LA VERDADERA HISTORIA DEL BUQUE LADY JULIANA

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En algunas épocas del año, especialmente cuando no hay setas, don José María Aldea Romero, alias Navegante, vecino de El Burgo de Osma (Soria), Spain, nos relata historias de marinos, de viejos piratas, de héroes náuticos y, si hay suerte, hasta de sorianos mareantes para entretenernos hasta la hora de los vinos. Como parece que estamos en temporada de níscalos, hongos y otros pedicelos han de ser su mayordomo quien mantenga la costumbre añeja. Sea pues…
La Inglaterra post Cronwell se había vuelto ingobernable. El pueblo no es que tuviera hambre propiamente dicha, sino un apetito abundante y los ingleses, tan elegantes en algunas ocasiones, si no tienen su Tea con la nubecita de leche y alguna que otra pasta para empujar se mosquean y la lían parda. Así, el rey se levantó una mañana, se colocó el pelucón al bies y tras sorber un pellizco de rapé, mandó pergeñar un código penal que sentase las costuras a la chusma. Así fue como se instauró el Blody Code o código sangriento que era una putada que ríase usted del manual del catalán obligatorio de Artur Mas Tuerzo. Las cosas no fueron bien y las plazas se llenaban de cadalsos y picotas y los lores y otros pisaverdes no podían circular con sus tartanas y sus pavas engalanadas y cubiertas con sombrillas de fuelle y cretona. Entonces decidieron enviar sus convictos a las colonias. Una vez que llenaron los Estados Unidos de gentuza y, en vista que la miseria aumentaba, decidieron evitar el hacinamiento de sus cárceles y calabozos estableciendo una colonia penal, una especie de Isla del Diablo guayanesa, pero en la tierra que James Cook había descubierto: Australia.
Partieron de Portsmounth once barcos con casi ochocientos presos y 550 funcionarios, polices y tripulación al mando del capitán Arthur Philip. Tras ocho meses de navegación llegaron a Botany Bay, en español Bahía del Gintonic o del Botánico, que dicen ahora los modernos. Desde el principio las cosas fueron mal; vamos, de puto culo: escorbuto, disentería, campesinos que no habían visto una azadilla en su vida, las vacas que sentían morriña del verde inglés y no daban leche, los negros aborígenes que se pintaban y asustaban a los niños… Vamos un cuadro; que en inglés se dice una picture de three pairs of cojones.
El gobierno, mosqueado, tras analizar la cuestión llegó a la conclusión de que 564 garañones y tan solo 192 mujeres tenían mal apaño y decidieron hacer una caravana de mujeres, al estilo de aquella de Plan, en el Pirineo aragonés, pero en chalupa y montó un barco como el de Vacaciones en el mar pero despendolado a tope. Enviaron 225 lumis con furor interino para que los Cocodrilos Dundees desfogaran el ardor guerrero. El 29 de julio de 1789 partía de Plymouth el buque Lady Juliana rumbo a Australia. El mujerío fue instalado en la sentina para evitar que the sun quemase el género y, a las noches, las subían a cubierta para dormir. Como dice el refrán eso del hombre y el fuego, la mujer y la estopa… pues llegó el diablo y se puso a soplar. Algunas de entre las lumis se mercaron un maromo de entre la police para buscarse un hueco donde dormir (tampoco era plan tirarse ocho meses en cubierta, con lo que estropea el cutis el salitre). El cura de a bordo no daba abasto…
Pero hete aquí que la Elizabeth Barnsley, un putarrón desorejado, conocida ladrona y estafadora, que incluso llegó a tesorera del Partido Laborista pidió una subvención al presidente de la CEOE, que allí se dice Confederations of Bussines Organizations, y montó un negocio en plan joven emprendedora: Un puticlub flotante al que puso por nombre The Rabbit of the Loles. La Elizabeth, o Lady Ely, no solo inventó en bono-polvo sino que, en las escalas, puso una franquicia en cada uno de los puertos: Islas Canarias, Río de Janeiro, Ciudad del Cabo…
El 6 de junio de 1790 (obsérvese que los 6 de junio son días propicios para los desembarcos gloriosos) el Lady Juliana, ya motejado como The Love Boat, arribó a la tierra de los canguros. Los colonos que esperaban la llegada de una flota con suministros, se quedaron de piedra al ver el mujerío.
¿Qué pasa, gañanes, -les gritó la Elizabeth- es que preferís el black pudding o las hash brown a unas gachís como estas?. ¡Niñas, al salón, digo a la cubierta! Fue empezar el desfile y las babas llenaron la bahía del cabo Pasley.
El caso es que la Elizabeth acabó en un momento todo el billetaje y tuvo que encargar refuerzos al propio Londres. A las tres semanas, y a través de un Courier llegaron cuatro barcos más (el Justinian, el Surprize, el Neptune y el Scarborough) con los suministros y una nueva remesa de lumis británicas y todo se calmó.
A estas mujeres que llegaron a a bordo del Lady Juliana se las considera en la Commonwealth (tiene cojones que Commonwealth signifique riqueza común cuando se quedan la lana el orejas y su madre…) las madres fundadoras de Australia. No creo que los australianos estén muy contentos con esa definición puesto que, por lo tanto, ellos serían los hijos de las empleadas del The Rabbit of the Loles…
Ya sé que este es un cuento que no tiene el fundamento y los ribetes heroicos a que nos tiene acostumbrados el Capitán Aldea, pero miren ustedes uno, dentro de su humildad, hace lo que puede. Siempre suyo…

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