el féretro. Unos se persignan, otros levantan la mano, se conoce que para ver si llueve, o para llamar un taxi. En pequeños corrillos gentes de la farándula franquista vestidos de boyscouts falangistas cuentas chistes oscenos o hablan de alguna nueva piculina que ha llegado a Riscal. Algunos, con chaquetillas blancas, como de comunión, y boina roja con un borlón que le cae sobre una sien. Distingo a Juan Antonio Samaranch, que luego fue demócrata y embajador en Rusia –previamente fue voluntario divisionario para matar rusos. Hay gentes que son como corchos-. Distingo también a Martín Villa, pequeño y nervioso. Adolfo Suárez y otros prebostes de los que luego serían demócratas de toda la vida lloran o fingen hacerlo. Estoy distraído pensando en ello y ¡plof! Algo ha caído haciendo un ruido estrepitoso sobre el silencio sepulcral del palacio. Un pegote de cera del cirio ha caído sobre la patena. Yo, que no lo esperaba, suelto un ¡mecágüen la puta! que hace volverse a todo el régimen. ¡Silencio!, ruge por lo bajo el moro de la guardia mora, que ahora ya parece un vecino más de El Pardo. Los diez soldados somos incapaces de aguantar las risas. A los diez minutos nos sustituyen. Como premio, el encargado del ritual, otro moro reconvertido, nos premia con la posibilidad de pasar junto al féretro para que podamos verlo. Todos renunciamos alegando que vamos a fumar. ¡Luego dicen que el tabaco no es bueno!
Pasan tres, cuatro, cinco horas… A la sexta hora nos vuelven a llamar a los miembros de la primera collera. El legía, sonriente, me dice que vigile el cirio. Así lo haré, camarada, le digo entre risas. Pasa pronto la media hora de actuación. La cola avanza a buen ritmo y la camada negra ha ido creciendo. Gafas de sol tapan los ojos llorosos de los jerarcas. Mucho botón negro sobre la solapa y mucho brazalete zaíno sobre el brazo izquierdo (con perdón). Aquello es falso, todo suena a mentira, a papelón. En el salón, un pequeño e imperceptible viento de incomodidad se apodera del duelo y de los duelistas.
Salimos a la calle. Hemos visto algo que, esperamos y deseamos, no tengamos que volver a ver nunca a ver. Desde ese punto de vista quizás, sí, hemos formado parte de un trozo pequeño; ínfimo, de la Historia de España. Lo que más me llamó la atención fue la falsedad del duelo, el control imperceptible para ojos poco dados a la política, de la elección de la compañía conveniente, de cara a un futuro. La mentira, en suma.
Salimos, decía y amanece. Vaya, pienso, después de todo esto va a ser la única verdad del viejo régimen. En España empieza a amanecer.

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