ERASMUS, SÍ; PERO ISIDRUS, TAMBIÉN

erasmus parti

¡Jesús!, la que se ha liado con el coito interruptus presupuestario del ministro de Cultura, don Werte que te quiero Werte. Pues no va y se le ocurre quitarle a los niños de sus papás y de sus mamás la beca para el nene y la nena vayan de ¿cómo se llama eso Maripili?
Erasmus.
¡Ay, hija…! Qué cosas tienes. Siempre pensando en lo mismo… Lo de Türkmenistan, digo.
Pues eso, burro. Erasmus.
Eso. No van y les quitan lo del Erasmus…
Vale que recorten en los comedores; vale que quiten plazas de guarderías; vale que pasen frío los niños en los institutos o que recorten las pensiones a los mayores y no doten de presupuesto a la dependencia ¡Pero quitarles a los niños sus estudios en Türkmenistan…! ¡Ya les vale!
Lo primero que llama la atención es lo poco que se oye la radio en el medio rural. Eso, o que, como ya están acostumbrados, ni lo tienen en cuenta y no llaman. Pero luego seguimos con esto. Tiempo al tiempo…
Esta mañana la radio, el programa más escuchado de la mañana, ha dedicado prácticamente todo el día a recibir quejas y reclamaciones de mamás –siempre la mamá está más al tanto de los estudios del infante-. Las mamás, decía, hablan y no callan –esto también suele ser habitual- acerca de la excelencia del programa Erasmus para sus lechones. Les sirve, dicen, para salir de casa; para relacionarse con otras gentes; para conocer otras personas; para preparar su futuro una vez se emancipen; para que se acostumbren a guardar su dinero; etc. Pues bien, señoras mías, eso ya existía antes y todas ustedes, progres y celosas de que la educación de sus hijos no fuera católica o castrense se negaban a recibir. Ese programa ya existía antes: se llamaba mili.
Ya -dice Maripili-, pero es que el niño vendrá sabiendo letón, o finés o copto griego, según donde les toque. Aprovechará y aprenderá un idioma mientras saca su carrera de biología de los alimentos o puericultura, que el día de mañana les será de gran utilidad para sacar el carné de manipulación de alimentos o para limpiar culos a los niños en la guardería. Eso, claro, si es que encuentran trabajo, después de dos años de prácticas pagando, o cobrando, a lo sumo, 200 euros en empresas que les explotan mientras echan 14 horas de media. Todas coincidían, eso sí, en que el año de estancia en Letonia, Finlandia o Atenas es carísimo y lo tienen que pagar su papá. ¡Fijaté…!
¿Y les parece mal? ¿Es que en Carabanchel, en el Barrio de Gracia o en la Palanca de Bilbao no se puede estudiar biología o puericultura? Con lo que se ahorran pueden ustedes pagarles un profesor de idiomas que les enseñe el letón, el finés y el copto y, al paso, quitamos tanto paro como existe entre los diplomados de filologías extranjeras. ¿O es que lo que pretenden es que le paguemos entre todos el psicólogo para que destete al muchacho y los paseítos por Geneve y los gintonics con la crema de la intelectualidad? Para eso, señoras mías, está el Interrail, que se lo paga cada uno y hace todas esas habilidades que quiere mamá, pero a costa de su peculio, no del de todos.
De todas las llamadas escuchadas, y aquí retomo lo del mundo rural, todas provenían de ciudades, de capitales, de pueblos grandes pero ninguna de pequeñas aldeas, de pueblos situados en medio de la meseta o en lo alto de una braña, no; todas eran de ciudades grandes. Todas coincidían en lo cara que está la vida en Aquisgran, en Lovaina, en Lyon y en Sebastopol, pero ¿y en Madrid? ¿Y en Zaragoza? ¿Y en Barcelona? Porque, miren ustedes, a los niños que viven en el medio rural los tienen que mandar sus padres, si o si, como dicen ahora los gilipuertas de la radio y la tele, si es que quieren estudiar desde el instituto, porque resulta que en la mayoría de los pueblos no hay ni tan siquiera instituto; no ya colegio universitario, o escuela o facultad. Ni tan siquiera instituto. Y si quieren que sus hijos tengan las mismas oportunidades que el resto de los españoles que viven en ciudades grandes, tal y como dice la Constitución –oiga, Paquito, no se me ría usted que le veo por el rabillo del ojo- tienen que hacer un esfuerzo económico aún mayor que el de los pijoerasmus de las pelotas.
