LA VERDADERA Y DESGRACIADA HISTORIA DE DON CALIOPE FRESNEDILLAS BOGARRA, CURA ORTODOXO COPTO

PORTUGUESA

El pope ortodoxocopto don Caliope Fresnedillas Bogarra, alias El Copto, bebía el vino de misa en porrón y hasta en botijo. El vino de misa en botijo, cuando se mezcla con el anís de curar la alcazarra da gusto a bienmesabe. El pope ortodoxo copto don Caliope cuando canta misa lo hace con la voz de vicetiple del cuadro de señorita del Teatro Martín. Para mí que el pope ortodoxo copto don Caliope Fresnedillas Bogarra, alias El Copto, es el cantante Demis Roussos de antes del triqui-triqui. Al pope ortodoxo, etc. le repite el sabor del bienmesabe del vino santo y, al echar la bendición se le escapa un aire que levanta el flequillo a las tres primeras filas de la iglesia. ¡Caray con el don Caliope!, eso es regoldar y no lo que se hacía en Infantería.
Al don Caliope le invitaron las señoritas postulantas de la Gran Cruzada Pro Redención del Obrerito Cristiano y Español a una capea en Valdemorillo, Madrid, Spain, que es localidad taurina madrugadora. Actuaron en la charlotada Rogaciano Peluso Mula, Chato de Mucientes, torero de a pie, natural de La Gineta, en la Alcarria de Albacete que hizo faena de aliño y fue despedido con división de opiniones; el novillero Pompeyano Cáscaras Callosa, Niño de Pompeya, que lidió sin caballos y la señorita torera doña Renata Olmedilla Jaraíz, montada a sentadillas sobre Roncesvalles, caballo tordo matalón y al desgaire, que fue la triunfadora de la tarde. Al Niño de Pompeya le apartó del albero un toro de Carriquiri que tenía más aviesas intenciones que un inspector de Hacienda. La señorita Renata, entre que enseñó parte del muslamen en un quiebro y que fumaba y bebía anís de El Clavel entre rejón y rejón puso la grada en llamas.
Eso es una lidiadora y no el Cúchares ese, decían los Obreritos alborozados
El señor delegado provincial del Movimiento, viendo la que se avecinaba y avisado por la responsable de la Sección Femenina, mandó llamar al cabo del Tabor de Regulares del Peñón de Vélez de la Gomera, en las Islas Canarias, también Spain, que estaba de maniobras en Navalagamella para que guardara e hiciera guardar el orden público a cada momento más en peligro por la procacidad y el rijo.
¡Mira que rejón tiene el Superio, rubia!, gritaban los Cruzados
A ver; usted. Sí, sí… usted, el del brazalete de luto. La cédula. Mucho luto y mucho dengue y luego echando procacidades por la boca como un turco.
Al Rómulo Escalante, ex fumista en Las Vistillas y ahora vendedor de medias de seda; Chesterfield al suelto y piedras de mechero. ¡Gomas, gomas! Tengo gomas caballero. ¿Abro el puesto?, decía mientras se soltaba el cinturón de la gabardina; al Rómulo Escalante, decía, se le soltó el vientre al pedirle el cabo la cédula.
La señorita Renata, entre pitillo y pitillo, le echó el ojo al pope ortodoxo copto don Caliope Fresnedillas Bogarra, alias El Copto, que seguía la faena desde el burladero de autoridades.
Si me da un puntazo el burel ¿me echará usted la bendición, padre?
Al pope ortodoxo, etc. se le vino la sangre al rostro y, dando un paso al frente y poniendo la mano en posición de bendición dijo, dice:
Yo a usted le echo la bendición y todo lo que entre en seis duros, ¡prenda! El cura ya daba síntomas de intoxicación etílica por ingestión de bienmesabe en botijo, que es lo que puso el boticario, que hacía las veces de sanitario de plaza en el parte de incidencias que envió al señor alcalde.
La señorita Renata, sonrió mientras escupía por el colmillo con una habilidad que le era impropia hasta para la golfemia de Lavapiés.
¡Caray!, que mujer… Acertó a musitar el pope
La señorita Renata dedicó la muerte del toro Espingardo que era chorreado y algo bizco del pitón derecho, al don Caliope, quien recogió el sombrero cordobés como se hace en estas situaciones: al vuelo y sin que tocase el suelo.
¡Va por usted!, santidad. Exageró la dignidad la señorita torera…
Yo sí que iba a por ti, Espartera, dijo el don Caliope.
La charanga se arrancó por pasodobles y Marianito Lopagán Tórtoles, tonto del pueblo y algo poeta se arranco por ripios asonantes:

