DE OVEJAS Y SORIANISMOS…

OVEJA

Ayer, el amigo Miguel Díaz Bea me reprochó, el uso de un “sorianismo” al no utilizar el irregular verbo andar, concretamente el pretérito perfecto simple “anduviste” y colocar un “andaste” –con lo difícil que es de mantenerlo en Word si tienes el corrector activado-. Para abundar en estos sorianismos –torrenillo en lugar de torreznillo es otro- vamos a colgar este post en el que utilizaremos un lenguaje propio de las Tierras Altas sorianas y, más concretamente, una jerga ganadera y trashumante. ¡Va por ti, Miguelón…!

Acaba septiembre y, el viento ábrego deja paso a un noreste aragonés. Cuando el Moncayo presenta un capuz sobre su cima se repite el refrán: boina en el Moncayo, cierzo en la Ribera. En la casa de los cachicanes hay una actividad frenética: los trebejos y achiperres van de mano en mano. Anguerillas, albardas, trebejos y otros arreos van siendo cargados por la Yegüera; la esposa del Rabadán. No es corriente que las mujeres formen parte del rebaño, pero Águeda, la esposa del Sotero le acompañará este año. Están recién casados y aún no tienen hijos. Igual el viaje les acopla y vuelven tres, en lugar de dos. ¡Quién sabe!
En el abrigaño del canchal se ha ido colocando el rebaño. Mil cien reses lanares de lo mejor de la raza merina; quince yeguas, media docena de mastines valientes y educados y cinco hombres, además de la hatera. El viaje va a durar un mes, hasta avistar la dehesa del valle de Alcudia. El Rabadán, el Compañero, el Sobrado, el Ayudador y el Zagal tienen todo un mes para demostrar sus habilidades. Cada jornada se caminará entre quince y veinte kilómetros. Eso las ovejas, claro, los pastores, entre ir y volver a por las que se rezagan harán casi otro tanto diariamente. Es duro, pero también sano y deportivo.
El Zagal ha ido recogiendo leña menuda y apilándola, en un bardal, junto a un hogar hecho con cuatro pedruscos. La Águeda está esmigando el pan para hacer unas migas de pastor. En Soria las migas se hacen con el pan seco de varios días, media cebolla, un par de dientes de ajo, panceta o torrenillos, un par de tomates maduros y el pimentón de La Vera del año anterior (ya se va acabando el del año pasado). Se añade un buen chorro de agua y unas uvas y a comer…
Hemos llegado a un baldío donde las aliagas brillan con el menguado sol del atardecer. En su parte norte, una majada, con su bardera y todo, nos permitirá pasar la noche. El Rabadán presta especial atención a las escusas, no en vano tiene interés principal en ellas. Las echa unos gabejones que el zagal había atado con vencejos. Aunque hayan pastado suficientemente no está de más recebarlas un poco para que engorden. El Sobrado y el Ayudador ahijan el ganado. Separan las desportilladas y las machorras, acercando el ganado a un muro que algún paretero dejó a medio levantar. Los carneros amurcan unos con otros disputándose las moriondas. La Águeda, sujetando fuertemente el llar, llama a comer cerca del reajo. El agua está fresca y clara y es posible refrescarse y mezclar el mostillo con el agua fresca del manadero. Aún no se ha ocultado el sol del todo y los hombres, tras acabar su cena, se han echado sobre sus mantas burdas en el suelo.
La Águeda recoge y lava en el reajo los platos y las cucharas de madera. Los platos son de aluminio y se friegan con asperón y un poco de arena. Se guardan convenientemente. El Sotero está desrabando unas corderas. Guarda los rabos y las rabochas salen haciendo fú, como el gato, en dirección al resto del rebaño. El Sotero guarda con cuidado los rabos junto con una especie de emplasto que porta en un periquillo de loza. Son los calostros de una parturienta que ha malparido. La Águeda le mira de forma inquisitoria… El Sotero pone el dedo índice sobre los labios.
No digas nada a nadie. Luego vuelvo. Tú échate a dormir y no digas nada a nadie.
Pero…
Shiiii. Confía en mí; dice mientras se aleja.
Antes de amanecer vuelve el Sotero. Ya no trae el hatillo donde llevaba sus secretos. Por el contrario, trae un paño envuelto atado con un cordel basto de esparto.
¿Qué es?. Tómalo y guárdalo. No lo abras. Ya te contaré cuando lleguemos a la dehesa.
Quiero verlo, Sotero. No quiero que haya secretos entre nosotros.
Pero no puede ser. El rebaño y nuestro futuro dependen de poder guardar este secreto sin que lo sepa nadie más que yo.
Al día siguiente la Yegüera y el Rabadán ni se dirigieron la mirada. Águeda no podía soportar la curiosidad y, en un momento dado, abrió el hatillo. Envuelto entre la tela sucia y deshilachada un manojo de joyas refulgía bajo el sol. Pulseras, aretes, zarzillos de plata y oro; de jade y coral. Águeda pudo reprimir un grito y, como si quemaran, los envolvió y los guardó en lo más hondo del morral.