Erasmus, si; pero Isidrus, también. Ni un solo recorte en Educación -¡faltaría más!- pero en igualdad para todos los españoles, vivan donde vivan. ¿Por qué hay que pagar a un alumno que elige libremente pasar un año en Europa y no a otro que tiene que hacerlo fuera de su casa a la fuerza? No estoy hablando de una pequeña cantidad para que el niño del ámbito rural estudie en la capital; no. Estoy hablando de pagarle los estudios y la estancia, para que pueda acceder a ellos en igualdad de condiciones que el resto de españoles quienes viven en la capital.
Los estudiantes de Erasmus, cumplido su sueño de pasar un añito –pseudo sabático, según muestran en Españoles por el mundo- vuelven a su casa; vuelven a su ciudad; a su ambiente. Retoman su vida y, si tienen suerte, comienzan una vida autónoma en el sitio que le vio nacer. Al paso, ayudan a crear riqueza que, finalmente, revierte en las ciudades. La luna ha realizado todo su giro. Fin de la cita, que diría el otro.
El joven del medio rural; no. El joven del medio rural, si ha elegido Medicina, por ejemplo, salió de Langa de Duero, dicho sea sin ánimo de señalar- para completar la educación secundaria en Aranda, o en Burgos o Madrid. Allí se matricula en Medicina y, si va año por curso que los langueños son avisados y listos como liebres, acabarán al cabo de seis años. Luego, la espacialidad, el MIR, etc. y tras diez años de estudios superiores y veinte desde que salió del pueblo ya no vuelve porque ya no es su pueblo. Se ha desubicado. Si tiene suerte y encuentra un trabajo fijo y bien remunerado reclamará a su familia y toda ella abandonará el pueblo. ¡Bingo!. También se ha cerrado el círculo. Fin de la otra cita.
Así, de los pueblos, se van yendo los mejores: los mejor preparados, los más jóvenes, los más fuertes y capacitados y ¿por qué no?- los que han tenido dinero para irse y dejar al padre al cargo de todo el trabajo. El pueblo pierde una familia y va despoblándose a pasos agigantados en beneficio de las ciudades. Eso sí, ambos coinciden en una misma cosa, han pagado los Erasmus a partes iguales, aunque los disfruten siempre los mismos.
No hay de qué preocuparse. La juventud es lo importante. Que estudien y se desarrollen que tengan suerte y, si aprovechan el tiempo y los recursos que nos saca Hacienda del bolsillo, con un poco de suerte llegarán a ser Carromero, que es el líder popular de la juventud. Los del ámbito rural, si no tienen dinero para pagarse de su bolsillo la estancia en Madrid, siempre se quedarán en el pueblo, cuidarán del campo, de la huerta. Nos facilitarán esos hermosos tomates, esos riquísimos pimientos, esas dulces cebolletas y mientras, nosotros, los que hicimos el Erasmus, hemos vuelto a casa, comemos la ensalada y damos gracias a Dios porque la vida siga tan bien administrada como Él ha hizo. Amén.

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Una respuesta a “ERASMUS, SÍ; PERO ISIDRUS, TAMBIÉN

  1. Fresita Magenta

    Sin comentarios… ¡Muy bueno! Sólo un pequeño detalle: se ha olvidado Ud. del sueco amigo mío. Mi nińa aprendió sueco en Suecia y además se enrolló con un australiano… ¡Para qué queremos más!