UN INFANTIL RECUERDO

LOBA PARDA

Cuando yo era un niño de apenas media docena de años no veía a mi padre prácticamente en todo el día. Él trabajaba hasta altas horas y, Antonio, mi hermano mayor y yo, nos acostábamos pronto para ir al colegio al día siguiente. Pero el domingo ya era otra cosa. El domingo, según se levantaba mi madre, corríamos como alma que lleva el diablo para meternos en la cama con nuestro padre. Estoy seguro que a él le hubiera gustado dormir un poco más, pero nunca se quejó de nuestras visitas. ¡Todo lo contrario!

Mi padre nos contaba cuentos, nos acojonaba con historias truculentas y nos recitaba una poesía -el Romance de la Loba Parda-, que resultó ser un romance pastoril que don Ramón Menéndez Pidal localiza en la extremeña tierra de Trujillo (más por la raza de la perra que por otra cosa) ya que, en otras zonas de La Rioja o de Soria, más concretamente en Almazul, en el Campo de Gómara, también se escucha y dice así:

Estando en la bichoza, pintando la mi cayada;
Las cabrillas altas iban, la luna muy rebajada.
Ir de venir siete lobos, por una oscura cañada;
Venían echando suertes, cual entraría en la majada.
Le toco a una loba vieja, patituerta, cana y parda.
Que tenía los colmillos, Como puntas de navaja.
Dio tres vueltas al redil, y no pudo sacar nada;
a la otra vuelta que dio, sacó la borrega blanca.
Hija de la oveja churra, nieta de la oveja ysana;
La que tenían mis amos, para el Domingo de Pascua.
¡Aquí, mis siete cachorros! ¡Aquí, perra trujillana!
¡Aquí, perro de los hierros! ¡A correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega, cenaréis leche y hogaza;
Y si no me la cobráis, cenaréis de mi cayada.
Los perros tras de la loba, los unos se esmigazaban;
Y al subir un cotorrito, la loba ya va cansada.

Entonces, la loba; cansada y hecha unos zorros, soltaba la borrega y se dirigía a los perros intentando conseguir una tregua. Los perros decían que nasti de plasti, acordándose de la cayada del pastor, por lo que no hicieron caso a sus súplicas. Acababa así el romance:

Tomad perros la borrega, sana y buena como estaba;
No queremos la borrega, de tu boca alobadada.
Que queremos tu pelleja, pa´l pastor una zamarra.
La cabeza pa´un zurrón, para meter las cucharas.
Las tripas para vigüelas, para que bailen las damas.

Ni que decir tiene que cada uno de los versos mi padre lo convertía, con sus silencios y una sombra chinesca que hacía con su mano, sobre la pared de la habitación, en un guiñol que daba bastante miedo.
A continuación nos contaba un cuento bastante truculento y acojonador acerca de una esposa que odiaba a muerte a su marido. Al morir éste la esposa asistió al entierro y, tras cerciorarse de donde lo enterraban, se marchó a su casa para, al día siguiente, de noche y en medio de una ventisca terrorífica, colarse en el cementerio y arrancarle los vacíos y comérselos. Al volver a su casa la esposa caníbal se encerró y esperó la llegada de la noche para descansar del esfuerzo realizado la noche anterior. No hizo más que anochecer y acostarse cuando, entre los truenos y los rayos, los relámpagos y los chuzos de punta, se escuchó el arrastrar de unos pies sobre la madera del suelo. La esposa se tapó la cabeza para no ser vista pero, la voz de su esposo, la reclamaba.
María, dame la asadura, dura, que me robaste de la sepultura
Vete, que ya me la comí.
Que no me voy, que entrando en la casa estoy…
La esposa se arropaba aún más si cabe.
María, dame la asadura, dura, que me robaste de la sepultura
Vete, que ya me la comí.
Que no me voy que llegando a la cama estoy…
Y así hasta que el fantasma decía:
María, dame la asadura, dura que me robaste de la sepultura.
Vete, que ya me la comí.
Que no me voy, que metiéndome en la cama estoy.
En ese momento, mi padre nos apretaba con ambas manos sobre el estómago mientras gritaba. A mi hermano y a mí nos faltaba cielo para dar vueltas. Pero, finalmente, volvíamos a la cama para seguir escuchando un cuento tras otro.
El sábado pasado estaba yo intentando conciliar el sueño en Langa. Del exterior entraba una ligera brisa que movía las altas ramas de las moreras y las de las acacias. Todo estaba oscuro. Una tranquilidad casi de camposanto rodeaba a la estación. Inesperadamente ladró un perro en la lejanía. El ladrido de los perros, en la oscuridad de la noche es inquietante. Al primer ladrido siempre le siguen otros y, si fallan los perros del contorno, es el eco quien contesta. Si el eco duerme le contesta el perro de san Roque. Pero ¡vaya que si contestan…!
Me duermo, recitando, como en una letanía uno a uno los versos del infantil romance pastoril….

Estando en la bichoza, pintando la mi cayada;
Las cabrillas altas iban, la luna muy rebajada…

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