MENTES EVANESCENTES (y VII)

verdes

Una mañana, mientras estaban charlando, sonaron unas sirenas a la entrada del pueblo. La gente corría por las calles de un lado para el otro. El Tostado le dijo al Subdelegado que entrara en la casa.
¿Qué ocurre?
No lo sé. Al parecer hay un despliegue de policías en la entrada del pueblo. Dicen los que lo han visto que, con unos megáfonos, están pidiendo que entreguemos al Subdelegado que está secuestrado en el pueblo. Yo creo que están todos locos…
¿Pero qué día es hoy?
Viernes. ¿Por qué lo dice?
¡Ay, Dios mío! La que he liado sin querer.
Entre, entre usted en la casa y no se preocupe, que voy a ir a hablar con ellos. Seguramente se trata de una falsa alarma o de un equívoco. Entre en casa que yo me ocupo de ello.
Tenga usted cuidado, no sabe con quién se enfrenta. Nos culpan de todo lo que pasa por el contorno. Con eso que dice que estamos locos nos culpan hasta de la muerte de Manolete.
No se preocupe, será un error. Déjeme que vaya y verá como todo se arregla.
Don Filemón se acercó hasta el cordón policial e, identificándose como el Subdelegado pidió que comparecieran Martínez o Crescencio o cualquier otro responsable del gobierno civil.
¡Habráse visto aquí el chalao este! Pues no dice que es el Subdelegado.
Dale un tiento, verás cómo le crujen las costillas, le dijo un guardia a otro.
Anda de aquí, alelao, que como te acerques te voy a dar semejante porrazo que te van a tener que extraer la porra con un soplete.
¡Pero qué dice usted, cretino!
¡Zas!, el porrazo fue de los que hacen época.
Don Filemón sintió que la luz se le apagaba y que el cuerpo se desmadejaba sin poder asirse a ninguna parte. Cayó al suelo mientras notaba que un líquido le salía de la sien. Era sangre, sin ningún tipo de dudas.
Cuando despertó, don Filemón notó que la cabeza le ardía y le dolía como nunca hubiera supuesto. Fue a tocarse la herida cuando una mano le sujetó la suya. Era Martínez, el vicesubdelegado, que estaba sentado a su vera en la ambulancia.
Tranquilo, señor Subdelegado, ya le han dado unos puntos de sutura y le llevamos al hospital. Allí le harán unas placas para ver si tiene alguna otra complicación.
¿Ha visto usted quien me ha golpeado?
No se preocupe, señor Subdelegado, el policía ya está detenido y le han trasladado al cuartelillo. Usted esté tranquilo que lo importante era rescatarle con vida.
¿Pero qué dice? Si de quien han de rescatarme es de ustedes, animales. Que son todos unos animales. ¿A quién se la ha ocurrido organizar esta barbaridad?
Verá usted, don Filemón, la señora marquesa, su esposa, estaba muy angustiada con la suerte que podría usted haber corrido. Nosotros le dijimos que usted insistió en pasar una semana de incógnito en el pueblo. Al cumplirse los siete días, pues nos personamos en Perales para rescatarle a usted…
¿Rescatarme a palos? Están ustedes más locos que los de ahí dentro. Si solo les ha faltado llamar al 7º de caballería…
Es que nos llamaron de Astudillo, el alcalde, ya sabe… Nos dijo que usted se había encarado con unos comerciantes. Yo creí que tenía usted del Síndrome de Estocolmo…
Usted es más imbécil aún que el alcalde de Astudillo.
Déjeme usted en el hospital y márchese. Ya hablaremos del asunto. Que Crescencio recoja a mi esposa y la lleve al hospital. Yo me pasaré por el gobierno civil y pondremos las cosas en su sitio.
Martínez empezó a temblar mientras no conseguía enlazar una frase a otra.
Yo, señor marqués, digo señor Subdelegado… Yo…
Calle, calle. Insensato. Calle y marche que no sé qué haría con usted…
El señor Subdelegado ha permanecido setenta y dos horas en observación. A lo largo de este tiempo no se registrado daño alguno a resultas de los golpes recibidos por la policía. Por fin puede abandonar el hospital y se dirige a su domicilio donde permanecerá una semana descansando hasta recuperarse. Firmado, el equipo médico habitual. Palencia, 18 de julio de 1990.
Don Filemón ha vuelto, por fin, al gobierno civil. Han pasado quince días desde el triste suceso de Perales de Torquemada. La primera medida que ha tomado ha sido cesar, de modo fulminante a Martínez, al jefe de la policía y todos los responsables de aquella barbaridad. Seguidamente ha renunciado a su cargo. Don Filemón ha vuelto a su casa y le ha dicho a la señora marquesa que él se vuelve a Perales de Torquemada. Que si quiere acompañarle será bienvenida. A la señora marquesa tuvieron de darle a oler sales para recuperarla del desmayo. Se ha negado en rotundo a acompañar al marqués. A la mañana siguiente, con la fresca, don Filemón se ha montado en el coche con Crescencio que le ha llevado hasta la entrada del pueblo.