Esa noche, el Sotero actuó de la misma manera. Llenó el periquillo y envolvió en otro hatillo, similar al de la noche anterior, los rabos cortados a las corderas. Le hizo a la Águeda el mismo gesto de silencio y se marchó saliendo de la taina en dirección al monte. La Águeda le siguió a una distancia suficiente como para no ser descubierta. Después de media hora de marcha el Sotero se volvió para comprobar que no era descubierto y se introdujo en una cueva. La Águeda se lanzó al interior de la cueva y, detrás de un abrigo observó lo que allí ocurría.
El Sotero estaba rodeado de medio centenar de mujeres horrorosas. Feas y avejentadas. Algunas cheposas y sucias. Eran brujas. Decenas y decenas de horribles brujas y su esposo allí, en el centro, haciéndoles entrega de los rabos de las corderas y del periquillo con la placenta de las ovejas. Una de las brujas; posiblemente la más fea y, por tanto, la jefa del aquelarre, le entregó un hatillo similar al que le entregaron el día anterior y que Águeda había descubierto. Antes de que el Sotero se despidiera de las brujas, Águeda salió corriendo en dirección a la tenada. Cuando llegó el esposo Águeda se enfrentó a él.
Quiero que me enseñes lo que traes y que me cuentes la verdad.
No puedo hacerlo. De ello depende nuestro futuro.
Me importa poco nuestro futuro si es que ha de ser con secretos y mentiras. Sé bien dónde has estado; te he seguido. ¿Qué eran esas brujas y qué joyas son estas que te dan?
No puedo decirlo. Nuestro rebaño depende de mi silencio y de que no sepas lo que ocurre.
O me dices la verdad, o como hay Dios en los Cielos, que me vuelvo para Oncala. Tú verás…
¿Prometes no contarle a nadie lo que te cuenta ahora?
Prometido
Verás. Desde hace años, en viajes anteriores, les entrego a las brujas los rabos cortados de las corderas y también la placenta y los calostros que ellas necesitan para hacer sus emplastes y sus filtros. Ellas, a cambio, me dan joyas que las jóvenes enamoradas las ofrecen para conseguir sus pócimas y con estas joyas es con lo que he ido comprando las ovejas para formar el rebaño. Si dices algo y ellas se enteran nos echarán una maldición y perderemos las ovejas y todo lo que tenemos. ¿Comprendes ahora por qué no puede decírtelo?
Estate tranquilo que yo no se lo diré a nadie.
Así quedó la cosa y, mientras avanzaban hacia las dehesas y las hiruelas el hatillo de las joyas iba creciendo hasta convertirse en un paquete disforme. El rebaño había llegado, prácticamente a su destino. Estaba descansando en un antiguo agostadero que, otrora, estaba lleno de ababol. Ahora el verdol de la hierba cubría todo el horizonte.
¡Túso!, espantó la Águeda a uno de los mastines que quería robarle una güeña de las que tenía preparada para echar a la legumbre. La esposa, algo escamada, miraba para el marido mientras esmotaba un puñado de lentejas. Una mamía disfrutaba de un sencío para ella sola. A lo lejos, un menestral se acercó a la pareja. Una torva de lluvia y frío les trajo el recuerdo de las rabiuras de Oncala.
¿Qué querrá este entrometido?
¿Qué?, preguntó el visitante ¿De trashumantes?
Así parece, contestó el Sotero
¿Hoy no se van a acercar a la cueva de los Trasgos?, preguntó con cierta curiosidad
¿Y usted qué gana en saberlo?, le respondió la Águeda
Nada, señora. Simple curiosidad
Pues la curiosidad mató al gato.
No se enfade, señora. Uno va de camino y se ha parado por echar un trago de agua fresca. Si es que tienen la caridad de ofrecérmela.
El agua no se le niega a ningún cristiano, dijo el Sotero
Gracias, contestó el entrometido. Queden ustedes con Dios
Qué Él le acompañe, contestaron a coro.
Yo creo que este sabe algo, le dijo la Águeda al Sotero. Para mí que te ha seguido y querrá quedarse con parte de nuestro botín.
¿No te habrás ido tú de la lengua, verdad?
¡Estás loco! Esas joyas son tan mías como tuyas
Esta noche es la última que vamos a estar por estos pradales. Lo mejor es que vayas y les pidas que te den más joyas, sino no le das ni los rabos ni los calostros…
¿Y tú crees que se conformarán?
¡Ya lo creo que se han de conformar!
Esa noche, las brujas descubrieron el pastel. El Sotero, que era un hombre que no tenía la más mínima ambición quería ahora negociar al alza su recompensa.
Confiesa, pastor. ¿A quién le has dicho lo de las joyas?
Yo…
Sí; tú. ¿Quién más sabe nuestro secreto? Si has confesado el secreto a otros perderás las joyas y todo tu rebaño.
Yo solo se lo dije a la Águeda. Ella es la que me ha dicho que venga a pedir más joyas.
Ve; pastor. Y para otra ocasión piensa antes de hablar…
Cuando el Sotero llegó a la hiruela el ganado había desaparecido; las joyas se habían volatilizado y la Águeda lloraba amargamente.
La culpa ha sido tuya, sollozaba. ¡Mira a dónde nos has conducido!
El Sotero sacó el canivete y… de lo que pasó en la hiruela mejor no contarlo.

Moraleja: A razón de catorce, siete la media…

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