CAÍ DE MI ARMA…

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El coche, casi como quien no quiere la cosa, me ha acercado hasta Cádiz. Más concretamente a los pueblos que llegan hasta su mismo arrabal; El Puerto de Santa María, Puerto Real… Me ha llevado hasta las blancas pirámides de sal que descansan en las orillas del río Guadalete.
Puerto Real es un pueblo grandecito, un pueblo lleno de ventanas. Un pueblo con las ventanas llenas de rejas bien labradas y mucha celosía. Es un pueblo para ver sin que te vean. Al salir de Puerto Real se ve la mar calmada con su color azul-verdoso, casi del color de la turmalina. La mar en Cádiz, para este turista, es distinta de la mar cantábrica. La mar castellana de Santander termina frente al acantilado pétreo; frente al nido de alcaravanes y gaviotas; frente a rectas chimeneas de granito. En Cádiz la mar acaba suave, mecida, en una pradera de hierbas; en una pradera un tanto quemada por la salitre. La sal, como el tabaco, estuvo en un tiempo estancada en España. Cádiz y la sal; Cádiz y el tabaco… salinas del Guadalete, la Carmen de Merimée. Sal y tabaco gaditanos.
Paso San Fernando, pueblo de gloriosos marinos. Uno, al llegar a San Fernando y ver la nómina de ilustres mareantes no puede menos que echar en falta al Navegante Aldea… Frente a la bahía unos marineros faenan desde un falucho que, de puro añejo, parece conservado en salmuera. De puro derrengado parece parte del rocadal del acantilado.
Camino ya del interior bellos y sonoros pueblos se suceden: Chiclana de la Frontera, Sancti Petri, Alcalá de los Gazules. La relación de estos pueblos parece sacada del Libro Gotha o de la Guía ¿Quién es quién?. Son pueblos de nombres heráldicos y medio morunos. Zahara de los Atunes, me trae recuerdos del abuelo de la saga Prat, aquellos locutores que nos han acompañado toda la vida. El picador, decía Matías, es hijo de aquel Saltaor, varilarguero de Zahaaaaara de los Atuuuuunes, decía haciendo hondo hincapié en el topónimo. Nombre que, ¡vaya por Dios! tenían que toparse con su envés tan hispano y tan carpetovetónico: el barrio del “Meadero de la Reina” y al que, al decir de la leyenda, su Serenísima Majestad, se sintió menos serena de lo que señala el título y tuvo que realizar aguas menores. Dentro de lo que cabe siempre será mejor, para un futuro, que las aguas no fueran mayores.
Antes de ir a comer me entretengo con el vuelo sereno y majestuoso de garcetas y ánades; de gaviotas y zuritas; de las aves todas de la vecina Doñana. El sol, el omnipresente sol de Cádiz, ofrende mis ojos y tengo que colocarme las gafas para no cegarme. Recojo los bártulos y me marcho a Jerez. Jerez es, después de Sanlucar, mi lugar favorito de estos andurriales gaditanos. También me gustan Rota y Chipiona, pero estas dos localidades, entre marines y anárquicos tarambanas me cansan. Chipiona es el desorden, el barrio, la algarabía. Rota, en cambio, está como estabulada. Todo es administrativo y sancionador. No se aparca aquí; no se hacen fotos allá… Jerez es señorial. Señorial y bullidor con sus barrios gitanos. Jerez sirve el mejor aperitivo del mundo. Y tiene, en las mesas del Arturo, y del restaurante que regentan sus hijas, lo mejor de la bahía de Cádiz. Jerez tiene una manzanilla fresca; no fría que quita el sentío
Arturo trae unos tomates duros, frescos, ligeramente untados del mejor aceite de oliva del orbe, con su sal gruesa del Guadalete, con ese toque ligeramente ácido del mejor vinagre de yema de Jerez… No hay nada en el mundo tan delicado, tan ligero, tan apetitoso y tan sencillo. Un pescaito frito leve; casi aéreo, ligeramente rebozado, como quien no quiere la cosa. El rojo del salmonete, la suave textura de la harina engarzada en la piel del salmonete, en sus escamas. El choco pequeño, fresco, duro… La acedía plana, ligeramente tostada. El adobo del cazón perfumado y la gamba fresca y un poco sosa, sin demasiada sal en la cocción… Un placer. Un inmenso placer.
Salgo del restaurante y me acerco hasta una pastelería donde, solamente por probarlos, tomo unos tocinillos de cielo que tan solo las monjas y estas confiteras jerezanas son capaces de hacer. Media docena, tampoco hay que abusar, que uno está a plan de adelgazar.
Subo hasta la casa y, más que acostarme, caigo en un coma profundo. Un coma agradable. La siesta, cuando sientes que un ligero reguero de baba cae por la comisura del labio, es una siesta como Dios Nuestro Señor manda. Tres horitas de reposo. Tampoco es cosa de abusar.
Me levanto a las siete y decido ducharme antes de arreglarme y salir con dirección a Chipiona. He decidido no ducharme, sino darme un ligero baño en la piscina. Luego, ya sí, subo y me ducho. Me afeito y me arreglo convenientemente. No quiero parecer un guiri ni, -¡Dios me libre!-, un turista sin fundamento.
Me acerco hasta el Rubio Marcario; un abrevadero jaranero y alocado. Los precios buenos, la manzanilla… miren ustedes. Aquí no. Aquí no está buena. Es mejor pedir una cerveza. ¡Qué se le va a hacer!. La gamba al ajillo, er “menuo”, platillo de callos con garbanzos, un jamón inenarrable y unas tapas y unas medias raciones para quitar las telarañas del bandujo como no hay otras.
Después… oración, despedida y cierre. Su Majestad el Rey, sobre un fondo de una bandera española flameando y una melodía repetida… Chunda-chunda, taratatatachunda tataratataaaaa.

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