Aquí le dejo, don Filemón, tal como usted me ha pedido. ¿Está seguro de querer quedarse aquí?
Muy seguro, Crescencio. Muchas gracias por tu ayuda. He dado instrucciones en la subdelegación para que te suban el sueldo. Era poco lo que cobrabas y lo merecías.
Muchas gracias, don Filemón.
Hasta siempre, Crescencio.
Cuando usted me lo pida, ya sabe que no tiene más que telefonearme y yo me paso a recogerle.
Gracias, Crescencio. Pero no creo que haga falta.
Don Filemón enfiló sus pasos hacia el huerto de la entrada del pueblo. Allí pensaba encontrarse con su amigo Justo, tal como había ocurrido en su primera visita. Efectivamente, allí seguía, con su azadilla y sus tomateras.
¡Hombre!, ¿Ya de vuelta? ¿A que le han dado una quincena en el calabozo? A quien se le ocurre, hombre, ponerse a hablar con esa gente. Si están todos locos.
Tiene usted razón, Justo. Como unas chotas.
El Justo y don Filemón se acercaron hasta el pueblo donde recibieron al ya ex Subdelegado con vivas y con admiración. La gente les acompañó hasta la plaza donde, a través de la cortina de flecos de la puerta, el alcalde y las fuerzas vivas vieron llegar a don Filemón.
Ha sido usted muy valiente, forastero; le dijo el alcalde. Ya sabe que dentro de unos meses hay elecciones municipales. Yo, que ya estoy muy cansado, voy a dejar el cargo y, si usted no pone pegas, me gustaría proponerle como nuevo alcalde.
No, no se moleste usted. Yo sólo quiero quedarme un tiempo con ustedes. Estos quince días que he estado fuera me han cambiado.
Desde luego, eso siempre pasa con quienes nos visitan. Mire, aquí, la mitad de los que vivimos hemos ido uniéndonos a la comunidad que repobló Perales. Somos nuevos vecinos, que hemos dejado las ciudades en las que vivíamos al comprobar que estaban todos locos. Por eso a ninguno nos extrañaba que usted volviera. Fue usted muy valiente enfrentándose a la policía. De no ser por usted no sé que podría haber pasado.
Si es que, en realidad, la culpa fue mía…
Quite, quite. ¿A quién se le ocurre decirles que era usted el Subdelegado?
Es que yo, en realidad…
Calle, calle, don Filemón, dijo el Tostao que se acababa de unir a la recepción. Fue una estratagema muy poco común. ¡Mira que decirles que era usted el Subdelegado!, dijo el Tostao mientras le guiñaba un ojo.
Tras tomar unos vinos la comitiva se disolvió y don Filemón, invitado por el Tostao, marchó a comer a casa de éste.
¿Usted sabía que yo era el Subdelegado, verdad?
Desde el primer día.
¿Y por qué no me dijo nada?
¿Quién yo…? ¿Es que no sabe usted que yo soy el tonto del pueblo?
Don Filemón es el nuevo alcalde de Perales de Torquemada. Su primera actuación ha sido casar por lo civil a don Maxencio y la Cirila. También a don Deodato, el boticario y a la Remedios, la tía de la Cirila. Después de la boda todo el pueblo ha acudido a la celebración que, esta vez, y por lo abundante del acompañamiento, se ha realizado en la era. Los nuevos contrayentes han bailado un vals que ha interpretado el Estebancito, el chico del Esteban, el de abastos. La fiesta ha durado hasta altas horas de la madrugada. El menú, en esta ocasión, ha sido de corderos asados al espeto y ensaladas de lechuga y tomate del huerto del señor Justo.
Los árboles, los benéficos y singulares árboles de Perales de Torquemada crecen sólo hacia arriba. En esto son como los de otras latitudes, pero en cuanto a sus funciones ecológicas constituyen el espectáculo más grandioso de la flora peraleja.
El tejo, el acebo y el cedro se dan bien junto al río. También el moral y los enguelgues, que son más propios de Las Batuecas. El castaño, las secuoyas y los bojes se dan más en el monte. En el sotobosque, sin embargo, proliferan los lodones, o almez, las encinas y el roble. El olmo y la olma de la plaza murieron de la grafiosis, o enfermedad holandesa, que es el cáncer de los árboles.
La vida sigue tranquila y sosegada en Perales de Torquemada. Hubo una ocasión, no hace tanto que, por una mala interpretación, estuvo a punto de ocurrir una desgracia. Uno de los locos de Perales dijo a la policía que era el señor Subdelegado de la Junta. Ya ven ustedes… En estos pueblos de locos, cualquier cosa puede ocurrir.

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