LE PALAIS DU BOUTONS D’ATELIER. Locale de chaleur

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Mademoiselle Madeleine Malraux LePart -abandonada, que no separada- de Monsieur Gauthier Champfleury-Pueyrredon y Champolion, había puesto una tienda muy coqueta y bien decorada con los cuatro cuartos que le sacó al Monsieur Gauthier para dejarle en paz para siempre. Una tienda que se llamaba Le Palais du boutons d’atelier y subtitulado Locale de chaleur y, como es natural, vendía botones, cremalleras, trencillas, corchetes y otros abalorios para hacer collares. También vendía cintas grosgrains, fieltros, telas tul, variadas y patchwork; cintas de raso, organza y todo tipo de puntillas y puñetas. Telas de loneta, raso, estampado de poliéster, sedas y cuadros vichi. Vamos en la tienda de Mademoiselle Madeleine Le Palais du boutons d’atelier tenían lo que se dice de todo para la retoucherie, la couturière y la haute couture.

La Mademoiselle Madeleine Malraxu LePart se llamaba, en realidad, Aberciana Sádaba Parrula y era natural de Calera de León que, contra lo que parezca a primera vista, es municipio perteneciente a la provincia de Badajoz, en la comarca de Tentudía y el partido judicial de Zafra. La Aberciana Sádaba Parrula hablaba con “egue” como las francesas y, cuando entraban las clientas, fumaba en boquilla de ámbar y echaba el humo por la nariz como la locomotora de la Ponferrada-Villablino.

¡Qué tía, la madama esta!, decían las costureras y las clientas que solo iban a mirar y a resguardarse del frío. Lo menos ha sacado el humo del ombligo. Las amas de casa que iban acompañadas de sus maridos –pocas, la verdad- pues preferían que se quedaran en la calle, fumando un pito, o en el bar tomando un blanco con su tapa de aceituna con tripa de anchoa.

Estas francesas son todas unas frescas y lo mejor es alejar la tentación, decían.

Yo creo, según me ha dicho el señor Pascual, el portero, que es algo ye-ye y gasta minifalda y mini-pull.

¡Nooooo!

Ya le digo, doña Úrsa. Una pelandusca y una francesa; eso es lo que es.

Cuando llegaba el catorce de julio –de juillet, decía la Mademoiselle Madeleine, o sea, la Aberciana- convidaba, mediante un tarjetón de color rosa desvaído y en donde, con las letras en bastardilla y bajo el título de la direction de Le Palais du bouton d’atelier et de sous-titrage Locale de Chaleur tenía –decía- le plaisir du vous inviter a una collation demain après-midi. En letra más pequeña y, en el margen izquierdo decía: S’il vous plaît confirmer votre présense. Las tarjetas las entregaba el Delfín, un golfo medio renco que, por cuatro gordas y un paquete de caldo las entregaba y se las leía en español a los invitados.

¿Y por qué no vamos a ir? Decía el Geruncio, el marido de la señá Lola.

Porque no mese pone a mí en el moño ¿te enteras? ¿O es que crees que yo me chupo el dedo? Todos allí mirando como becerros a la franchuta esa cómo levanta el dedo meñique cuando coge la taza. Con esta pinta de cabaretera. Si se os pone cara de babosos sólo con verla…

Pero si es una tía tísica. ¿Tú crees que iba yo a mirar a ese escuezo teniéndote a ti?

¡Quita de ahí!, tío gomoso.

Esta conversación, u otra similar, se producía en todas las casas a las que el Delfín acercó la invitación. Al final, pensaba el Delfín, no van a ir ninguna. Mejor, se decía, a más tocamos.

El día siguiente, como era previsible, aparecieron todas las clientas. Algunas, las más intrépidas, llegaban media hora antes y esperaban en la puerta.

Pues yo, decían a las vecinas según iban llegando, he venido por ese. Que luego me dice que soy una mal educada. Pero ahora, que yo no le quito el ojo a mi Gerardo, no vaya a ser que la crápula esa me lo encandile…

A las seis de la tarde, en punto, el Delfín, vestido con una librea y un sombrero de copa –los zapatos eran los mismos del día anterior, con su dedo meñique asomando por el roto del empeine- abría las puertas para invitar a pasar a los clientes.

Madames et mesiés, antré si vuplé

En el centro de Le Palais mademoiselle Madeleine, vestida como María Antonieta antes del trago de la guillotina, hacía una pequeña reverencia y se dirigía a sus clientes:

Vous êtes à la maison. Entrez s’il vous plaît…

Al agacharse para hacer la reverencia la mademoiselle dejó ver parte de sus encantos y algunos maridos, los que estaban al quite, golpearon con el codo a su vecino. Quiso Dios, Nuestro Señor, que el Gerardo, pensando que estaba junto al Rufo, el fontanero, golpeó con el codo a su señora. ¡Aquello fue Troya!

La Patrocinio, la esposa del Gerardo, le echó sobre la cara una taza enterita de agua hirviendo con su bolsita de tea y todo. La bolsita se le quedó sobre el párpado derecho y le quemó hasta la ceja.

Me cago en tus muelas, bestia, le gritó el Gerardo.

¡En qué hora lo hizo!

La Patrocinio se fue contra la mademoiselle y la cogió de los tirabuzones.

Ven aquí, penco. Golfa. Ye-ye, que eres más ye-ye que la Massiel.

La mademoiselle Madeleine, o sea la Aberciana, se olvido de las eges, del frangsuá y de María Antonieta. Puso los brazos en jarra y se echó para adelante.

Me vais tú a joder a mí la fiesta del quatorze juillet, fregonas de mierda….

¿Eh?, decían las vecinas. Si ha perdido el acento francés. ¡Qué bárbaro!, cuando se cabrean los franceses aprenden español.

¡Qué español ni qué niño muerto! A mí, a la Aberciana Sábada Parrula, que le senté las costuras al imbécil del Gauthier Champfleury-Pueyrredon y Champolion me vais a echar a perder la fiesta de la tienda. ¡Fuera de aquí!, golfas. Horteras. Y tú, Rufo, cierra la boca o te la cierro yo de un lapo que te arranco hasta la boina.

La fiesta se suspendió, la mademoiselle Madeleine, o sea la Aberciana, se marchó a la fiesta de la embajada y el Delfín se quedó comiéndose todas las pastas. También los calapiés –se dice canapés, Delfín. Ya lo sé mademoiselle, era por hacerla rabiar- y hasta los croissants. Las vecinas, después de envolverse con chulería en su mantón de Manila, se fueron del bracete de sus manolos a la verbena.

Hay que ver, las ínsulas, que se dan algunas. ¿No le parece, señá Remedios?

Y tanto, hija. Y tanto. ¡Quién nos lo iba a decir!, con lo finolis que parecía. Para que se fíe usted del Mercado Común.

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