Don Caliope, cura copto, ciego del calentón,
tira la pata pa’lante y grita con aplicación
con la voz ronca del anís y el cuarterón.
La Renata pregonera, pregona este pregón
¡Me voy con don Caliope a Lugo y a León,
a Cuellar, a Los Molinos, a París y hasta Londón
¡Adiós a mis rejones!. A mis caballos; adiós, adiós…

Don Caliope, tras echar su cuarto a espadas, cargó con la Renata y, en un barco de pasajeros partió hacia Cuba donde, tras un bochinche furibundo entre barbudos y rasurados les fueron incautados sus dos baúles y sus cuatro cuartos. La Renata –lo que no mata, engorda- se amontonó con un barbudo que gastaba guayabera azul desvaído con bordados típicos de Lagartera y Oropesa a cada lado de la botonadura, los días feriados, y uniforme caqui y gorrita de visera los día de faena, y dejó plantado a don Caliope que ya no tenía ni sotana, el pobre.
Don Caliope, como sólo sabía cantar misa y los revolucionarios no gastaban de eso, se encontró, de la noche a la mañana, convertido en un indeseable que daba mal ejemplo a los niños revolucionarios con lo que, se vio repatriado en un barco que transportaba setas de El Burgo de Osma a Guayaquil. El capitán Aldea, que así se llamaba el baranda del barco, le puso a la caña y, de esta manera, el don Caliope se pagó su billete hasta la patria.
¿Oiga usted, señor amanuense, y el capitán Aldea no le llevó gratis?
Pues no señor. El capitán Aldea, como buen soriano, no tiene costumbre de dar de balde.
¡Pues vaya con los sorianos! Siga, siga…
Cuando llegó a Madrid se puso a trabajar en la Marconi, en Villaverde, con un enchufe que consiguió del coadjutor del padre Llanos, que tenía mano en el sindicato vertical. De la Renata no volvió a saberse nada hasta que, en un NO-DO que pusieron la tarde en que se estrenó La túnica sagrada en el cine Montija, salió junto a los balseros que abandonaban Cuba en dirección a Miami.
Sobre la cubierta de la patera la Renata, desdentada y con menos carne que el puchero de un vegetariano, se debatía entre la vida y la muerte.
Al don Caliope, que ahora vestía ropa seglar y hasta un jersey de lana hecho a mano con una cremallera en el centro, que le había regalado su compañero Marcelino Camacho, se le escapó una lagrimita en la oscuridad del cine. Una sola lágrima salobre y fría que rodó hasta la canal de su poderoso pecho de cura ortodoxo copto.
¿Cómo se llama usted?
Renata. Renata Olmedilla Jaraíz, para servir a Dios, a usted y a la revolución socialista de Cuba.
¿Estado?
Pues ¿no lo ve usted?. Hecha una mierda.
No; si decía estado civil. Soltera, casada, etc.
Pues debo de ser etcétera; porque soltera no soy, pero tampoco casada…
¿Quiere decir usted algo más a la cámara antes de su óbito? Dijo el entrevistador, que ya se ve que para psicólogo llegó tarde. ¿Un mensaje, quizás, para algún deudo?
La Renata balbució más que habló para decir a la cámara de la televisión, con estudiada pose teatral y afectada voz: Caliope, mi amol… ¿cómo tienes el rejón?
¡De muerte!, Renata, murmuró el viejo cura copto mientras se hacía la luz en el patio de butacas. Sobre la pantalla quedó fijo un mensaje en letras azul marino sobre un fondo blanco:
Visite nuestro bar.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.